El graffiti por alguna extraña razón no termina por ser bien visto.
Será quizás que son pocos los que se han dejado embriagar por sus
colores, son pocos lo que se han enamorado de aquellas composiciones callejeras,
deshaciéndose de la idea de que éstas son exclusivamente una expresión
de vandalismo.
En el momento en que te dejas llevar se te ocurre que quizás ese
callejón podría ser un nuevo tipo de museo, uno de estilo diferente a todos los antes
vistos, y comienzas a simpatizar con aquél insensato que se tomo el tiempo para plasmarse
en una pared, sin importar que su talento quede en el anonimato.
El graffiti es una sociedad en segunda dimensión, es el descontento y
frustración común en todas, o hasta el reflejo de ese típico cliché romántico que
invade hasta al menos indicado, y se avienta a ponerle estilo a la
palabra TI AMO.
Abstrayendo los colores y las formas, el graffiti se equipara a un cuadro, simplemente sin marco.
Sería lógico darle espacio para apreciarlo, dejándolo adornar esos
lugares siempre tan urbanos y desolados. Habría que alegrarse de
encontrarlos en lugares que parecen los menos indicados, cómo botes
de basura que parecen no tener remedio, a ellos hay que echarles una mano.
Es arte, hay que atreverse a adorarlo.