sábado, 27 de noviembre de 2010

Sobre la muerte que da vida


El día que entendió que iba a morir fue el día que comenzó a tomar Mocha Blanco.
Supuso que en un mundo que constantemente se acaba, lo único que podía pedir era un sabor dulce que realabara por su esófago 
en manera de abrazo. Amor lejano.
En caso de que la muerte no significara un final abrupto sino una transformación de materia entonces podría permanecer en forma de sobrecitos de splenda, conteniendo una dulzura quizás falsa, pero suficiente por ser magnánima en tan pequeñas cantidades. Las mujeres la tomarían como solución a sus problemas, esos que provienen del exterior, en donde estar bien se basa en no engordar. Ella les daría esperanza, como perdonándolas por creer que con eso basta, y les susurraría contenta una vez diluida en el café de la mañana que en realidad nunca es tan significativo, y no importa a donde se vaya, no se está tan mal, al menos no se está mal siempre, porque tampoco se puede estar bien en infinidad.
Quizás podría convertirse en chocolate derretido sobre todos esos gustos culpables que a cada mordida indican que puede que eso sea la felicidad: una despreocupación por lo que vendrá, un dejarse llevar por el presente, por mordidas deliciosas que saben a descontrol y desacomodo de rutina, 
a simplemente estar, y por eso sentir por dentro volar.
Desapego.
A veces pienso que en realidad sería cigarro, un tubo pequeño que representa a esa muerte que no se va, y no importa en donde nos escondamos, el día que salgamos a la calle corremos el riesgo de que sea un camión el que nos vaya a tropellar, y no ese humo tan delicioso, que sólo era musa de lo que en todo momento nos puede pasar;
 dejar de estar.
Probablemente se vuelva sonrisa, esa que aún entendiendo su propio final aparece, como para otorgarle importancia a todos esos detalles que hacen la vida, olvidando el poder y el éxito, o todas esas complejidades que aparentarían darle sentido a que estemos aquí, 
sin más. 

martes, 9 de noviembre de 2010

La caída de nuestros héroes, oda a Nietzsche

Estabas siendo tanto, tanto aire, tanto anhelo, tanto cielo, tantas nubes, tanto deseo, que era sólo cuestión de tiempo el verte caer.


Mi madre al ver mis ojos iluminados ante tu llegada sentía celos, un cierto reproche a mi necesidad por tenerte sólo para mi, y yo a la vez la alejaba, la quitaba de mi camino con recelo, creyendo que podría ser su boca la que alejara tus manos de mi cuerpo, que impidiera con sus palabras la admiración que podrías darme, a mi, sólo a mi. Alguna vez la escuché decir “tiene que amarte por que eres, no por lo mucho que pueda admirarte”, idiota, respondí.

Entre tantos escalones que había, te posicioné en el único que me fuera inalcanzable, en ese estado tan elevado que dejó de ser humano, como para que permanecieras puro, como para que cuando yo cayera fueras el único capaz de rescatarme, y no preví, estúpidamente, que podrías ser tu el que cayeras, cuando el sol dejara de estar a contraluz, cuando al verte dejara de estar cegada y dejaras de ser silueta.

Es preferible no enterarse de algunas cosas, no volver humanos a nuestros héroes, dejarlos ser la montaña perfecta, la que nunca vamos a visitar,  pero tenemos confianza de que ahí está para darnos aire. Tontos débiles que somos, ilusos que olvidamos que también existen terremotos, que hay otras fuerzas que derrumban eso que ante nuestros ojos era lo más fuerte, y de repente, por azares o por factores que debían de ser determinantes, ya no están.

Aún después de semejante derrumbe, permanece un dolor fantasma, esa sombra que se queda dando frío, como recordándonos lo que ya no está, ni estará, me atreveré a llamarlo nostalgia. Y entonces repudiamos la ausencia, repudiamos a las piedras caídas que se acomodan ante nuestros pies, como implorando que seamos nosotros los que permanezcamos, que nos volvamos las montañas que cegarán a un nuevo ser. Qué odioso momento, el anhelar una potencia inexistente, el querer poner nuestras esperanzas, por tercos, 
en ese espacio que quedó vacío.

Todo sueño lanzado a partir de ahora se regresa con vientos de frustración, de impotencia, y aparecen sueños épicos en donde todavía hay existencia, aunque la misma, deberemos de reconocer al siguiente día, haya sido inventada cuando ante nuestros ojos aún aparecía.

Y es que tanta altura era absurda por irreal, porque se ama sólo a iguales, lo demás es platónico, una admiración que aunque exista no te dará el cariño que desde un principio querías alcanzar. Retiro el idiota  lanzado a mi madre tan puerilmente, y sigo relatando un poco más.

Deberemos de ser sensatos, ver a la montaña como esa cosa que quizás estorbaba nuestro paso, y agradecer que ahora sean sólo piedras con un peso suficiente como para poder levantarlas, aventarlas, y llegar al otro lado. Se me ocurre que si nos detenemos ante tal opción es porque siempre hemos tenido miedo, pavor de ser más que nuestra montaña, elevarnos más que nuestros héroes, y entonces Nietzsche tendría razón, y entonces la humanidad habría de ser más egoísta y eliminar a dioses, creerse potente, superarse, porque ninguna montaña es excusa real, porque si somos inteligentes, limitantes no hay.
Agradeceré que seamos pocos los que entiendan lo que la pérdida de un héroe nos otorga, y patearé algunas piedras, sonriendo al recuerdo, sin la sombra de nostalgia, sin quedarme sentada como esperando que mi idea sea lo suficientemente fuerte (tercamente fuerte), como para volverla a levantar.

Adiós héroe, gracias por dejarme atravesarte, por elevarme más allá del bien y el mal.