Es así: un estúpido martes te despiertas a pretender tener un día normal, cuando a la hora de prepararte el desayuno te dan ganas de llorar mientras entras a la alacena, porque recuerdas la idiota despedida que tuviste la noche anterior, misma que se siente diferente a las demás porque debe ser definitiva si pretendes estar bien a la larga (ese idiota tener que cuidarte a la larga, ese estúpido ya no poder mentirte). Madrazo. Se te hace tarde, como es la costumbre, y no falta el idiota lento que en su coche no tiene el control del carril en el que va, lo que hace el rebasarlo una tarea difícil, pero te decides, porque debes llegar a clase. En ese momento, en que el baboso no se quita y tú ya debes acelerar te das cuenta de un bache, enorme, el cual es imposible evitar, caes. Trancazo. Esperas que todo esté bien, en esta ciudad los coches ya deberían de estar evolucionados como bacterias a las cuales ni el antibiótico más fuerte puede destruir, pero no, los coches, y la suerte, no funcionan así. Por un momento se te olvida el golpe, porque estás recordando el otro golpe emocional, vas enojada, contigo, por haber creído en vano en un ajeno, por haber caído como ciega (justo como en el imbécil bache) imaginando que quizás sea posible volverte autosustentable. Justo en esta idea, en la de autosustentabilidad, sientes un jalón, un lento avanzar, y lo sabes, la llanta seguramente está ponchada, pero debes de llegar a tu destino, qué flojera estar parada a las seis de la mañana en una calle con carita de fe a ver si algún idiota es capaz de parar para ayudarte. No confías. Cuando por fin llegas a "un lugar seguro" te bajas con lentitud para enterarte de la magnitud del madrazo (estoy comenzando a encontrar una analogía entre llantas ponchadas y despedidas). Enorme, estallido, sin solución, como tu corazón, por cliché que sea. Te pones a pensar quién en la Ibero será el buen hombre que pueda rescatarte, pero tu celular decide, como buena Ley de Murphy, perder la señal. Entonces entras a clase, como pretendiendo olvidar que tu llanta está ponchada y tu expectativa hacia el amor también, pero no, imágenes de adiós, de baches y de mañanas podridas se apoderan de tu mente, mientras un cuerpo se acomoda desnudo en poses extrañas y espera que lo dibujes, lo odias, aunque él no tenga la culpa (y te ríes porque se quedó dormido en una de sus posiciones). Sales de clase, buscando a algún ser que por un poco de dinero te haga el paro, a esas alturas no crees que el desastre sea tan fuerte (si tan sólo dejáramos de ser tan ingenuas). El señor muy amable te pide que lo esperes un rato, y además te da las gracias, no puedes más que pensar “oh, tan lindo ser vivo y tan dispuesto a ayudar, además diciendo gracias”. Llega la hora, está listo para la acción, pero te pide ese pedazo de herramienta que desconoces que existe y que en algún lado debe de estar, no lo encuentras, esperas que no sea tan importante (como cualquier idiota que no sabe de coches esperaría, creyendo que podría prescindir hasta del motor). Te explica que sin esa mierdita no hay manera de cambiar la llanta, comienzas a entender la gravedad de la situación, pero otra vez, como buena ignorante automotriz, corres a pedirle la mierdita de su coche a tu amiga, por supuesto que no es el mismo coche, ergo, no sirve de nada. Entonces te sientes muy ocurrente al decidir lanzarte a la agencia de coches Mazda que está cerca del lugar, pero no, no es agencia, sólo oficinas. Regresas a la Ibero para ver si de casualidad está un amigo que sabes que tiene el mismo coche que tú, le pides su mierdita y te la da advirtiéndote que si choca va a querer matarte. Te ríes, piensas que a esas alturas ya podrías ir con tu coche arreglado a salvarlo con su mierdita. No, las cosas no son así, cada estúpido coche tiene su propia mierdita (¿quién demonios es el idiota que se pone a diseñar mierditas personalizadas?)… unos tres compadres que platican se compadecen de tu ineptitud para con tu coche, se acercan a ayudarte, cuando comprenden que careces de la maldita mierdita te mandan a la chingada sutilmente, y te sonríen con lástima, pero no importa, tú a esas alturas también te sonríes con una lástima nefasta, o te lloras, o te gritas. Marcas a la agencia a pedir ayuda, y te dicen que esa mierdita, llamada birlo de seguridad, la deben de tener en la agencia, que vayas a recuperarla y no habrá problema. Decides abandonar la misión (quisiera decir que a esta hora ya se me había olvidado el otro putazo, pero no, sigue presente y danzando, como burlándose). Bajas a las oficinas a pedirle asilo a tu coche por la noche, creyendo que al día siguiente llegarías con tu nueva mierdita a solucionar el problema. Mientras tanto tu papá te espera anestesiado en el hospital para que vayas a verlo, y no tienes forma de explicarle tu situación. Intentas quedar bien, como siempre, para volver a quedar de la chingada, como siempre. Su respuesta es: resuelve tus problemas. Le marcas a tu madre para que te diga: no sé cómo ayudarte, pero no te desesperes, busca tu mierdita bien. (llevas dos horas buscándola, ¡chingón!).
Llegas a tu casa, te duermes, tienes la esperanza de que al despertar sea un nuevo día, y puedas recuperar tu estúpida mierdita (y de paso tu confianza para enamorarte), vas a la Mazda, otra vez, para que medio ignorándote te digan que mañana le marques a la grúa con tono de urgencia y que buena suerte; que la mierdita no es reemplazable. No te ven a los ojos, no pretenden ayudar, en tu cabeza sólo está la idea de: ¿cómo mocos va a entrar la grúa en ese pequeño estacionamiento?, junto con el conocimiento de que tu puñetero celular, como es costumbre, no tiene, ni tendrá crédito.
Luego le cuentas a tu padre cómo está todo, y te dice que ya está gastando mucho dinero en ti, justo lo que se necesita escuchar para sentirte apoyada, ¿pero de soluciones?, nada. Y la única persona que podría hacer de todo este día un algo con sentido, la única persona a la que querías contarle lo que pasaba porque es la única que con saberlo te alivia, es justo la persona de la que te despediste el día anterior.
Entonces sigues tu día, sabiendo que durarás toda la semana sintiéndote ponchada, chingada.
Puto martes, muchas gracias.
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