
El Fotógrafo de Fronteras, Edward Curtis, con su trabajo más extenso “Los Indios de Norteamérica”, logró hacer palpable lo que significa para la fotografía ser un registro o un inventario (además artístico), de una cultura. El mismo dice: “mis fotografías están hechas para ser el registro directo de la cultura India norteamericana, tan parecida a su realidad, como me sea posible, para pasar a un futuro, en donde la mortalidad del pueblo, que se ha ido desvaneciendo, quedé plasmado de por vida”.
Su trabajo prueba la inmortalidad y trascendencia de una fotografía, el parar un determinado momento de la realidad, asesinar al tiempo, para hacerlo inmortal, más largo que nuestra propia vida.

Esa realidad, que Curtis se empeñó por demostrar fielmente, Gyula Halász, mejor conocido como Brassai, se empeñó en embellecerla, como él mismo dice: “La fotografía me ha permitido expresar mi Paris de noche, de la forma más bella posible”.
En su trabajo “Paris de nuit”, quedan plasmadas sus intensiones, haciendo con su composición, y aprovechando la neblina y la lluvia, hace de Paris un lugar de sueños, tanto, como para ser nombrado: “El ojo de Paris”.
En contraposición con Curtis, Brassai engaña, de una forma sutil, al espectador, pues sus fotografías prometen un lugar hermoso y de maravilla, que aunque es sacado de la realidad, demuestra que el simple encuadre y visión del fotógrafo, alteran la veracidad contenida en la fotografía.

Man Ray, juega un poco más con el engaño, o mejor dicho, mucho más, él ni siquiera se acerca a intentar representar la realidad externa que conocemos, si no se mete al subconsciente, al mundo de los sueños, al lugar en donde lo surreal, la idea, los impulsos y lo no palpable se vuelve nuestra nueva realidad, la cual, si tomamos la filosofía de Aristóteles, por el mismo hecho de ser, y de estar, aunque no sea física, existe. Crea fotografías hermosas de una subjetividad impresionante, de una composición divina, dejándonos claro que la fotografía, aunque sea valorada como representación fiel de la realidad, es más bien un arte de expresión individual, en donde el fotógrafo tiene el poder de creación de un mundo totalmente nuevo, y lo que está contenido dentro de la fotografía, es una obra, con una realidad nueva, sin intención alguna de representar la realidad externa con veracidad.

Joel-Peter Witkin le da a esta realidad individual y subconsciente, a esta creación de un nuevo mundo, un giro impresionante. Crea, con “cuerpos que alguna vez fueron reales” nuevas historias, nuevas interpretaciones, nuevos significados. Y todo esto para simplemente expresar una realidad interior, una enfermedad de la que es consciente, y de la que se sirve para expresarse. Witkin hace historias desde su propia realidad, y quien se conoce, quien conoce a sus demonios, quien ha sufrido y sabe lo que es el dolor interno, el mundo nostálgico sin fin, entiende que hay dos tipos de realidad, aquella de afuera, y la de adentro, que puede ser tan grande, como para convertirla y convencer a otros de que esa “realidad interna” en el mundo exterior y para todos, también existe, y se vuelve también real.
La fotografía es doble, va de adentro hacia fuera, del fotógrafo y su mundo hacia la creación de uno nuevo, y al mismo tiempo, de ese mundo y lo que se concibe de él, de alimentarse y aprovecharlo, para embellecer al mismo, para retratarlo, de la forma en que nos identifiquemos con él, de la manera en que nos ha convertido. Damos y recibimos, con el control de creación entre las manos.
La fotografía es nuestra realidad, y nuestra fantasía.

No hay comentarios:
Publicar un comentario