Te me metiste a la cabeza como el recuerdo a un olor de la infancia, fugaz, sin embargo perpetuo.
Estabas perdido en una estación, quizás en Moscú, quizás en Budapest; no era que no encontraras las locaciones de los servicios, siempre tan bien señalizados, ni que se te hubiera extraviado algún tren. Era más bien esa nube gris irremediable que llega a hacer del abismo que representa el futuro, una cosa más alarmante, tediosa, incompetente.
Te detenías cada dos pasos para suspirarte, para contenerte, levantabas la vista como buscando la respuesta en la construcción de ese techo, altísimo, tan alto que era inalcanzable, sublime, como iglesia gótica, construida para hacernos pequeñitos, impotentes. Y entonces ahí estaba, de todas las respuestas que necesitabas, la única que pegaba un grito era la de impotencia; como vil puta, a la que odias, porque le tienes lástima.
Llevabas en la mano mi carta, misma que estoy escribiendo; y es que mucha falta te hacía creerme cuando te decía que no hay tiempo, y si lo hay, no es lineal, es una burbuja.
- Se me hace tarde
- No pequeño, no hay tiempo
- Si lo hay, la vida se nos acaba
- No chicuelo, recuérdate de niño, ¿no pasaba todo como en un vuelo, un espacio sin futuro,
trascendente?, y flotabas.
trascendente?, y flotabas.
- Era niño
- Eras esencia
- Tú y tus cuentos
- Te dejo chicuelo, “se me hace tarde para vivir”
Y me reía, me reía esperando que entendieras la burla a tus maniáticas prisas, a tu sentir a futuro en letargo; siempre me daban ganas de gritarte a lo lejos: eres tú el de los cuentos. Pero en lugar sólo decía: te quiero.Y es que no estoy muy segura, pero puede ser que en el querer es donde mejor se explique esa burbuja, ese no avanzar, no disponer y depender de minutos, ese flotar.
Era la séptima vez que te detenías a buscar la respuesta y adquirir la equivocada, cuando sentiste el movimiento de una silueta que por intuiciones de observador interno, supiste que era amarilla.
Era la séptima vez que te detenías a buscar la respuesta y adquirir la equivocada, cuando sentiste el movimiento de una silueta que por intuiciones de observador interno, supiste que era amarilla.
Te confieso ahora que me gusta tu lento mirar, esa tranquilidad con la que te mueves a una reacción tan fuerte, ese gesto encantador con el que decides perseguir colores.
La seguiste.
De todas las maravillas que conozco, eres el único capaz de sonreír puerilmente a la alegría ajena; te lo digo, sabiendo que no serás capaz de creerlo, y adorándote más por eso.
La silueta se movía apresuradamente, casi corriendo, y tú lo veías todo como una nueva danza a la cual acudir, desarrollando frases ocurrentes ante tal cara desconocida, ante tales pasos, que vistos desde tus ojos asemejaban un ritual. En menos de tres segundos, ese cuerpo te pertenecía, era tu bailarina, tu monstruito, tu depósito de cariño ilimitado. La residencia de tonterías, la compañía de tu infantilidad. Ella no lo sabía, pero tú ya la llevabas de la mano.
Volviste a mirar el techo, aprisionadamente libre; no había nada, ni siquiera sueños. No había futuros, ni pasados, ni un sentirte tarde. La puta impotencia no gritaba, corrían entre tus venas ciertas ganas de danza, de baile en presente, de agitación atemporal, de quereres, de compañías silenciosas. Volviste para contármelo, me volviste maravilla, porque sonreí, sonreí con una carcajada que casi me mata, a tu alegría.
La carta que llevabas en la mano, y perdiste como es tu buena costumbre, en algún punto de los varios que diste, decía: me haces muy feliz.


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