La recuerdo precisa, constante, siempre con la palabra adecuada, aunque pareciera en gran medida que desvariaba.
La tía Sammy, conocida como Samina por los muchos seres que la respetaban, parecía profeta de otro planeta, ella misma lo decía: “cuando se debe contar lo indecible, hay que acudir a otros mundos, pues en este no hay verbo ni adjetivo que alcance a describir esas otras cosas”.
La verdad es que yo no comprendía a qué cosas se refería, ¿qué no hay una palabra para todo?, un color, un adjetivo que describe a la perfección cada cosa que existe en el planeta.
El día de su funeral sonreí, sin dejar de sentir la pérdida claro, pero es que después de tantos años de romperme la cabeza intentando descifrar qué tipo de cosas eran las que no tenían palabras, lo entendí, ahí, frente a ese cuerpo inmóvil que a pesar de estar muerto seguía enseñándome; ese otro mundo lleno de palabras incontables es el de la emoción pura.
Tan sólo por desafiar a la tía Sammy, cuestión en la que me había vuelto experta, corrí a mi casa para intentar poner en papel la cantidad de sentimientos que su ausencia me estaba provocando, pero no encontré, en todo el vocabulario adquirido hasta el momento, ninguna combinación perfecta que alcanzara a describir la cantidad de lágrimas derramadas. Me sentí limitada, incomprendida, como supongo que se sintió ella antes de aventarse a la creación de un nuevo mundo.
En ese mundo no sólo llueve, sino que los dioses (en su mayoría imperfectos) lloran con gusto sabiendo que cada lágrima significa una nueva creación; y entonces todos los habitantes (que deben ser sabios para pertenecer a tal mundo), se refugian anhelantes de ese grito interno, parecido a lo que Platón llamaría intervención dionisiaca, y algún filósofo más astuto, iluminación.
Cada vez que alguien sufre, hay otros cien que lo celebran, sabiendo que de cada caída se puede esperar una subida aún mayor. Y así es como se equilibran, siendo bailarines expertos entre la tensión de los polos y la sublimidad de saber vivir con plenitud los dos.
Es por eso que no me limité a berrear mares el día de su partida, y a sacar carcajadas en vista de mi locación, es decir, me veía postrada en un extremo de la balanza, en donde era necesario sentir en negativo, y ante la suposición acertada de que a lo largo de mi vida encontraría nuevos polos, me aventuré a desgarrarme en tiempo presente, experimentando lo que era no encontrar palabra suficiente para tanto sentir, y la carcajada llegaba a deshoras, haciéndome saber lo que era ser, sin pretender al pasado, sin apresurarme al futuro, simplemente estar ahí. Eso es a lo que la tía Sammy le llamaba vivir.
Pasado el tiempo, sin siquiera notarlo, estaba ya postrada en otro polo, uno menos discreto, si es que en este mundo es posible algo menos discreto que llantos potentes y gritos desesperados excesivos, pero es que en el mundo de la tía Sammy los habitantes enamorados se vuelven entes voladores, a los que ni por un segundo se les ocurre disimular su enamoramiento (hay algunos que crean un letrero con un diseño tan kitsch que se vuelve maravilloso, el cual indica, por simbología básica: estoy amando, y a nadie se le ocurre burlarse, más bien se celebran, porque por fin han llegado). El motivo es que no hay valor que se considere más elevado que el de aprender a amar; y es que según la tía Sammy eso de estar enamorado no es casualidad, se decide de antemano, y entonces te avientas tan descaradamente que cuando menos lo esperas, también sabes volar. Ha habido algunos habitantes en ese mundo que consideran prudente negar el amor, y entonces deben ser desterrados, porque hay cosas para las que se debe ser prudente y muy bien, pero no para el amor.
Ella decía que no hay cosa más impotente, y por impotente quiero decir sublime, que la del vértigo en el amar. Siempre vas con los ojos cerrados, sintiéndote tan elevado, que no puedes evitar ver la hora de caer y darte el peor madrazo de tu vida. Yo le contestaba que eso era la utopía más patrañosa del planeta, ¿qué tipo de chorrada es esa en la que amas sin dejar de sentir el miedo de la pérdida?, y ella contestaba con una sonrisa nada disimulada, que asemejaba a la mueca más burlona jamás hecha en el planeta: “es el amar del humano”.
¡Maldita!, me dejaba anonadada, parecía tener la respuesta última, el secreto exacto, y yo ni siquiera lo comprendía, aún cuando sus palabras no podían ser más exactas.
Cumplidos los dos años de su muerte, tuve las alas de ese nuevo mundo, decidí enamorarme (de verdad lo decidí, y me sorprendí al saber que la tía Sammy tenía razón, y se da por elección), pero aún queriendo desafiarla, sólo por no perder la costumbre, cree la fórmula perfecta, aquella que evitara a toda costa sentir vértigo, nada de miedo, nada de caídas, al final eso parecen enseñarnos en este mundo, el amor verdadero es inquebrantable, indestructible, fácil y a la vuelta de la esquina, claro que si no funciona (cosa probable), siempre existe un reemplazo que llene el hueco que el otro amor dejó. Mocos, mala lección de vida.
Al principio todo bien, me sentía ganadora en un campo de batalla, (ingenua creyente de que el amor era un juego controlado) y ante tan estándar podía soñar despierta con la vida que se considera perfecta, matrimonio, hijos, bastante terrenal el asunto, pueril, como lo llamaría mi tía.
Conforme pasaban los días una extraña sensación se apoderaba de mi cuerpo, era contradictorio, mientras más cerca lo tenía, menos control y seguridad había en mi cabeza, opté por meterme a bañar para analizar la cuestión (terca hija de mi padre creyente de que todo se puede solucionar con la razón), lo identifiqué, ¡era vértigo!, fue tanta mi sorpresa que me resbalé de la forma más absurda y otra carcajada a deshora apareció.
Ahí estaba, sintiendo el primer madrazo del amor en mi propia regadera y con moretones que dejaron huella del impacto durante una semana, más una cicatriz, que me duró toda la vida.
Ese golpe me hizo comprender otra de las manías de mi tía, el gusto por los cuerpos imperfectos, solía inspeccionar meticulosa cada defecto que pudiera contar una historia; decía que el cuerpo es un lienzo, y que cada historia que vale la pena contar siempre deja huella, mismas que en este mundo de loca vanidad, se intentan borrar a toda costa. Estrías que hablan del nacimiento de nuestros hijos, volúmenes que expresan el placer de comer y la maternidad, cicatrices de golpes que suelen ocurrir porque nos atrevimos a vivir.
Así estuve yo, en ese polo de alas y caídas constantes, que si no dejaban huella física, dejaban otras tantas metafóricas que añadían al recuerdo un sabor preciso y es que en ese mundo, lo insípido no vale la pena. Entonces me sentaba, al igual que la tía Sammy, en la cocina, a tomar con deleite el café del día y a experimentar nuevamente las cosas vividas por el simple placer de contemplación. Hay que entrenarse para revivir los acontecimientos importantes, y que sigan sabiendo igual o mejor que cuando ocurrieron.
Incontables veces esperaba que la tía Sammy concluyera sus relatos, y ella descarada decía que ni estando muerta estarían concluidos, es cierto, aquí estoy yo continuándolos, sin encontrar conclusión suficiente, y es que no hay vida que alcance para entender todo lo que puede ser comprendido, somos una parte del todo, y eso le da sentido al haberlo vivido, por eso la maldigo, por eso la bendigo, cayendo en la polaridad de siempre en donde encuentro alivio en una tensión de equilibrio, en una tarde cualquiera.
En el mundo de mi tía sigue lloviendo, y yo sonrío extasiada de sentir esas cosas para las que no hay palabras descriptoras, decido irme a dormir con un café en la mano, porque en ese mundo, todo se puede.
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1 comentario:
Yeah!
Que personaje tan elaborado! me encantó!
Cool la redacción y otra vez magnífico el final :)
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