domingo, 13 de marzo de 2011

Negarte siete veces, Chá.



A veces, dentro de pulpos y sueños y más, no hay otra cosa que no sea vida; ocurre también que esas imprecisiones que pasan cuando estamos desprevenidos, se convierten en el acto que nos susurra que debemos de bajar la guardia, si nos vamos a atrever a amar.

Te he soñado varias noches sin lógica alguna, apareces, continuamente, disfrazado de ese personaje que en la infancia no supe reconocer. Y es curioso, querido, que siempre hayas estado entre mis manos, pero que fuera por circunstancia voluntariamente implantada que te evitara ver.

Uno aprende a amar desde dentro, desde ese color que se revuelve cuando se cierran los ojos, y que explota, alarmantemente, cuando vamos a abrirlos. Ahora sé que eres agua de jamaica, que eres humo y eres manos, que irónicamente, y contra todo pronóstico, eres pies. Ahora sé que eres ese acompañante nocturno, que nunca, bajo ninguna circunstancia, me dejarás despierta en el anhelo de una tormenta, sino que me acompañarás, como fiel conspirador de ideas, como besos en la frente que otorgan protección, sin dejarme no caer en el vértigo que me es inevitable, siendo siempre niños, madurez de pasión y caos en emoción.

También sé que te he aprendido en todos los sucesos de mi vida, que cada pisada en apariencia retorcida me llevaba a descubrirte justo a ti. Sé que te contrariaba confundida, porque era preciso negarte siete veces antes de tenerte para mi.

Y no habrá espejos ni manicomios que se interpongan, más que el reflejo de tus miedos, y la duda siempre certera que nos provoque regresar a entrelazarnos, porque ese tacto se ha convertido en el sinónimo de vivir.

Que las bocas sean la tranquilidad que los ojos nunca obtienen, que los dedos sean ese escalofrío que el pudor nunca consigue; que se acabe el mundo, y no nos arrepintamos ni por un segundo del camino que elegimos al nombrarnos dueños de ese verbo que describe un nosotros.

No tendremos recompensa alguna más que la de probarnos inciertos poco a poco, más que la de descubrirnos personajes sublimes dentro de la historia que acudimos juntos a provocar; y el lamento que llegue siempre será principio, nunca final.

De darte un ritmo de teclas precisas, que se mueven en consuelo bajo la maravilla de la imperfección. Que entiendas la ruptura como lazo indestructible, que me veas en cuerpo como puente latente de profundidad mental, que no haya entre lo que nos mueve ningún acto de inconformidad.

Y que, si nos es posible, nos reconozcamos como tal, como esa cosa que somos sin esperar idealizar improbabilidad. Que nos propongamos aceptarnos en esencia, y que el sinónimo de todo roce y acto siempre contenga la palabra “verdad”. 

lunes, 7 de marzo de 2011

Finitos, corazón.


Que me prometas que no va a importarnos,
que pasarán noches enteras disfrazadas,
indiferencia.

Que me prometas que no vamos a llorarnos,
 que no seremos nosotros los que murmuren,
pasado.

Que me prometas que no acabarás siendo un invento,
ese desgarro de ideas que me ocurre por miedo,
dentro.

Que no seamos novela,
que no seamos cuento,
que no seamos estructura perfecta,
 soledad.

Que no te vuelvas esa sin-pausa armónica,
que no te vuelvas nostalgia,
ni desconsuelo,
necesidad.

Que no nos cantemos silencio,
que no seamos prosa de mensajes yuxtapuestos,
que no tengamos dios,
redención.

Y olvidemos la ética,
olvidemos también la pasión,
que quede fuera de todo contexto
la posibilidad de hablar,
honor.

Pero que nos tengamos;
 cuerpo,
que nos tomemos como efímera descripción.

Un sabernos en verbo,
una seguridad,
estoy.

Que no seamos transcendencia,
Que tan sólo nos seamos,
equivocación.

Que nos lamenten los poetas,
que nos probemos sin metáfora,
mal sabor.

Que nos volvamos pluma con tinta que se termina,
 el reemplazo de otros,
amor.

Que no nos pase nada,
que no sintamos dolernos,
finitos,
que no nos quedemos sin voz.

Que el querernos se vuelva eterno,
a pesar de no habernos tenido,
por falta de honestidad,
corazón.