Siempre estamos siendo sueño, reflejo del deseo de otro, reflejo de la necesidad de otro, de eso que otro anhela que seamos. Siempre somos percepción ajena, por más control que sintamos tener al mostrarnos, jamás tendremos el poder de dominar eso que de nosotros es visto, lo que se interpreta. Y pasa que uno mismo como humano individual, con su dolor de soledad, se imagina virtudes en el ajeno, se imagina que ese otro personaje fue dotado de las cualidades necesarias para completarlo, lo tenemos a un lado, sin poder garantizar si lo vemos como realidad o como nuestro sueño; y él quizás nos sueña de regreso, o sueña a otro humano.
Hay quienes sueñan a su familia, quienes sueñan a un hermano, hay tanta necesidad que he escuchado de personas que sueñan perros como fieles acompañantes. Y así vamos, soñando y sin saberlo, quizás para hacer más soportable el hecho de reconocernos como individuos que nacimos solos, y solos nos vamos a morir.
El sueño parece entonces tener mucho de criticable, parece ser esa máscara que nos ponemos para suavizar lo que es insoportable, esa mentira y autoengaño que realizamos tanto dormidos como despiertos, por no lograr entender la realidad.
Y sí, es todo eso, pero nos puede resultar inevitable, como imposible nos resultará percibir sin filtros que le den a todo una consciencia de tiempo y lugar. Bien lo explicó Kant, y como él mismo explicó, imposible nos es vivir sin “lo dado”, y eso dado se vuelve parte del sueño, parte del deseo que el otro acomoda en nosotros, y de lo que nosotros por aprendizaje decidimos filtrar en lo que percibimos de los demás. Asumimos a través de lo dado, lo que nos es importante, y buscamos que todo lo que nos topamos tenga esa característica que le da el matiz de imprescindible para nosotros, sin saber si lo estamos inventando, o esa cualidad es inherente al objeto o persona que estamos dispuestos a amar.
El humano siempre estará buscando una realidad alterna, si no más profunda, al menos diferente de la que se le acomoda frente a los ojos, esa capa, esa máscara, ese engaño, esa diferencia. Y puede ser lógico, si nos quedáramos en las instancias de la vida, esa de nacer, de crecer, de tan sólo reproducirnos sin deseo y morir sin motivo, alimentándonos en el proceso y durmiendo cuando nos es necesario, estaríamos bastante aburridos. Si buscamos un mundo más allá, uno ajeno, es porque estamos conscientes de nuestro saber, porque nos identificamos como un algo que piensa, y nos es necesario encontrar un origen a tal conocimiento, una razón de tener la capacidad de conocer. El sueño entonces será herramienta para encontrar un motivo, una virtud, una expresión de nuestro anhelo. Esto no debería extrañar a nadie, Freud fue el primero que identificó el sueño como el escape del humano que se encuentra en sociedad controlado, para encontrar al ello, fuerza de impulsos deseantes, y entonces explicar el por qué de un comportamiento que aunque esté acoplado a ciertas reglas, sin la identificación de un origen de necesidad, debería parecernos irracional.
Sueño y razón nos parecen antagónicos, y aunque en gran medida representan en el humano dos polos contrarios, por el mismo concepto de polaridad, están inevitablemente unidos, y los dos son mente, y los dos pueden ser tanto mentira como pueden verdad. Pero nos pertenecen, nos pertenecen tanto, que nos constituyen como humanos, y saber usar los dos en unión como fuente de información importante para conocernos, puede ser la mejor vía para desarrollarnos más en eso que significa estar vivo y buscar una razón de estar. Entender un origen, un deseo, una carencia, una necesidad, y rellenarla. Elevarnos por cada entendimiento, a un siguiente nivel de comprensión.
Entonces el sueño es aquél síntoma que ve lo que todavía no existe, y aquí está la clave, no porque no esté ahí físicamente, porque no esté presente y sea tangible, significa que debamos ser indiferentes a él, sino racionalizar esa carencia y buscarla para hacerla realidad. En esa búsqueda, empeño, y reconocimiento de carencia es en donde se encuentra la potencia del hombre, y en un nivel elevadísimo, la autorrealización. Es en donde el hombre, tanto haciendo caso de lo dado, como de la esencia, entiende qué es lo que necesita para constituirse pleno, y aunque se sabe que la plenitud es imposible de alcanzar, te elevas a cierto nivel de reconocimiento propio y autonomía, que te da las bases después para soñar más.
Un sueño no puede leerse literal, veámoslo como una Biblia, en donde hay metáforas, y hace falta conocerse como persona para lanzarse a interpretar. Soñar a un hombre no significa salir a la calle hasta encontrarlo, sino entender que quizás, siendo una persona negada al cariño ajeno, es tiempo de abrir el corazón para sentirte un poco mejor. Soñar con esa persona a la que amamos, constantemente, no significa que debamos despertar y correr a la persona porque el sueño lo dijo, sino que quizás sea necesario observarnos a nosotros no como en la virtud del amor plena, sino en el estado de una obsesión. Y esto varía para cada persona.
Quien se da el tiempo de soñar para conocerse, es una persona que sabe estar bien. Con los tiempos agitados, la prisa, la corrupción al descanso porque quien no produce nada vale, el sueño se ha vuelto una idea negativa, una interrupción innecesaria, una cosa de flojos, de idealistas que jamás pondrán los pies en la tierra, de personas que en apariencia no valen gran cosa pues no hacen las cosas palpables. Pero ¿cómo producir correctamente si no nos hemos tomado el tiempo de averiguar qué carencias son las que hay que trabajar?, ¿cómo crear sin entendernos como humanos que tenemos dolor de ausencia?, ¿cómo diseñar y resolver un problema, si por vivir en aceleramiento no conocemos realmente el problema?. Todos hablan de encontrar respuestas por medio de observar, de ver a otros actuar, y está bien, pero olvidamos el observarnos a nosotros mismos. Está comprobado que una persona introspectiva, una persona que se ha dado el tiempo de conocerse, tiene mucha más capacidad para ser empático con el ajeno, para entender y analizar al ajeno, pues de alguna forma todos somos iguales, y todos tenemos ese mismo miedo, todos somos intrascendentes en la vida (en sentido material), y todos nos inventamos cosas ante ese pánico. Todos inventamos una realidad que no nos pertenece para depositar ahí la realización de nuestra esencia, un sentido de vida que nos explique por que después de sentirnos tanto, nos acabamos sin más. Todos soñamos, todos necesitamos soñarnos porque estamos solos, porque somos individuos, y porque todos, sin escape alguno, vamos a morir.


No hay comentarios:
Publicar un comentario