El día que entendió que iba a morir fue el día que comenzó a tomar Mocha Blanco.
Supuso que en un mundo que constantemente se acaba, lo único que podía pedir era un sabor dulce que realabara por su esófago
en manera de abrazo. Amor lejano.
en manera de abrazo. Amor lejano.
En caso de que la muerte no significara un final abrupto sino una transformación de materia entonces podría permanecer en forma de sobrecitos de splenda, conteniendo una dulzura quizás falsa, pero suficiente por ser magnánima en tan pequeñas cantidades. Las mujeres la tomarían como solución a sus problemas, esos que provienen del exterior, en donde estar bien se basa en no engordar. Ella les daría esperanza, como perdonándolas por creer que con eso basta, y les susurraría contenta una vez diluida en el café de la mañana que en realidad nunca es tan significativo, y no importa a donde se vaya, no se está tan mal, al menos no se está mal siempre, porque tampoco se puede estar bien en infinidad.
Quizás podría convertirse en chocolate derretido sobre todos esos gustos culpables que a cada mordida indican que puede que eso sea la felicidad: una despreocupación por lo que vendrá, un dejarse llevar por el presente, por mordidas deliciosas que saben a descontrol y desacomodo de rutina,
a simplemente estar, y por eso sentir por dentro volar.
Desapego.
a simplemente estar, y por eso sentir por dentro volar.
Desapego.
A veces pienso que en realidad sería cigarro, un tubo pequeño que representa a esa muerte que no se va, y no importa en donde nos escondamos, el día que salgamos a la calle corremos el riesgo de que sea un camión el que nos vaya a tropellar, y no ese humo tan delicioso, que sólo era musa de lo que en todo momento nos puede pasar;
dejar de estar.
dejar de estar.
Probablemente se vuelva sonrisa, esa que aún entendiendo su propio final aparece, como para otorgarle importancia a todos esos detalles que hacen la vida, olvidando el poder y el éxito, o todas esas complejidades que aparentarían darle sentido a que estemos aquí,
sin más.
sin más.


