martes, 28 de septiembre de 2010

Martes de cosas ponchadas.


Es así: un estúpido martes te despiertas a pretender tener un día normal, cuando a la hora de prepararte el desayuno te dan ganas de llorar mientras entras a la alacena, porque recuerdas la idiota despedida que tuviste la noche anterior, misma que se siente diferente a las demás porque debe ser definitiva si pretendes estar bien a la larga (ese idiota tener que cuidarte a la larga, ese estúpido ya no poder mentirte). Madrazo. Se te hace tarde, como es la costumbre, y no falta el idiota lento que en su coche no tiene el control del carril en el que va, lo que hace el rebasarlo una tarea difícil, pero te decides, porque debes llegar a clase. En ese momento, en que el baboso no se quita y tú ya debes acelerar te das cuenta de un bache, enorme, el cual es imposible evitar, caes. Trancazo. Esperas que todo esté bien, en esta ciudad los coches ya deberían de estar evolucionados como bacterias a las cuales ni el antibiótico más fuerte puede destruir, pero no, los coches, y la suerte, no funcionan así. Por un momento se te olvida el golpe, porque estás recordando el otro golpe emocional, vas enojada, contigo, por haber creído en vano en un ajeno, por haber caído como ciega (justo como en el imbécil bache) imaginando que quizás sea posible volverte autosustentable. Justo en esta idea, en la de autosustentabilidad, sientes un jalón, un lento avanzar, y lo sabes, la llanta seguramente está ponchada, pero debes de llegar a tu destino, qué flojera estar parada a las seis de la mañana en una calle con carita de fe a ver si algún idiota es capaz de parar para ayudarte. No confías. Cuando por fin llegas a "un lugar seguro" te bajas con lentitud para enterarte de la magnitud del madrazo (estoy comenzando a encontrar una analogía entre llantas ponchadas y despedidas). Enorme, estallido, sin solución, como tu corazón, por cliché que sea. Te pones a pensar quién en la Ibero será el buen hombre que pueda rescatarte, pero tu celular decide, como buena Ley de Murphy, perder la señal. Entonces entras a clase, como pretendiendo olvidar que tu llanta está ponchada y tu expectativa hacia el amor también, pero no, imágenes de adiós, de baches y de mañanas podridas se apoderan de tu mente, mientras un cuerpo se acomoda desnudo en poses extrañas y espera que lo dibujes, lo odias, aunque él no tenga la culpa (y te ríes porque se quedó dormido en una de sus posiciones). Sales de clase, buscando a algún ser que por un poco de dinero te haga el paro, a esas alturas no crees que el desastre sea tan fuerte (si tan sólo dejáramos de ser tan ingenuas). El señor muy amable te pide que lo esperes un rato, y además te da las gracias, no puedes más que pensar “oh, tan lindo ser vivo y tan dispuesto a ayudar, además diciendo gracias”. Llega la hora, está listo para la acción, pero te pide ese pedazo de herramienta que desconoces que existe y que en algún lado debe de estar, no lo encuentras, esperas que no sea tan importante (como cualquier idiota que no sabe de coches esperaría, creyendo que podría prescindir hasta del motor). Te explica que sin esa mierdita no hay manera de cambiar la llanta, comienzas a entender la gravedad de la situación, pero otra vez, como buena ignorante automotriz, corres a pedirle la mierdita de su coche a tu amiga, por supuesto que no es el mismo coche, ergo, no sirve de nada. Entonces te sientes muy ocurrente al decidir lanzarte a la agencia de coches Mazda que está cerca del lugar, pero no, no es agencia, sólo oficinas. Regresas a la Ibero para ver si de casualidad está un amigo que sabes que tiene el mismo coche que tú, le pides su mierdita y te la da advirtiéndote que si choca va a querer matarte. Te ríes, piensas que a esas alturas ya podrías ir con tu coche arreglado a salvarlo con su mierdita. No, las cosas no son así, cada estúpido coche tiene su propia mierdita (¿quién demonios es el idiota que se pone a diseñar mierditas personalizadas?)… unos tres compadres que platican se compadecen de tu ineptitud para con tu coche, se acercan a ayudarte, cuando comprenden que careces de la maldita mierdita te mandan a la chingada sutilmente, y te sonríen con lástima, pero no importa, tú a esas alturas también te sonríes con una lástima nefasta, o te lloras, o te gritas. Marcas a la agencia a pedir ayuda, y te dicen que esa mierdita, llamada birlo de seguridad, la deben de tener en la agencia, que vayas a recuperarla y no habrá problema. Decides abandonar la misión (quisiera decir que a esta hora ya se me había olvidado el otro putazo, pero no, sigue presente y danzando, como burlándose). Bajas a las oficinas a pedirle asilo a tu coche por la noche, creyendo que al día siguiente llegarías con tu nueva mierdita a solucionar el problema. Mientras tanto tu papá te espera anestesiado en el hospital para que vayas a verlo, y no tienes forma de explicarle tu situación. Intentas quedar bien, como siempre, para volver a quedar de la chingada, como siempre. Su respuesta es: resuelve tus problemas. Le marcas a tu madre para que te diga: no sé cómo ayudarte, pero no te desesperes, busca tu mierdita bien. (llevas dos horas buscándola, ¡chingón!).
Llegas a tu casa, te duermes, tienes la esperanza de que al despertar sea un nuevo día, y puedas recuperar tu estúpida mierdita (y de paso tu confianza para enamorarte), vas a la Mazda, otra vez, para que medio ignorándote te digan que mañana le marques a la grúa con tono de urgencia y que buena suerte; que la mierdita no es reemplazable. No te ven a los ojos, no pretenden ayudar, en tu cabeza sólo está la idea de: ¿cómo mocos va a entrar la grúa en ese pequeño estacionamiento?, junto con el conocimiento de que tu puñetero celular, como es costumbre, no tiene, ni tendrá crédito.
Luego le cuentas a tu padre cómo está todo, y te dice que ya está gastando mucho dinero en ti, justo lo que se necesita escuchar para sentirte apoyada, ¿pero de soluciones?, nada. Y la única persona que podría hacer de todo este día un algo con sentido, la única persona a la que querías contarle lo que pasaba porque es la única que con saberlo te alivia, es justo la persona de la que te despediste el día anterior.
Entonces sigues tu día, sabiendo que durarás toda la semana sintiéndote ponchada, chingada.
Puto martes, muchas gracias. 

domingo, 19 de septiembre de 2010

Ridículamente amorosos

Entonces fumó humo de un cigarro ajeno, perteneciente al vagabundo que disfrutaba su propia pulsión, y los nombró monstruos. Esos pequeños gigantes atolondrados que amaban  más de lo que podían odiarse entre ellos, pero no lo sabían, y ese era su error; su debilidad. Alargó la mano para darle el papel con la verdad al vagabundo, la verdad de los monstruos, la verdad de esos seres gigantes y atolondrados, ridículamente amorosos y tremendamente desperdiciados. Él no la pudo leer, era analfabeta.

Tocó con esas uñas mal pintadas sus labios, dudando de usar semejantes facciones para transmitir la verdad al bobo analfabeta que se encontraba tirado, pero a él no parecía importarle, no más que las últimas caladas del cigarro que representaba su propia desaparición. Ella lo entendía, ¿cómo hablar con alguien que se está fumando su propia muerte?, que está lidiando con ella, amando con ella, viviendo por ella, carajo. Levantó la vista, desenfocó, había luz dentro de gotas, arcoíris y lluvia, o tal vez era un sol tan intenso que se sentía frío, mojado, como sus botas, como sus ideas y los recuerdos de su madre en delantal, aunque no recordaba a su madre, su madre no cocinaba, su madre nunca estaba en casa. Cada que la recordaba sentía entre suspiros la idea de libertad. Odiaba la libertad, odiaba esas elecciones que por ser libres tomamos, y luego nos destrozan, porque sí, porque ahí están, porque es parte del ser libre el tener atroces consecuencias, porque en la tierra nunca dejarán de haber huracanes ni terremotos, ni carencia, ni hambruna, ni muertes, suicidios, ni dolor. “Son libres en tanta mierda, por ser libres son tanta mierda, pobres monstruos”.
Volteó súbita a su derecha sólo para descubrirse sola, el vagabundo balbuceaba palabras incoherentes, se había vuelto loco y la había dejado a ella en el proceso.
No había pasado mucho tiempo de darse cuenta de su “amarilla soledad” cuando se comenzó a balancear de un lado a otro, conteniendo el grito que saberse amarillamente sola le provocaba, siempre, sin falta. ¿Qué iba a hacer con los monstruos?, con el pedazo de papel que sabía más que una enciclopedia, con las imágenes de su madre en delantal que eran falsas, y el sol, o la lluvia, o los autobuses o bicicletas, o todo eso que era pero podía bien no ser.
Sacó de su bolsillo una cajetilla nueva de cigarros, la miro soltando una lágrima, o sonrisa, o mueca, o nada, y la abrió. Caminó lentamente a los pies de vagabundo, a intentar cruzar las miradas e identificar el sitio perdido. Nada.
Sacó un cigarro, lo colocó entre los dedos del vagabundo, magullados, y susurró a su oído: ya que no quieres la verdad, te regalo la capacidad de sentir morir otra vez, hasta el infinito.
Cada vez que el vagabundo balbuceaba nuevas incoherencias dentro de un lapso crónico de locura, o de sanidad, o de todo y de nada, le hablaba a ella, quien sin querer le enseñó que a veces vivir es únicamente, saber morir. 

domingo, 12 de septiembre de 2010

La verdad en el espejo.



Es un amanecer que se siente podrido. Lo único bueno del dolor, es que se puede elegir en donde se sufre. Yo quiero sentir desde un bosque, confundido, profundo, atolondrado en un silencio que está vacío. Puede ser que suene decadente, pero es meramente simbólico, 
es sólo para escribir.
Hay orgullos que hay que proteger, supongo que también hay que saberse enojar, llorar, 
y guardar silencio. 
Hay que saber desaparecer.
De tantos mundos a los cuales ir, amar el más lejano,
 irse al más sincero, no creer.
Conocerse como esa esencia pragmática que requiere ser caótica sólo para comunicarse, 
fuera de su propio raciocinio.
He adquirido un cierto cariño por los puntos, por hablar y no decir nada, por lo ambiguo y el sin sentido. Por el frío, los besos, los anhelos, por sentir nuevamente lo que sentí antes de conocerme, 
por el refugio de un mundo amarillo.
He adquirido cierta necesidad de nada, de no ser conciencia constante, ni rumiante necesidad de conocimiento frustrante; ser pueril, honesta, sonrisas que me desconozcan, dedos que me imaginen. Dar la mano sólo a ese tipo de gente que puede hablar bailando 
y no usa discursos en su propio diario.
Verlos ver imágenes, verlos convencidos, de eso, de ese demonio siniestro que nunca nadie ha nombrado, porque no se ha atrevido.
Y esperar el tiempo necesario, quizás la vida entera, quizás dos días, hasta llegar a ver en el espejo un reflejo que otorgue la verdad dentro de su filosofía. La verdad, porque vale la pena vivirla.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

De alturas y sueños, siluetas y putas.


Te me metiste a la cabeza como el recuerdo a un olor de la infancia, fugaz, sin embargo perpetuo.

Estabas perdido en una estación, quizás en Moscú, quizás en Budapest; no era que no encontraras las locaciones de los servicios, siempre tan bien señalizados, ni que se te hubiera extraviado algún tren. Era más bien esa nube gris irremediable que llega a hacer del abismo que representa el futuro, una cosa más alarmante, tediosa, incompetente.

Te detenías cada dos pasos para suspirarte, para contenerte, levantabas la vista como buscando la respuesta en la construcción de ese techo, altísimo, tan alto que era inalcanzable, sublime, como iglesia gótica, construida para hacernos pequeñitos, impotentes. Y entonces ahí estaba, de todas las respuestas que necesitabas, la única que pegaba un grito era la de impotencia; como vil puta, a la que odias, porque le tienes lástima.

Llevabas en la mano mi carta, misma que estoy escribiendo; y es que mucha falta te hacía creerme cuando te decía que no hay tiempo, y si lo hay, no es lineal, es una burbuja.

- Se me hace tarde
- No pequeño, no hay tiempo
- Si lo hay, la vida se nos acaba
- No chicuelo, recuérdate de niño, ¿no pasaba todo como en un vuelo, un espacio sin futuro,
trascendente?, y flotabas.
- Era niño
- Eras esencia
- Tú y tus cuentos
- Te dejo chicuelo, “se me hace tarde para vivir”

Y me reía, me reía esperando que entendieras la burla a tus maniáticas prisas, a tu sentir a futuro en letargo; siempre me daban ganas de gritarte a lo lejos: eres tú el de los cuentos. Pero en lugar sólo decía: te quiero.Y es que no estoy muy segura, pero puede ser que en el querer es donde mejor se explique esa burbuja, ese no avanzar, no disponer y depender de minutos, ese flotar.

Era la séptima vez que te detenías a buscar la respuesta y adquirir la equivocada, cuando sentiste el movimiento de una silueta que por intuiciones de observador interno, supiste que era amarilla.

Te confieso ahora que me gusta tu lento mirar, esa tranquilidad con la que te mueves a una reacción tan fuerte, ese gesto encantador con el que decides perseguir colores.

La seguiste.

De todas las maravillas que conozco, eres el único capaz de sonreír puerilmente a la alegría ajena; te lo digo, sabiendo que no serás capaz de creerlo, y adorándote más por eso.

La silueta se movía apresuradamente, casi corriendo, y tú lo veías todo como una nueva danza a la cual acudir, desarrollando frases ocurrentes ante tal cara desconocida, ante tales pasos, que vistos desde tus ojos asemejaban un ritual. En menos de tres segundos, ese cuerpo te pertenecía, era tu bailarina, tu monstruito, tu depósito de cariño ilimitado. La residencia de tonterías, la compañía de tu infantilidad. Ella no lo sabía, pero tú ya la llevabas de la mano.

Volviste a mirar el techo, aprisionadamente libre; no había nada, ni siquiera sueños. No había futuros, ni pasados, ni un sentirte tarde. La puta impotencia no gritaba, corrían entre tus venas ciertas ganas de danza, de baile en presente, de agitación atemporal, de quereres, de compañías silenciosas. Volviste para contármelo, me volviste maravilla, porque sonreí, sonreí con una carcajada que casi me mata, a tu alegría.

La carta que llevabas en la mano, y perdiste como es tu buena costumbre, en algún punto de los varios que diste, decía: me haces muy feliz. 

domingo, 5 de septiembre de 2010

Mrs.Ruds


Mrs.Ruds nació una tarde de Noviembre, cuando Carmen, mejor conocida como Carmencita, la bondadosa Carmencita, cumplió 22 años. Habrá que explicar que Mrs.Ruds no nació siendo bebé, como sería la creencia popular con la palabra nacimiento, surgió a causa de un grave conflicto interno, siendo, de la nada y aparentemente sin justificante, un perfecto alter-ego.

(Me disculpo de antemano con los lectores que no puedan ni quieran entender este concepto, porque el escrito carece de explicaciones, y recomiendo dejar de leerlo).

Regresando a esa tarde, nublada, lluviosa, oscura, magullada, parecía pedir a gritos una transformación de mente, y por añadidura, de cuerpo. Es mágico como la semblanza de alguien se transforma con el simple hecho de autonombrarse diferente, Carmencita no creyó que fuera tan fácil, pero lo tomó tan sólo un par de horas conseguir a su primera presa.

A pesar de haberse sentido muy idiota durante tantos años, por ese gran defecto complaciente que la acompañaba en todos sus actos, en todas sus relaciones y hasta con sus mascotas, reconocía en si misma la clave del éxito para ser Mrs.Ruds; cualquiera puede elegir de antemano a qué personas va a dejar entrar para ser lastimada, y es que no es raro encontrar en las personalidades ciertas tendencias masoquistas. "No soy idiota", se decía a si misma, "no me están engañando, ni estoy creyendo que puedan ser diferentes, simplemente los elijo para hacer palpable mis miedos, para hacerme sufrir, porque sí, y porque puedo".

Arriesgado fue convertir, esa tarde, su rutina diaria en una inversión de papeles casi mágica, esta vez sería ella quien detectaría qué persona necesitaba ser lastimada, y como buena complaciente, les haría el favor, con sumo estilo y dedicación, de hacerlos sufrir hasta el hueso, porque sí, porque podía.

A su primera presa fue fácil desecharla, usando la palabra correcta que atacara de forma directa al orgullo. Era un ser debilucho que dependía plenamente de su virilidad, cosa siempre sencilla de magullar, como aquella tarde de noviembre. Se convirtió en la metáfora perfecta, y esa noche, después de soltar las primeras palabras atacantes de su vida, añadió con un cinismo virginal, "disculpa querido, soy una femme-enfant".

La facilidad para destrozar orgullos le parecía afrodisíaca, pero fue tan fácil, que requirió subir los peldaños de orgullos a quien dañar y eligió a un tipo de “clientes” diferentes, a unos más arrogantes, a unos que valiera más la pena hacer pedazos. "Benditos narcisistas", pensaba mientras se miraba en el espejo del baño de la noche, (que cambiaba con suma regularidad), arreglándose orgullosa como antítesis del gusto rutinario del susodicho, sólo para romper esquemas, para engancharlos, para transgredir lo que habían creído como fijo; y es que una vez que rompes la idea de un narcisista, que lo haces comer su propio error, no hay marcha atrás, están atados, y aunque no lo parezca, tú tienes el control.

Sobre el control hay que indagar bastante, porque una femme-enfant es cautelosa, y no deja sobre la mesa su jugada, aunque parezca sincera, y aunque parezca enamorada. Siempre hay un secreto que calla, una verdad que ve y guarda.
Contrario a la imagen que se tiene de las femme-fatales, la femme-enfant sabe ser linda, necesita ser linda para que un narcisista la reciba entre sus brazos, y cuidadosamente, sin que lo sepan, se burla de la facilidad con la que rompió el muro tan bien estructurado del poder de semejante “macho”. Cuando ríe no es felicidad, no es empatía, es burla ahogada, disfrazada, que hace creer al "querido" que es el único capaz de llevarla a la plenitud de una carcajada.

Todos en su vida eran nombrados "corazón", todos la hacían la persona más feliz de la tierra, y todos le daban algo que nunca nadie le había dado, con todos comprobaba su existencia, con todos era sincera por primera vez, con todos se sentía protegida, a todos los quería proteger, a todos les daba un espacio asombroso, a veces demasiado, para los más débiles. Todos le querían agradecer.
Todos la hacían encontrar el sentido de su vida, todos encontraban un futuro con ella, porque era ella la única capaz de dejarlos ser, de aplaudirles su narcisismo, y reír después. Con todos se convertía mujer por primera vez, todos estaban engañados, y todos eran heridos después.

La ventaja de Mrs.Ruds es que sabía enamorarse, sabía entregarse, pero también sabía abandonar después. No sufría de indiferencia, pero tampoco sufría de apegamientos innecesarios. Importaba la meta, nunca el después.

Un día, varios años después y casualmente en Noviembre, (no era casualidad, era un est muss sein),  cuando llegó el indicado, su obra maestra de daño, la analogía perfecta, él pidió una explicación a las maletas que se encontraban en la puerta.
Mrs.Ruds se calló por un momento e hizo la cara típica de impotencia, esa que muestran los seres que pretenden querer a alguien pero no lo suficiente como para permanecer a su lado.
Tras prender un cigarro, y humedecer su boca dijo con voz seca: “toda nuestra historia, todo lo que crees saber de mi y todo lo que tu imagen es para mi, está entre comillas”. Cuando estaba determinada a salir de la puerta el hombre exigió, casi con un grito, la explicación de tales palabras. Sin voltear Mrs.Ruds dijo: “que no vales nada”.

Y ahí estaba, el daño perfecto, con una frase había eliminado la existencia de un ajeno, había destrozado toda imagen y todo recuerdo, todo respeto y todo orgullo, toda confianza y todo sentimiento, había matado, porque ese hombre jamás podría comenzar de nuevo.

Me despido de ti

Me despido de ti con un beso sabor a fresa, con blancos siniestros y crujientes reclamos. Me despido de ti con la mano en la frente, por lo absurdo que es decir adiós a tus llantos. Me despido de ti con la espalda estirada, con los pulmones gastados, con la lengua embriagada. Me despido de ti pretendiendo estar ciega, para no tener culpa después, para no arrepentirme, para evitar castigarme. Me despido de ti del color justo, del azul de nostalgia y del rojo que apasionaba, me despido siendo amarilla, me despido morada. Me despido de ti sin decir palabra, me despido con indiferencia, con golpe, como en rutina diaria. Me despido de ti con un hasta luego, con dientes de hasta nunca, con un espejo en la mirada; y entonces vales sólo lo que veo,  veo sólo lo que quiero, y quiero que no valgas nada.

Me despido de ti con deseo, con una copa de vino, con un cigarro apagado. Me despido con fuego en el acto, con misericordia trascendente, con ilimitadas carcajadas. Te dejo como me conociste, impuro, moribundo, carente de tacto. Me voy como llegue, silenciosa, ingenua, caótica, atolondrada. Y por ecuaciones de una mente sin números estructurados, se suma el uno a uno que nunca da nada. Y por esperanza mal pagada se espera la probabilidad de un todo en el vacío de un sueño, donde sólo estaba la foto de la esquina de un cuarto apagado.

                     Te invento entonces en una no existencia, me invento en un no sentirte constante.

Y me despido con líneas que me describen entera, sabiendo de antemano que ni la mejor combinación de palabras, sabrán descifrarme ante la décima estría del escrito, en donde te volviste ausencia, en donde dejé de desear que me anhelaras.
Me despido antes de que te des cuenta, para que no me entiendas, para que no me detengas.