jueves, 26 de noviembre de 2009

Bendito silencio


Vaya cansancio de cuerpo, llegar al mismo tren, sólo para ir a comprar verduras me dejó los pies deshechos. La semana pasada no me pareció tan apático el trayecto, pero hoy, hoy el desánimo ha ganado. Desde la muerte de mi marido no he logrado recuperarme, y eso que yo tenía la esperanza de que en la tercera edad se podía volver a nacer. Qué engaño, caí como caen los niños en las películas de súper héroes, esas que nos dan motivos y esperanzas para seguir viviendo, nos susurran al oído: resiste, algo mágico puede pasar… pero las cosas no funcionan así, a nosotros ya se nos hizo tarde.
Un joven apuesto al verme se levantó de inmediato para darme su asiento, y yo tontamente creí por un momento que era mi belleza la que me había otorgado el lugar, pero vi de pronto ese gesto tan común que siempre me regresa a la realidad, no es belleza, es lástima. De nada sirve mantener fuerzas y cuidarse para sentirse optima en los mínimos viajes que a esta edad se tienen que hacer, si el único sentimiento que se provoca es ternura.
Una niña lleva viéndome de reojo desde que empezó a moverse el tren y entiendo esa carita alargada por tristeza y compasión, pensando: “ya se le fue la vida”, sin poder evitar agradecer lo mucho que le falta para verse como yo. A esa edad, yo era una de esas caritas preocupadas por los viejitos a mi alrededor, y me dolían, estaban ya tan cerca de la muerte, pobrecillos, pensaba alarmada ¡qué terror que ya se les haya acabado la vida!.
No es tan grave, es triste pero la resignación es mayor, el temor a la muerte se va perdiendo con el paso de los años y hasta me atreveré a confesar que la ansío, así como ansiaba en mi juventud al amor. No es que no aprecie la vida ni me alegre por  detalles como el sol que cae justo en mi mejilla a través de la ventana, y que me da el sutil calor que hace tiempo no tiene mi corazón. Disfruto también ver las flores de colores tan extraños, y al vendedor tan amable de la verdulería a la que cada semana y sin falta voy. Pero estoy cansada, aunque sé que la vida es bella, el olvido se ha vuelto peor, por eso creo fantasiosamente que la muerte debe ser mejor.
Durante mis épocas devotas de un dios misericordioso me aferraba a la vida como el mejor regalo divino, pero la gente se ha ido yendo, mis hijos están lejos, mi marido muerto, mis amigas enfermas, mis nietos no me recuerdan, y qué sé yo. Para mi que estar viva a estas alturas del partido es una simple preparación para entender que las cosas terminan, y la muerte parece concretar ese aprendizaje, deja de dar miedo, no se pierde más de lo que en vida se ha perdido, algo así es el raciocinio de una persona mayor.
Me vine a París con la idea de dejar atrás los duelos que acontecían, me era imposible despertar en la misma habitación en que él durmió. Sacrifiqué con ello el olvido de mi familia, de mis conocidos, de todos aquellos que me hacían sonreír. Y no me arrepiento, aunque sea idiótico, aquí no hay gente cercana pero hay cierto color, olores y cierto ambiente que se acercan más a la idea de lo que siempre creí ser yo, una especie de identificación. Desde los trece años supe que iba a morir en París, probablemente vine a eso, a aprender a morir.
Pienso que saber morir es un arte, ¿qué otra cosa es tan certero y tan universal?, ha sido la musa e inspiración para los valientes y el temor más grande para los ciegos.
Yo he estado en ambos polos, pero ahora, con dolor de articulaciones, pelo canoso y trabajo de respiración me encuentro en el termino medio, en la espera tranquila, en el sueño constante, en el pedir, todas las noches y sin falta alguna, el sueño eterno.
Vaya suerte que me mantiene en este tren 4 veces al mes, mi cuerpo se rehúsa a luchar, pero mi mente sigue palpitando, o será el corazón tal vez, debe ser el corazón el que está llorando.
Después de muchos años de risa, de alegrías, de logros y entregas, entendí que nada hubiera sido posible, si no me hubiera dolido tanto el vivir, si no me hubiera costado tanto trabajo. Y es que a pesar de esa locura social de pretender encontrar en la felicidad una meta y en la imposibilidad de adaptarme a semejante sistema, empecé a sentir que la misma se daba por casualidad, cuando se sufría lo debido, cuando se buscaba lo necesitado, cuando se gritaba lo que molestaba, cuando se aprendía, con sus caídas y sus bajadas, a amar. Es por eso que no me quejo, y que necesito expresar, aunque sea en silencio frente a todos estos pasajeros, mi necesidad de ya no estar. Uno sabe cuando está listo, cuando la energía se ha agotado y ya no se necesita encontrar nada más. Surge entonces la esperanza de lo imprevisto, de que quizás sea posible vivir cuando se ha muerto. De todas formas, y lo digo de forma bella, sin suicidios intencionados ni melancolía mal aplicada, a veces siento que muero despierta. A estas alturas, de lucha agotada, de esperanzas acabadas, veo en aquél estado de muerte:  luz, pureza, silencio, el bendito silencio de la mente, eso es lo que me hace falta.
Uno debe de entender, sin esos ojos lastimosos que nos miran, que cuando se llega a un punto determinado, en cierto modo hasta desesperado, cuando las venas se hinchan, los párpados pesan, las horas no pasan, las manos se alentan, la torpeza se acumula, el dolor ya no es motivo, el recuerdo es nostalgia, los edificios son un ya fue, la sal prohibida, el alcohol aburrido, las conversaciones típicas, la naturaleza con el mismo ciclo, el agua no se siente fresa, las películas un invento, el olor de el cuerpo se oxida, y la imagen en el espejo nos debilita, que se empieza a morir a cada hora del día y por más sonrisas que llenen tu boca, esa dejó su color en la tumba del ser al que se entregó.
Sólo digo que estoy agotada de luchar por una causa perdida, que agradezco las sorpresas que viví, disfruté tanto del odio y la traición, como de la fantasía y la realidad, de mis logros y mis caídas, del ser que me protegió sin fin, de mis hijos y su crecimiento, de leer y verme, de observar y conocerme, de incontables veces llorar y entre lagrima y lagrima, reír. Agradezco al sol y su calor, el frío y la ropa, el arte, el lenguaje, lo universal de las expresiones, ser parte, y lograr darme al completarme, agradezco vivir las tragedias, los desamores, los colores, hasta la lástima que en aquél joven hice sentir, y es por eso, porque estoy tan agradecida y tan cansada de recordar el porqué estoy agradecida, que hoy grito en pensamiento, viendo a la niña que alguna vez fui a mi lado, viendo al señor que en unos años tendrá mis sentimientos, viendo al turista emocionado descubriéndose en Paris, como yo me descubrí tantas veces y en tantos lados, que estoy lista para morir. 

martes, 3 de noviembre de 2009

Lema de vida


Para el mexicano que llega antes

Estoy un poco cansada de leer textos de nuestro pasado, no por que no sean lo suficientemente interesantes, sino porque todos me llevan a una misma conclusión; somos lo que somos, tan malformados y poco comprometidos, por que así fuimos desde un principio. En tanta mezcla, no hemos aprendido a definirnos.









Ahora me enfocaré en un específico factor de nuestra personalidad, idea que tengo en mente desde que leí Laberinto de la Soledad, de Octavio Paz. El mexicano, y perdón por la expresión, vive para no ser chingado. Toda batalla conquistada, toda victoria obtenida, nuestra cumbre de independencia, no son consecuencia más que de las maniobras fantásticas e inteligentes de unos cuantos antepasados, que supieron pisar mejor de lo que otros intentaron pisarlos. Y es que esa ideología de, “el que no tranza no avanza”, por más que la neguemos por ética y moral, o porque nuestra conciencia nos dice que no podemos aceptarlo como patrón de vida, es la única forma de solución practica y fácil, si decidimos vivir aquí.
Soy fiel utópica que cree en el respeto de otros, y día a día vivo constantes enojos por ver que somos pocos los que funcionamos así. Estar en un carril formada por media hora, y que otro, porque puede, y además, porque por chingón se atreve, se cuela, y nadie se atreve a repelar. Si lo hizo es porque evidentemente es más fuerte, y eso en nuestra visión machista y de engaño, es la mejor virtud que puede existir. Quizás de cierta forma, los que llevamos tanto tiempo formados lo envidiamos, porque no tienen pudor, salen victoriosos en su falta de respeto, lograron esperar menos que nosotros, y además, cínicos, se dan su lugar, porque se atreven a enojarse si no los dejas pasar. Es por eso que alguien como la Guera Rodríguez nos emociona, nos anima, porque en su falta de pudor, en su sutil forma de chingar, es esa heroína que todo mexicano, para considerarse valioso, quiere ser.
Lo digo sorprendida de mi misma, porque en este caso fui yo la admiradora de semejante personaje, después de haber negado a toda costa caer en papeles tan despreciables según mi moral y la ética tan bien impuesta por mi padre.
El mismo Iturbide, personaje al cual no admiré en el relato, pero entendí, porque tuvo la inteligencia suficiente para lograr lo que quería, se vuelve en el héroe del pueblo mexicano, mismo, que como todo en nuestro país, termina en una gran desilusión, lógico desengaño que para un gobierno eficaz, no puede durar por mucho rato… al menos bajo las manos de una misma persona, llegan siempre otros que siguen manipulando.
El único punto que quiero destacar, es que esa forma de ser está impregnada en nosotros, por más educación y conciencia que se tenga. No digo que ahora vaya a convertirme en ese ser supuestamente chingón para ser alabada por la plebe que no sabe ver más allá de la superficie de joder por el momento, pues busco un reconocimiento más  profundo. Pero juro que me queda ese pedazo de admiración hacia quien se atreve, al final logra ser fuerte frente a nuestros ojos nublados y momentáneos, llegan antes a su destino. Lo único que me queda de consolación, es que quizás ese destino es del mismo calibre que el respeto que nos tienen a todos los formados, y por funcionamiento básico al ser humano, a ellos mismos.