martes, 3 de noviembre de 2009

Lema de vida


Para el mexicano que llega antes

Estoy un poco cansada de leer textos de nuestro pasado, no por que no sean lo suficientemente interesantes, sino porque todos me llevan a una misma conclusión; somos lo que somos, tan malformados y poco comprometidos, por que así fuimos desde un principio. En tanta mezcla, no hemos aprendido a definirnos.









Ahora me enfocaré en un específico factor de nuestra personalidad, idea que tengo en mente desde que leí Laberinto de la Soledad, de Octavio Paz. El mexicano, y perdón por la expresión, vive para no ser chingado. Toda batalla conquistada, toda victoria obtenida, nuestra cumbre de independencia, no son consecuencia más que de las maniobras fantásticas e inteligentes de unos cuantos antepasados, que supieron pisar mejor de lo que otros intentaron pisarlos. Y es que esa ideología de, “el que no tranza no avanza”, por más que la neguemos por ética y moral, o porque nuestra conciencia nos dice que no podemos aceptarlo como patrón de vida, es la única forma de solución practica y fácil, si decidimos vivir aquí.
Soy fiel utópica que cree en el respeto de otros, y día a día vivo constantes enojos por ver que somos pocos los que funcionamos así. Estar en un carril formada por media hora, y que otro, porque puede, y además, porque por chingón se atreve, se cuela, y nadie se atreve a repelar. Si lo hizo es porque evidentemente es más fuerte, y eso en nuestra visión machista y de engaño, es la mejor virtud que puede existir. Quizás de cierta forma, los que llevamos tanto tiempo formados lo envidiamos, porque no tienen pudor, salen victoriosos en su falta de respeto, lograron esperar menos que nosotros, y además, cínicos, se dan su lugar, porque se atreven a enojarse si no los dejas pasar. Es por eso que alguien como la Guera Rodríguez nos emociona, nos anima, porque en su falta de pudor, en su sutil forma de chingar, es esa heroína que todo mexicano, para considerarse valioso, quiere ser.
Lo digo sorprendida de mi misma, porque en este caso fui yo la admiradora de semejante personaje, después de haber negado a toda costa caer en papeles tan despreciables según mi moral y la ética tan bien impuesta por mi padre.
El mismo Iturbide, personaje al cual no admiré en el relato, pero entendí, porque tuvo la inteligencia suficiente para lograr lo que quería, se vuelve en el héroe del pueblo mexicano, mismo, que como todo en nuestro país, termina en una gran desilusión, lógico desengaño que para un gobierno eficaz, no puede durar por mucho rato… al menos bajo las manos de una misma persona, llegan siempre otros que siguen manipulando.
El único punto que quiero destacar, es que esa forma de ser está impregnada en nosotros, por más educación y conciencia que se tenga. No digo que ahora vaya a convertirme en ese ser supuestamente chingón para ser alabada por la plebe que no sabe ver más allá de la superficie de joder por el momento, pues busco un reconocimiento más  profundo. Pero juro que me queda ese pedazo de admiración hacia quien se atreve, al final logra ser fuerte frente a nuestros ojos nublados y momentáneos, llegan antes a su destino. Lo único que me queda de consolación, es que quizás ese destino es del mismo calibre que el respeto que nos tienen a todos los formados, y por funcionamiento básico al ser humano, a ellos mismos.

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