Tienes un instante, nada más. El grito de una palabra que viene para morirse, y no habrá más. Tienes un segundo de elección, un sí, un no, un sentir lo correcto y lanzarte con pavor, un miedo constante que indica qué es lo que eres, y qué no. Si te mientes no podré quedarme, y lo digo con dolor, quiero de ti eso que vienes siendo y que no podrás dejar de ser, aunque en el lenguaje colectivo lo mismo signifique destrucción. Quiero tu extremo, tu pasión, tu colapso, tu odio, tu rencor, el error que te tiene aquí, con un brazo torcido, y un corazón frustrado por latir.
Quiero los acentos de un lenguaje que ataca, la palabra correcta, la honestidad provocativa, la conmoción, que termines de una vez por todas el tener que vivir, ¿tener que?, ¿quién te enseñó a caminar tan al azar?, tan chueco, tan pendejamente, tan mal. Quiero tu cuerpo, roto, completo, entregado a un “así debe de ser”, sin justificación, que olvides los esquemas, sin dejar de construír.
Carajo, quiero que dejes de morir, por un día, en reversa, que me tomes con el enojo que no te atreves a sentir y digas gritando con los ojos, quédate aquí, quédate bien, quiéreme a mi, por ti, por mi. Te pido arriesgada que no seas esa cosa, ese animal, que nunca aprendió a observar.

