martes, 15 de septiembre de 2009

Orquesta sinfónica Infantil y Juvenil de México

Quien dice que su vida es aburrida es porque no ha querido ir a aquél lugar donde flotan emociones, lugar en donde sientes que todos están maravillados, los aplausos toman un ritmo sincero, y las caras de felicidad se quedan grabadas en los espectadores por horas, en mi caso, por días.

Estoy hablando del Concierto por el Bicentenario con la Orquesta Sinfónica Infantil y Juvenil de México, celebrado el Lunes 14 de Septiembre del 2009, en el Auditorio nacional.
Para ser sincera, decidí ir por curiosidad, y sin ninguna expectativa, pero desde la primera composición supe que pasaría de las dos mejores horas de mi vida.
El movimiento de las bocas de los niños, las manos de lo violines, los cachetes de los trombones, los dedos del clarinete, el cuerpo de las violas, todos jugando con nuestros ojos y oídos a hacer una perfecta combinación emotiva, una exaltación a nuestra cultura, y una palpitación en el corazón a la que no se puede poner nombre y de la que no puede surgir más que una admiración inmensa por ese conjunto de jóvenes mexicanos que logran hacernos querer estar ahí en el escenario y tener al menos tantito de su talento, para lograr nosotros también crear algo tan maravilloso como lo que está surgiendo de todos ellos.
No había uno que no se encontrara feliz por lo que estaba haciendo, bailaban y se movían como si la música que sus instrumentos sacaban se hubiese convertido en su mejor amiga, se unían todos para hablar su propio lenguaje, mirando atentos al director, y nosotros, los espectadores, no podíamos más que sonreír al evento, e intentar verlo todo en conjunto, y al mismo tiempo detectar todos los detalles que conformaban tal sublimidad.
Como Mexicanos estamos acostumbrados a echarle tierra a nuestra cultura, a encontrar defectos e imperfecciones en nuestra sociedad, y a buscar ser cualquier otra cosa que de este país. Es un logro que con música nos hagan encontrar el polo opuesto, la emoción contraria, el querer pararnos de repente de nuestro asiento a gritar felices que somos mexicanos y somos unos chingones, a pesar de romper el orden que se encontraba en el auditorio.
El hecho de ser niños los que nos provocan tanto orgullo hace de toda emoción algo mayor, algo más emocionante, pues nos impregnan además de una esperanza rejuvenecedora, de pensar por segundos que quizás nuestro destino en el corazón de talentos así, está en buenas manos.
Una noche casual de lunes se volvió en un momento inolvidable para todos mis sentidos, ojos, oídos, y mi corazón.
Estar aburrido es culpa del que no quiere ser parte de la cultura mexicana, del que no se sabe admirar a si mismo como parte, y del que no se quiere encontrar con esa bendita emoción que grita fuertemente: soy de México, ¡qué cultura caray!, qué talento, qué hermosura, qué barbaridad.

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