jueves, 28 de octubre de 2010

Qué lindo

Sabrás que somos aire, Chá. Que somos la tristeza inconmensurable de terminar un libro, que somos esa historia que se acaba, ese amor constante de amar sólo lo que se debe dejar ir.


Hemos llevado prolongados nuestros corazones envueltos en cartón amarillo, con  una rugosidad que aparentaría ser una extensión de nosotros, de lo que juntos hemos sentido. Errores hermosos que nos privan de la libertad de unirnos, de separarnos en un vagón con una mirada sincera que sea capaz de recitar: “hasta siempre”. 
Lo hemos intentado, no hemos podido.

Hemos pedido con nostalgia la desaparición de nuestros cuerpos, el que lograras no ver mis manos buscando las tuyas, sabiendo de antemano que yo no era su dueña, que no había nadie en su roce, ni tú mismo. Y tú arrogante buscabas mis pies, clavando esos codos desesperados en aquél vientre que nunca había existido.

Nos amábamos en la búsqueda, en esa antesala del encuentro, en la fascinación por una fantasía de cuerpos palpables, pero nunca fueron los nuestros Chá, nunca estuvimos presentes en el momento adecuado. Inhalando cigarros confundíamos los tiempos, y tuve ganas de llorarle a tus hombros como pidiendo que me dejaras sin soltarme, que me abandonaras sin alejarte. Entre ombligo y ombligo se acomodaba una distancia inquebrantable, esa línea que sostiene a polos amargos y amables, bienaventuranzas en lo terrible, labios que se acarician con mordidas, en un constante huir.

Jamás comprendimos nuestros signos ortográficos, siendo yo tan coma, tan inacabada e insatisfecha, anhelante de lo que no podría ser mío ni el la historia más absurda, ni en el cuento perfecto, aún siendo yo la que lo escribía, jamás tuve el control. Comencé a unirme a ti por puntos suspensivos, misteriosos, puntos que repentinos terminaban la historia, sin acabarla, y los temía, te temía por ser punto intempestivo, que aparecía cuando mi lengua apenas comenzaba a soñar con un cuarto que nos contuviera. Carecíamos de exclamación, de duda, oscilábamos entre una perpetuidad de visiones y la terminación de los mismos en constancia, de soñadores de trascendencia que morían en cada palabra. Nos vivíamos matando, acabándonos perplejos, y tú, Chá, ni siquiera lo notabas.

Cada noche esperaba que llegaran tus palabras de experiencia, mismas que no alcanzaban la magnitud con que desde hace tiempo te inventaba, entre expectativa y realidad se abría un nuevo abismo, abismo que se posicionaba entre nuestros ombligos, al lado de la línea polar que nos tendría siempre separados, amándonos con indiferencia, irrelevancia. Y entonces nuestros abrazos ya no eran nuestros, eras incapaz de sostener tanto caos desmedido, era incapaz de alcanzar la cerradura conservadora que podría abrir nuestras puertas.

El roce de tus dedos en mi cara se asemejaba al recuerdo de un grito de mi madre, ese que me imploraba ser lo que por ser yo no me estaba permitido, ese regaño absurdo que aparecía todas las mañanas ante la misma tontería, su necesidad de hacerme aquella niña que se apasionara por los detalles de la rutina. Te le parecías, tenías esos mismos ojos de reproche a mi ignorancia, te aborrecía, por no ser el que entendiera que no me importaba, que me desinteresaba tener el control con el que tú te manejabas.

Nos odiábamos tanto que nos daba risa, nos reprochábamos cada detalle como para quejarnos de nuestra existencia, de la fatiga de seguir viviendo juntos. Y entre tantos lazos en común dejamos de entendernos, yo hablaba de marmotas mientras tú describías mis patologías. Nos burlábamos porque estaba permitido. Se había vuelto un juego de pretender sentirnos, de ignorarnos, de arriesgarnos desmedidos a atacar como fieras.

Sin darnos cuenta comenzamos una historia que se repetía en pasado, el lector se volvió testigo de el cambio repentino, de la desaparición del presente en nuestros personajes.

Y después de años de diálogos vacíos nos despedimos. Sin poder agradecer lo que entre piernas y ombligos fuimos. Nada aprendimos. Qué lindo.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Ser sin sernos


No pienso que sea sencillo, ni complicado, pienso que sólo es.


Y ahí vamos, imaginándonos de la mano, estando tan lejos, pensado que quizás me llamas cuando sientes el sol en la cara, y te contesto subiendo la mirada y encontrándote en cada persona que camina con cierta delicadeza, 
sin darse cuenta de nuestra evaporada y silenciosa conversación.

Te extraño, extraño tu sensibilidad desmedida, tus bocanadas de humo y la desesperación de saberte vivo, también te olvido en constancia, olvido buscarte y se me pasa contestarle al aire, con la esperanza de que te llegue mi grito en son de suspiro.

A veces pienso que si te descuido es porque no me he ido, porque cuando quiera puedo regresar a saberte dentro de una bolsa de palomitas, en la soledad de un cine de arte y el asiento que te espera vacío, prefiriendo quedarse solo que tomar a otro vago en su respaldo, en su olvido.

Recuerdo haberte regalado mi nariz, y que insaciable hayas pedido también mi cuello, tocándolo con la magia que se da en una natural protección. Recuerdo entonces haberte hecho partícipe de mi ombligo, y pedirte con los dientes que fueras capaz de no morir. Fuiste.

Por eso permanezco, tocándote en cada paso con la planta de los pies, absorbiéndote en cada poro que idealiza hasta las tragedias más burdas, y voy y vengo mil veces después. Regreso a enamorarme en donde no estás, en donde no te has ido, porque te repito mi amor que a veces es sencillo ser sin sernos, pero ser.