Estos días tengo poco que decir, solamente puedo añadir intrépida “hay muchos tonos de verde”, porque bajo los desconciertos que acomodan la vida, esa parece una certeza linda que no pretende prometer.
Han de ser esas pocas certezas las que equilibran los sube-y-bajas emocionales que surgen de repente, y más allá de nosotros, siempre más allá de nuestro control.
Como verte en gesto sobre cada sendero que a punto de el desmayo caminé, y sin embargo, en ese cansancio, en esa torpeza de pasos, te me antojaste ahí, aunque sin mí.
Pasa de repente que el amor se purifica, ahí donde antes había derroches de presencia, anhelo de necesidad, queda ahora una sonrisa que te avienta a vivir una feliz soledad, puede ser que eso sea todo lo que me atreva a pedirle a una metáfora, ser esa niebla que te acompaña de repente, sin modificarte, sin pretenderte o transformarte, sin nombre o etiqueta, simplemente en el regalo de presenciarte por minutos y afirmarte, en tu infinito estar.
Ya lo ves, tendremos cruces constantes, quizás debiéramos evitarlos, no lo sé, pero supongo que eres como certeza de verde, y ahí estás, y ahí estaré suspendida sobre el suelo, en mi característica humedad, porque intenté irme más lejos pero no puedo volar.
Volar, qué cosa más hermosa sería lograrlo, aunque a veces pienso que ya volamos, y volamos muchísimo, porque no lo necesitamos, porque sin querer adquirimos una cantidad insana de palabras que nos otorgan ir mucho más allá de lo que podríamos si tuviéramos alas, quizás esa sea nuestra herramienta, imaginar. Y digo imaginar con todo el cliché doloroso que cabe en ese término, digo imaginar porque estuve sola, fui tronco, contemplé esferas, me imaginé bichos, ¡carajo!, volví a amar una piedra, y mientras tú estabas en algún cuarto blanco, estabas en realidad a mi lado, estupefacto, mirando el paisaje anonadado, comprendiendo que un día ibas a morir.
Ese sentir súbito, esa inmensidad al frente que nos avisa nuestra propia finitud, ese golpe al corazón que se siente tan directo que se torna cálido, como si lo comprendiéramos, como si de verdad nos fuera posible entendernos acabados, y dentro de lo terrible, hubiera tranquilidad, a los arboles les importará poco nuestra ausencia, la tierra firme puede continuar, y entonces no hemos de ser tan importantes, y eso está muy bien, aunque suene fatal.
Ahí lo tienes, te extraño, me dueles, estamos incompletos, pero queda de todo una inmensa felicidad, ya no sólo podemos prescindir de las manos, sino que además, puedo sentir a través de ti, por ti, para ti, en el lugar en donde te haga falta, con la ingenuidad de niño que necesitas, con la seguridad del hombre que vas a ser.
Sigo sin poderle pedir a la vida nada, más que tenga las ganas de volver a amanecer, y luego nosotros sumergidos y estáticos, luego los verdes y aunque confundidos, tener esos mínimos minutos de saber, algo saber.
Entonces cierro los ojos y afirmo que te sé, sé que te quiero,
y eso está muy bien.


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