jueves, 27 de enero de 2011

Sabor de puto destino



Quiero que te acerques y me digas sincero: “yo tampoco sé lo que he sido”.  Y me toques el cuello como deseando mi muerte, como pidiendo, amante de lo efímero, que no sea yo la que te demuestre que puedo quedarme, a pesar de tí, contigo.

Quiero que me grites al oído que quieres desperdiciarte entero, que sueñas con escaparte del éxito y de tus promesas. Que buscas, entre mis piernas, encontrar lo que se te ha perdido. Y entre la libertad que puedo otorgarte, quiero que te vuelvas presa, 
fiel seguidor y sin escapatoria, de mi ombligo.

Quiero tenerte sin distancia alguna de cuerpo, envueltos en sabiduría irracional, en pasión incontenible. En que me sepas como mente que se excita con cada tecleo, con cada suspiro, sin el conjunto, sin el acto, por resta y dolor, por entrega de sacrificio. Que veas a través de mis ojos sin ver nada, que veas el vacío, la nada de la que estoy vestida desde el día que decidí tenerte a tí, como mi querido.

Quiero que me roces con tu lengua, como quien ama a una estatua siendo siempre incapaz de entregarse a ella, que me posiciones, y me tengas, sin hacerte tuya, y por eso ser tan tuya, sin vacilo.

Que estés boca arriba, buscando, buscando como siempre el cruce adecuado de palabras, el romper mi silencio, mi no verte de frente, y verte, en el techo, en el suelo, en las paredes, maldita sea, en mi propio olvido. Quiero que me hagas ser eso que no he querido aprender, que me hagas llorarme a mi misma, porque me has vivido.

Quiero que nos tomemos, sin tomarnos, sin ser físico, sin ser cuerpo, porque nos hemos corrompido. Que quede el sonido de dos bocas sin aliento, la sed, el humo de un cigarro. Palabras que flotaron confundidas al ser palpables, y no escucharnos, porque ya estábamos unidos. Que seamos ese tren, ese espacio transitorio sin necesidad de destino. Ese detenerse a mirar en un camino, ese ser imagen que rebasa lo ficticio, que nos volvamos sublimes, por equivocación, 
por no haber aprendido a ser dignos.

Que no busques mi cabeza porque es tuya, que no haya en mis minutos ningún momento de risa, de sonrisa, ni siquiera de motivo.

Quiero, quiero entre todo lo que nos es imposible, que nos rompamos, construidos, que nos tengamos miedo, tanto miedo, que lleguemos al punto de volvernos adictos. Y después, sin ti entrelazándome, pensar que todo fue un invento, como el personaje que llevo construyendo desde que te tomé de la mano, sin que me sintieras, sin esperar, en ningún momento, que esos dedos fueran míos. Tener el sabor inconveniente en la boca, de haber tenido en el pasado, al puto destino.