lunes, 22 de marzo de 2010

Qué equivocada estabas, mamá.


Para comenzar a contar esta historia, debo retrocedes unos años, a esos tiempos en donde hasta los menús decían, dando por hecho que los primeros en mencionarlo fueron mis padres y sobre todo mi madre, jactándose de sus palabras como si en ellas estuviera el secreto de la vida:
“Sólo puedes ser feliz, con Soya a tu lado”.
¿Qué significa esto?, que yo, Sushi bien condimentado, con todos los ingredientes precisos de éxito e independencia, con la cocción de arroz exacta, el pepino fresco, el atún que nada libre y elegante bajo el agua, no valgo nada, absolutamente nada, ¿si no tengo Soya que me acompañe?.
Estas palabras me las creí de veras, y probé con toda clase de Soyas. Muchas me hacían pedacitos al primer intento de sumergirme en ellas, otras me aguantaban un poco más pero siempre terminaban por hacerme cachos. Había algunas con un exceso de sal que me opacaban por completo sin dejarme expresar la sabiduría que me consta que tienen mis condimentos, y otras, con su carencia de sodio, no hacían más que recargarse en mi para destacar su sabor.
¿No hay Soya, acaso, que pueda ser un igual?
La frustración de ser un rollo solitario, aunque bien formado, iba en aumento, y el desencanto de mis días provocaba toda clase de tensiones. La Soya, más que meta, se había vuelto enemiga, un estúpido liquido indispuesto a estar a mi lado, y darme el sabor que yo, después de años de introspección, aprendí a merecer.
En uno de esos días, en donde los granos de arroz nada más no se acomodaban, el aguacate hacía de las suyas y se desparramaba, el atún parecía menos libre y la facha del pepino y de mi imagen general, sin contar mis pensamientos, estaban fuera de control, pues justo ese día me topé con un ser extraño que por motivos difíciles de explicar, atrajo toda mi atención.
Su existencia no me era del todo desconocida, ya había escuchado diferentes comentarios ajenos que lo tachaban de hostil, atacante, caprichoso, mañoso, algunos lo llamaban idiota, otros poderoso. Y yo… yo ante su presencia no supe qué decir.
La duda y el asombro se apoderaron de mi presente, las bases de lo que creí que buscaba ser y tener se derrumbaron, y asumí, como en un arranque pasional que no se recomienda tener si se intenta vivir en un estándar común de bien y felicidad, que con ese me iba a quedar.
El proceso de acoplamiento ha sido la peor pesadilla, y aún así, ante la tortura de lo que este intruso provoca en las bocas, me atrevo a decir que por fin entendí lo que es amar. Lo que es amar y odiar, ser dos independientes fuerzas catastróficas que saben, muy a pesar de su orgullo, unirse en uno para disfrutarse, mientras logran en algunos cuentos afortunados que comprenden más allá de la superficialidad de masticar como automáticos y decir cínicos e ignorantes: “esto sabe mal”.
Nuestra unión ha sido una fortuna, una novedad, una inspiración, un caos. Y mi acompañante me ha dejado recrearme, agregarme ingredientes, transgredir y respetar, sin en ningún momento opacarme, tan sólo dándome eso preciso y adecuado, la posibilidad de saber más.
Me enamoré de sus motivos, y también de su dolor e inseguridad. Me enamoré de su enojo y de sus gritos, y de ser a pesar de todo eso, un protector excepcional.
Hoy digo, con nervios y emoción, que cuidado con lo que te enseñan a querer y a añorar, habemos Sushis para los que la Soya es un fracaso y el Wasabe, con su misterio profundo, significa felicidad.
¡Qué equivocada estabas, mamá!

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