Lucía solía decirme: esto es lo que hay, no montañas, ni olas hawaianas, sólo esto, deberías de disfrutarlo un poco más.
Conocí a Lucía en una noche extraña, me acerqué a ella por la curiosidad de una mente escondida en ojos inestables, y esas manos temblorosas que implicaban un sentimiento turbio, constante, para algunos seres como yo, impactante, para la mayoría, detestable. Ella no es de las mujeres con quien puedes permanecer mucho tiempo, te la topas sin querer una noche en Venecia y estás enganchado, al siguiente día, viéndote en el espejo de ese detestable baño (al que por una suerte de vida desastrosa, te tienes que aprender a acomodar), piensas con el corazón en la mano, quizás hubiera sido mejor no tropezar con sus pies.
-Algunos de nosotros nunca aprendemos a amar y no es que no queramos, sólo no se nos da de la forma correcta, es un poco como encontrarle el gusto a los ejotes, ahí están, perfectamente bien sazonados por las manos de una experta y nos inventamos a nosotros mismos que de esa forma debe de ser, a ese sabor nos debemos acoplar, lo único que pasa es que terminamos en el baño (el mismo mencionado anteriormente, maldito, intenten retirarlo de cualquier historia de su vida y se vuelve una cuestión imposible), vomitando hasta el último resto de condimentación.
Si es tan difícil permanecer con un ente como Lucía, es porque la sinceridad de sus palabras siempre van dirigidas a aquél miedo más grande, a la peor debilidad, ella no se daba cuenta de todo lo que sabía de la gente con tan sólo mirarla, y sigue sin entender qué es lo que debe aprender a callar. Yo ya no la frecuento, así como todas las personas a las que en su vida se ha logró acercar.
-So if you really love me, say yes, but if you don't dear, confess, and please don't tell me: Perhaps, perhaps, perhaps…-
Esa era su canción favorita, la cantaba en las noches con su mala voz, moviendo sus caderas a la perfección, diciendo justo después de esa frase: ojalá fuera verdad.
No es hasta hoy que entiendo a qué se refería, así como la ausencia de las montañas o las olas hawaianas… Debió de ser terrible para muchos el enamorarse de ella, y recibir a cambio a una escapista realista y fatalista, experta en dominar la carencia de amor. Y es que con su: ojalá fuera verdad, no quería decir más que: ojalá fuera de ellos la culpa, ojalá pudiera aferrarme a sus dudas, ojalá fuera yo la víctima, ojalá algún día me rompan el corazón, antes de que sea yo la poetiza resignada que manipula la historia para acabar con las vísceras de fuera. Esos ojalás suenan como sueños poco dañinos, pero son la evidencia precisa de su autoconsciencia destructiva, personaje de historia maldita, pobre Lucía.
-Hay risas que terminan con todos los sueños, que anuncian como truenos la incomodidad del ser, hay risas cariño, decía mientras se carcajeaba alerta y tomaba con sus dedos temblorosos de su pelo, hay risas que no son de felicidad-
Hay lágrimas que no anuncian tristeza, llantos que no son de nostalgia, abrazos que no vienen del corazón, hay palabras vacías, mentiras verídicas, y personas que no saben quienes son, hay hermanos que no debieron de haberse conocido, y amigos que se equivocaron sin saber que era el ser amantes, el mejor papel para tomar. Da un poco de coraje, esos mecanismos de defensa que tan ciegamente nos atrevemos a ocupar, ese ser lo que no queremos, y pretender llorar lo que no sentimos, u ocultar la derrota y el verdadero deseo de abrazar al lechero y decirle: en otra vida, quizás, hubieras sido el mejor compañero.
Lucía se burlaba de mi constantemente, me decía divertida que esa capacidad mía de acabar toda plática devastadora en el sin-sentido más idiótico del planeta, era lo único que me mantenía viva. Y es cierto, pero yo no lo comprendía.
-Eso pasa, ¿sabes?, nos inventamos una salida perfecta, un paisaje ajeno, una carcajada que no es más que castrante, para hacer desaparecer eso que nos consume y de lo que somos en gran medida culpables, y está bien, mientras no creamos del todo que eso elimina la realidad de nuestras emociones.
Para ella la vida era una cabrona, en realidad la cabrona era ella, por saber más de la vida de lo que se debe saber al despertar, nada más para vivirla, con un poco de paz.
A veces me pregunto por qué la dejé ir con tal facilidad, no luché por ella ni por sus palabras, al contrario, contesté a todas con un reproche mal formado, formulado de tan sólo una de las veinte palabras que soltaba tan sincera, con tal de hacerla sentir mal, y que creyera que todo eso que decía se basaba en una pendejada, la cual era pensar, pensar de más. Es que sus pasos me dolían, el caos acompañado de cafés y cigarros eran demasiado cuando lo único que buscaba en mi vida era creer fiel que las cosas iban a estar bien, sentir tranquilidad.
-La paz, mi amor, déjasela a la muerte, de ella tendrás una eternidad. De pulsiones, llantos, amores y desamores sólo tienes una milésima de vida, porque es cierto, así de rápido se nos va.
La envidio un poco, siempre logró ser más miserable y depresiva que yo, más dramática, explosiva, manipuladora y detestable, pero también logró ser mucho más feliz, y no sólo eso, sino demostrarlo.
No regreso a ella no porque no quiera, una parte de mi daría todo por otra de sus grandes frases de verdad, pero Lucía está muerta, y sólo me queda de ella el bendito susurro: perhaps, perhaps, perhaps… y ahora soy yo la que piensa: ojalá fuera verdad, ojalá hubiera sido ella la que de mi había dudado, y no mi miedo a la sinceridad, a tenerla de la mano en una noche sin estrellas y decir con emoción: estas nubes diabólicas son todo lo que hay, y que chingón que ahí estén y que bajo ellas estemos estos ojos sintiendo sin razón, qué bueno que me atrevo a permanecer en tu caos, por amor.









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