Entonces fumó humo de un cigarro ajeno, perteneciente al vagabundo que disfrutaba su propia pulsión, y los nombró monstruos. Esos pequeños gigantes atolondrados que amaban más de lo que podían odiarse entre ellos, pero no lo sabían, y ese era su error; su debilidad. Alargó la mano para darle el papel con la verdad al vagabundo, la verdad de los monstruos, la verdad de esos seres gigantes y atolondrados, ridículamente amorosos y tremendamente desperdiciados. Él no la pudo leer, era analfabeta.
Tocó con esas uñas mal pintadas sus labios, dudando de usar semejantes facciones para transmitir la verdad al bobo analfabeta que se encontraba tirado, pero a él no parecía importarle, no más que las últimas caladas del cigarro que representaba su propia desaparición. Ella lo entendía, ¿cómo hablar con alguien que se está fumando su propia muerte?, que está lidiando con ella, amando con ella, viviendo por ella, carajo. Levantó la vista, desenfocó, había luz dentro de gotas, arcoíris y lluvia, o tal vez era un sol tan intenso que se sentía frío, mojado, como sus botas, como sus ideas y los recuerdos de su madre en delantal, aunque no recordaba a su madre, su madre no cocinaba, su madre nunca estaba en casa. Cada que la recordaba sentía entre suspiros la idea de libertad. Odiaba la libertad, odiaba esas elecciones que por ser libres tomamos, y luego nos destrozan, porque sí, porque ahí están, porque es parte del ser libre el tener atroces consecuencias, porque en la tierra nunca dejarán de haber huracanes ni terremotos, ni carencia, ni hambruna, ni muertes, suicidios, ni dolor. “Son libres en tanta mierda, por ser libres son tanta mierda, pobres monstruos”.
Volteó súbita a su derecha sólo para descubrirse sola, el vagabundo balbuceaba palabras incoherentes, se había vuelto loco y la había dejado a ella en el proceso.
No había pasado mucho tiempo de darse cuenta de su “amarilla soledad” cuando se comenzó a balancear de un lado a otro, conteniendo el grito que saberse amarillamente sola le provocaba, siempre, sin falta. ¿Qué iba a hacer con los monstruos?, con el pedazo de papel que sabía más que una enciclopedia, con las imágenes de su madre en delantal que eran falsas, y el sol, o la lluvia, o los autobuses o bicicletas, o todo eso que era pero podía bien no ser.
Sacó de su bolsillo una cajetilla nueva de cigarros, la miro soltando una lágrima, o sonrisa, o mueca, o nada, y la abrió. Caminó lentamente a los pies de vagabundo, a intentar cruzar las miradas e identificar el sitio perdido. Nada.
Sacó un cigarro, lo colocó entre los dedos del vagabundo, magullados, y susurró a su oído: ya que no quieres la verdad, te regalo la capacidad de sentir morir otra vez, hasta el infinito.
Cada vez que el vagabundo balbuceaba nuevas incoherencias dentro de un lapso crónico de locura, o de sanidad, o de todo y de nada, le hablaba a ella, quien sin querer le enseñó que a veces vivir es únicamente, saber morir.
.jpg)

No hay comentarios:
Publicar un comentario