Presencia flagrante, apropiación acrítica del pasado, realismo nostálgico, comodidad en lo kitsch, revival, todo con cierta burla y cinismo..
Marcos López se roba a la nostalgia de su estado habitual: el pasado, y la deposita en el presente, para que aparezca palpitante, ardiente, directa, burlándose de nosotros y de eso en que hemos caído. Además, inteligente, las une con fotos del pasado, esas fotos que deberían de darnos un sentimiento más profundo de añoranza, y lo único que provocan son una identificación con lo kitsch, un sabernos parte de esa composición, un reconocimiento de todos los objetos y aceptación de haberlos usados, y una sonrisa, por haber sido parte. Cínico, ni el pasado más ridículo se compara con lo absurdo de nuestro presente, en el discurso hay dinamismo, hay congruencia pura, hay una repulsión que nos ataca al sentirnos más contrariados por nuestro presente, que por nuestro irrisorio pasado.
Y es que claro, el pasado ya no es lo que era, ya no estamos tranquilos porque no creemos en nada. Hemos logrado hacer de toda cosa respetable, de todo objeto admirable y de todo uso lógico, la cosa más absurda en nuestra rutina. Por ello las fotos del pasado nos causaron apacibilidad, porque reconocimos todos los objetos en el uso que les dábamos, en la utilidad lógica que para nosotros tenían, y las del presente nos derrotaron, porque todo lo comenzamos a utilizar mal, desde la idea de Adán y Eva, hasta las bases máximas de nuestras creencias. Parecemos saberlo todo, haberlo visto y experimentado todo, y entre tantas cosas que asimilar, no somos nada, más que la mezcla de conocimientos y usos que sin la congruencia de un contexto cultural, no valen nada, perdón parece decirnos en silencio, pero ya no valemos nada.
Hemos rebasado toda clase de limites, descontextualizar se ha convertido nuestro máximo patrón, porque ya no vemos la importancia de las cosas, el destino que originalmente tenían, y gracias a la producción en masa, todo ha ido perdiendo su valor. Una prueba máxima de ello es las Vegas, el ir y ser parte de la copia, y creer de cierto modo en su realidad. Estamos peor que el reproche de Platón hacia vivir en la copia de el mundo de las ideas, por que al menos su reproche es hacia gente que no se da cuenta del error, nosotros lo sabemos, y caemos.
Aquí, el que ejerce una fuerte critica hacia nuestra carencia de sentido y valor es Rubén Ortiz, con su obra el pasado ya no es lo que era. Antes, el ver para atrás era una cuestión histórica, de orgullo, de aprendizaje, ahora, es cuestión de robo, de desprestigio. Con sus fotos, de grano pesado y monocromáticas, nos hace ver lo ridículo de nuestra sociedad actual, en donde un estacionamiento tiene como adorno una pirámide, una escultura maravillosa tiene a un nadador a lado, y caemos en la realidad de que es un mugre parque acuático. Así somos, en eso lo hemos convertido todo, el hacer que las cosas estén bonitas o sean estéticas no es nuestro problema, sus fotos, quitando la critica, son hermosas y perfectamente bien compuestas, nuestro problema es la carencia de entrega y creencia al valor de lo que hacemos y tenemos, al lugar en donde estamos, a nuestra escasa capacidad de asombro. Podemos tenerlo todo, hacerlo todo, copiar todo, lo único que nos queda, para no hacer de nuestra realidad un espacio más absurdo y carente de motivos para emocionarnos, es respetar el por qué de las cosas, el destino para el que están provistos, y la cultura y lugar en donde surgieron.
Ambos artistas nos hacen preguntarnos qué está pasando, qué es lo que consideramos pasado y cómo lo estamos retomando, ¿en dónde debe de estar nuestra nostalgia realmente?, ¿valdrá la pena comenzar a vivir en revivals? …
Lo único que se me ocurre pensar es que hay que encontrar un nuevo sentido, un nuevo motivo y una nueva creencia, y si no lo logramos, entonces dejar de descontextualizar.






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