jueves, 18 de agosto de 2011

Encuentros ríspidos




Quizás deba comenzar por describir lo mucho que te quiero, o quizás deba soltar algunas vocales que reemplacen la carencia de explicación en este tipo de motivos. Quizás deba seguir tus consejos, o los míos, y callarme.

Después de tantas palabras, ¿cómo no agotarlas?, después de tantas sentencias, ¿aquí se pide perdón?, y el peligro de un escrito que comienza sin planeación, es que se vuelve un discurso en donde ninguno de los dos podrá tener control.

Probablemente tenga muchas cosas que decirte, es aquella angustia en donde nunca hay final; he de confesarte que lo lógico sería decir que tengo miedo de un abandono, cuando puede ser que lo que verdaderamente me aterre es no encontrar esa despedida, saber que no nos vamos a acabar.

Supongo que de ser cierto que la escritura sirve de algo, debería apostarlo todo por comenzar a explicar nuestro hoyo blanco, mismo que es un problema, en tanto que es bendición, absurdo y realidad. Ese espacio vacío que lo contiene absolutamente todo, dejándose a si mismo tan repleto que no queda más que un “nada” para expresar.

¿Quién diría que la nada era blanca?, que en la nada, nada importa, que podríamos elevarnos tanto para convertir nuestro nombre en redundancia, y luego darnos el lujo de discutir algunas palabras, y de ser posible inventar.

Si es necesario que lo diga, entre todas esas personas que me parecen ridículamente fantásticas, estás acomodado hasta arriba, y así como con todos puedo justificar esa magnificación de sentimiento, contigo perdí tal interpretación. Será que lo que eres desde hace tiempo me quedó muy claro, y que no podría reducirte a ser muy buen doctor. Entonces quizás debería extenderme a que eres apasionado, o a que sólo contigo tengo tan divino entendimiento de mi propio yo. Pero no, tengo conflictos de reducción, y supondré que es porque te he visto mucho más allá de nosotros dos.

Si lo piensas es divino, haber rebasado todo esquema social de relación, estar tan arriba que comenzamos a volvernos personajes en un libro en donde se explica al humano como tal y su emoción, un amor Lacan en donde no nos obtendremos y tendremos mucho más de lo que le apostaríamos a cualquier otro dador.

Verás entonces que no me importa recibir ninguna flor, el cliché y su hermosura es bella en todo inicio de conquista, y lo anhelaría, si no fuera porque he visto justo a aquellos románticos caer en la peor desesperación, o en el olvido, en la indiferencia, sin haber aprendido que quizás la importancia estaba en las palabras, en anunciarse frente a otro, en declararse dentro de todo temor.

El amor es miedo, habrás de saberlo, el amor es sombra, tendrás que asumirlo, el amor es soportar, y querer, necesitar, ansiar, morir por comentar el detalle más ridículo de un día casual.

Creo que de tener que resumirlo, diría dubitativa y lacónica, en nuestra característica contradicción; el amor es hablar.

La conclusión te la regalo, suele llegarse tan alto, que deja de importar lo demás, y supongo que de enfrentarme a algo, de aquella idea en donde el amor se vive dentro de un temor, para sobrepasarlo, te diré tranquila y por primera vez: “no seré yo la que diga adiós”. 

jueves, 4 de agosto de 2011

Certezas



Estos días tengo poco que decir, solamente puedo añadir intrépida “hay muchos tonos de verde”, porque bajo los desconciertos que acomodan la vida, esa parece una certeza linda que no pretende prometer.

Han de ser esas pocas certezas las que equilibran los sube-y-bajas emocionales que surgen de repente, y más allá de nosotros, siempre más allá de nuestro control.

Como verte en gesto sobre cada sendero que a punto de el desmayo caminé, y sin embargo, en ese cansancio, en esa torpeza de pasos, te me antojaste ahí, aunque sin mí.

Pasa de repente que el amor se purifica, ahí donde antes había derroches de presencia, anhelo de necesidad, queda ahora una sonrisa que te avienta a vivir una feliz soledad, puede ser que eso sea todo lo que me atreva a pedirle a una metáfora, ser esa niebla que te acompaña de repente, sin modificarte, sin pretenderte o transformarte, sin nombre o etiqueta, simplemente en el regalo de presenciarte por minutos y afirmarte, en tu infinito estar.

Ya lo ves, tendremos cruces constantes, quizás debiéramos evitarlos, no lo sé, pero supongo que eres como certeza de verde, y ahí estás, y ahí estaré suspendida sobre el suelo, en mi característica humedad, porque intenté irme más lejos pero no puedo volar.

Volar, qué cosa más hermosa sería lograrlo, aunque a veces pienso que ya volamos, y volamos muchísimo, porque no lo necesitamos, porque sin querer adquirimos una cantidad insana de palabras que nos otorgan ir mucho más allá de lo que podríamos si tuviéramos alas, quizás esa sea nuestra herramienta, imaginar. Y digo imaginar con todo el cliché doloroso que cabe en ese término, digo imaginar porque estuve sola, fui tronco, contemplé esferas, me imaginé bichos, ¡carajo!, volví a amar una piedra, y mientras tú estabas en algún cuarto blanco, estabas en realidad a mi lado, estupefacto, mirando el paisaje anonadado, comprendiendo que un día ibas a morir.

Ese sentir súbito, esa inmensidad al frente que nos avisa nuestra propia finitud, ese golpe al corazón que se siente tan directo que se torna cálido, como si lo comprendiéramos, como si de verdad nos fuera posible entendernos acabados, y dentro de lo terrible, hubiera tranquilidad, a los arboles les importará poco nuestra ausencia, la tierra firme puede continuar, y entonces no hemos de ser tan importantes, y eso está muy bien, aunque suene fatal.

Ahí lo tienes, te extraño, me dueles, estamos incompletos, pero queda de todo una inmensa felicidad, ya no sólo podemos prescindir de las manos, sino que además, puedo sentir a través de ti, por ti, para ti, en el lugar en donde te haga falta, con la ingenuidad de niño que necesitas, con la seguridad del hombre que vas a ser.

Sigo sin poderle pedir a la vida nada, más que tenga las ganas de volver a amanecer, y luego nosotros sumergidos y estáticos, luego los verdes y aunque confundidos, tener esos mínimos minutos de saber, algo saber.

Entonces cierro los ojos y afirmo que te sé, sé que te quiero, 
y eso está muy bien.