Sabrás que somos aire, Chá. Que somos la tristeza inconmensurable de terminar un libro, que somos esa historia que se acaba, ese amor constante de amar sólo lo que se debe dejar ir.
Hemos llevado prolongados nuestros corazones envueltos en cartón amarillo, con una rugosidad que aparentaría ser una extensión de nosotros, de lo que juntos hemos sentido. Errores hermosos que nos privan de la libertad de unirnos, de separarnos en un vagón con una mirada sincera que sea capaz de recitar: “hasta siempre”.
Lo hemos intentado, no hemos podido.
Lo hemos intentado, no hemos podido.
Hemos pedido con nostalgia la desaparición de nuestros cuerpos, el que lograras no ver mis manos buscando las tuyas, sabiendo de antemano que yo no era su dueña, que no había nadie en su roce, ni tú mismo. Y tú arrogante buscabas mis pies, clavando esos codos desesperados en aquél vientre que nunca había existido.
Nos amábamos en la búsqueda, en esa antesala del encuentro, en la fascinación por una fantasía de cuerpos palpables, pero nunca fueron los nuestros Chá, nunca estuvimos presentes en el momento adecuado. Inhalando cigarros confundíamos los tiempos, y tuve ganas de llorarle a tus hombros como pidiendo que me dejaras sin soltarme, que me abandonaras sin alejarte. Entre ombligo y ombligo se acomodaba una distancia inquebrantable, esa línea que sostiene a polos amargos y amables, bienaventuranzas en lo terrible, labios que se acarician con mordidas, en un constante huir.
Jamás comprendimos nuestros signos ortográficos, siendo yo tan coma, tan inacabada e insatisfecha, anhelante de lo que no podría ser mío ni el la historia más absurda, ni en el cuento perfecto, aún siendo yo la que lo escribía, jamás tuve el control. Comencé a unirme a ti por puntos suspensivos, misteriosos, puntos que repentinos terminaban la historia, sin acabarla, y los temía, te temía por ser punto intempestivo, que aparecía cuando mi lengua apenas comenzaba a soñar con un cuarto que nos contuviera. Carecíamos de exclamación, de duda, oscilábamos entre una perpetuidad de visiones y la terminación de los mismos en constancia, de soñadores de trascendencia que morían en cada palabra. Nos vivíamos matando, acabándonos perplejos, y tú, Chá, ni siquiera lo notabas.
Cada noche esperaba que llegaran tus palabras de experiencia, mismas que no alcanzaban la magnitud con que desde hace tiempo te inventaba, entre expectativa y realidad se abría un nuevo abismo, abismo que se posicionaba entre nuestros ombligos, al lado de la línea polar que nos tendría siempre separados, amándonos con indiferencia, irrelevancia. Y entonces nuestros abrazos ya no eran nuestros, eras incapaz de sostener tanto caos desmedido, era incapaz de alcanzar la cerradura conservadora que podría abrir nuestras puertas.
El roce de tus dedos en mi cara se asemejaba al recuerdo de un grito de mi madre, ese que me imploraba ser lo que por ser yo no me estaba permitido, ese regaño absurdo que aparecía todas las mañanas ante la misma tontería, su necesidad de hacerme aquella niña que se apasionara por los detalles de la rutina. Te le parecías, tenías esos mismos ojos de reproche a mi ignorancia, te aborrecía, por no ser el que entendiera que no me importaba, que me desinteresaba tener el control con el que tú te manejabas.
Nos odiábamos tanto que nos daba risa, nos reprochábamos cada detalle como para quejarnos de nuestra existencia, de la fatiga de seguir viviendo juntos. Y entre tantos lazos en común dejamos de entendernos, yo hablaba de marmotas mientras tú describías mis patologías. Nos burlábamos porque estaba permitido. Se había vuelto un juego de pretender sentirnos, de ignorarnos, de arriesgarnos desmedidos a atacar como fieras.
Sin darnos cuenta comenzamos una historia que se repetía en pasado, el lector se volvió testigo de el cambio repentino, de la desaparición del presente en nuestros personajes.
Y después de años de diálogos vacíos nos despedimos. Sin poder agradecer lo que entre piernas y ombligos fuimos. Nada aprendimos. Qué lindo.
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