Quizás deba comenzar por describir lo mucho que te quiero, o quizás deba soltar algunas vocales que reemplacen la carencia de explicación en este tipo de motivos. Quizás deba seguir tus consejos, o los míos, y callarme.
Después de tantas palabras, ¿cómo no agotarlas?, después de tantas sentencias, ¿aquí se pide perdón?, y el peligro de un escrito que comienza sin planeación, es que se vuelve un discurso en donde ninguno de los dos podrá tener control.
Probablemente tenga muchas cosas que decirte, es aquella angustia en donde nunca hay final; he de confesarte que lo lógico sería decir que tengo miedo de un abandono, cuando puede ser que lo que verdaderamente me aterre es no encontrar esa despedida, saber que no nos vamos a acabar.
Supongo que de ser cierto que la escritura sirve de algo, debería apostarlo todo por comenzar a explicar nuestro hoyo blanco, mismo que es un problema, en tanto que es bendición, absurdo y realidad. Ese espacio vacío que lo contiene absolutamente todo, dejándose a si mismo tan repleto que no queda más que un “nada” para expresar.
¿Quién diría que la nada era blanca?, que en la nada, nada importa, que podríamos elevarnos tanto para convertir nuestro nombre en redundancia, y luego darnos el lujo de discutir algunas palabras, y de ser posible inventar.
Si es necesario que lo diga, entre todas esas personas que me parecen ridículamente fantásticas, estás acomodado hasta arriba, y así como con todos puedo justificar esa magnificación de sentimiento, contigo perdí tal interpretación. Será que lo que eres desde hace tiempo me quedó muy claro, y que no podría reducirte a ser muy buen doctor. Entonces quizás debería extenderme a que eres apasionado, o a que sólo contigo tengo tan divino entendimiento de mi propio yo. Pero no, tengo conflictos de reducción, y supondré que es porque te he visto mucho más allá de nosotros dos.
Si lo piensas es divino, haber rebasado todo esquema social de relación, estar tan arriba que comenzamos a volvernos personajes en un libro en donde se explica al humano como tal y su emoción, un amor Lacan en donde no nos obtendremos y tendremos mucho más de lo que le apostaríamos a cualquier otro dador.
Verás entonces que no me importa recibir ninguna flor, el cliché y su hermosura es bella en todo inicio de conquista, y lo anhelaría, si no fuera porque he visto justo a aquellos románticos caer en la peor desesperación, o en el olvido, en la indiferencia, sin haber aprendido que quizás la importancia estaba en las palabras, en anunciarse frente a otro, en declararse dentro de todo temor.
El amor es miedo, habrás de saberlo, el amor es sombra, tendrás que asumirlo, el amor es soportar, y querer, necesitar, ansiar, morir por comentar el detalle más ridículo de un día casual.
Creo que de tener que resumirlo, diría dubitativa y lacónica, en nuestra característica contradicción; el amor es hablar.
La conclusión te la regalo, suele llegarse tan alto, que deja de importar lo demás, y supongo que de enfrentarme a algo, de aquella idea en donde el amor se vive dentro de un temor, para sobrepasarlo, te diré tranquila y por primera vez: “no seré yo la que diga adiós”.


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