jueves, 28 de abril de 2011

Reverencias para la vida



A veces, cuando digo que la vida es una puta, lo digo porque la cabrona constantemente nos restriega la verdad sobre las cosas, y se vuelve insoportable por ello.

Hoy me ocurrió una de esas mafufadas que nos desestabilizan, porque nos demuestran que por más planes que hagamos, nunca tendremos control sobre nuestro futuro, cosa que en gran medida se vuelve frustrante.

Según yo tenía a una persona a la que podía confiarle todo, esa persona que había vuelto mi depósito de bien y mal, de ayuda, de soporte; qué poco sabía yo sobre una realidad tan sencilla.

Esa persona, por alguna casualidad extraña, estaba dándose cuenta de lo mismo que yo, de ese movimiento que va más allá de nosotros, de esos cambios que de repente no quisiéramos asumir, de ese constante sube y baja en el que estamos metidos y no podemos acomodar de la forma en que nos encantaría. Él, a diferencia mía, estaba de pésimo humor por ello. Se me ocurrió entonces, (ocurrencia para mí totalmente lógica) vernos y ayudarnos mutuamente, hacernos reír, sabernos unidos, porque siempre ayuda en la vulnerabilidad de una situación tener a ese alguien que te hará sonreír por mal que te encuentres.

Esa persona me mandó a la chingada de una forma tan poco sutil que se vuelve graciosa, cuestión a la que en realidad estoy acostumbrada y no me importó mayormente. Se justificó bajo el hecho de un humor terrible, y yo, inocente pendeja, creí que los amigos están justo para apoyarse en esos momentos. A pesar de la mamada que podría ser recibir una negativa tan poco madura, noté en mi boca una sonrisa traviesa que me sorprendió.

Llevaba mucho tiempo planeando una huida, una escapatoria a la decepción constante que siento hacia la gente, a ese asco por su poca disposición de entrega, a esa pesadilla que me parece la ausencia de visión y sacrificio; pero hoy, dentro de mi propia adversidad fui liberada.

La vida te abre puertas, te cierra otras, te pone gente en el camino, y de repente, en el detalle más sencillo, te los “quita”. Aunque la cuestión de perder a la gente que crees más tuya, duele, se dio en el momento perfecto, porque de repente ya no necesité escaparme, sino que esa conexión en vano con alguien, esa frustración, esa debilidad, esa dependencia, se vieron eliminadas por una casualidad hermosa. Y los celos que llegué a sentir en el pasado se volvieron el cinismo orgulloso de poder decir: “adelante mi amor, ve con otros para fallarles, porque el problema serás siempre tú, y no es mi responsabilidad tomar el papel de madre y cambiarte”.

Inocente criaturita, que en su egoísmo es rotundamente incapaz de darse a otros, y bendita vida, que en lugar de dejarme jodida por el trancazo de a lo que hoy me enfrenté, pude darme cuenta de que en donde estoy, estaré siempre bien, y que los que están a mi alrededor dándose una importancia mayor a la que en realidad tienen, pueden valerme un carajo, porque no son lo suficiente como para apoyarme ni en el más mínimo detalle. Es ese saber que puedes mandar a la chingada con una absoluta confianza, sin sentirte comprometida con esos idiotas que a grandes rasgos prometen el mundo, y que irónicamente son los más incompetentes para alivianarte la vida con un sencillo sí.

Esa es la vida, puta, pero en su carbonería no solo te libera de una inmadurez que es incapaz de expresarse a si misma, sino que además te libera de pretender apoyarte en alguien que no ha sabido siquiera, sostenerse por si mismo.
                        
Te regala, con sus cambios esporádicos y con las situaciones que no puedes controlar, la oportunidad de posicionarte en un nuevo ángulo, de poder tomar la decisión de saberte solo y en esa soledad potente; pues puedes entonces decidirte unido únicamente a quien sí vale la pena, y explayarte en el lugar adecuado, con quien lo merezca; liberándote de perder el tiempo con entes enojados, con entes que en lugar de jalarte hacia arriba, te dejan, con suerte estancado, y con mala suerte, seis metros bajo tierra.

La vida te regala vida, es decir, personas con quienes en un ataque de risa te cansas tanto como para sentir a tu cuerpo y corazón latir. Personas con las que estando fatal buscas una salida, un avanzar. Personas que te dan seguridad, una afirmación de siempre estar, un aprendizaje, y además, se da natural, sin pedir, sin esperar.

Reverencias para la puta vida, y para su inigualable manera de demostrar la verdad.




miércoles, 27 de abril de 2011

Los nombraré, a ambos, los amantes del carajo.



Podía verlo a los lejos, bien posicionado, con esa mirada alta que tan bien lo caracterizaba. Llevaba dolor en la espalda, definiéndose ante sus ojos como ese ser que tenía delante de sí lo que por terquedad había perdido, y llevaba tiempo pretendiendo que no pasaba nada, pero en ese momento era inevitable sentir lástima por aquél intento de olvido.

Podía sentir su respiración, sus lágrimas, hasta su risa, todo a lo lejos. Ella, siempre tan bendecida de recibir las miradas que se predisponía, y con ese cinismo que grita un baile; “yo también te he dejado ir”.

El encuentro fue de principio a fin una mentira, un estar lejos sabiéndose tan unidos, tan necesitados de una mano que con euforia recitara la misma canción. Pero ambos, por razones distintas, se decidieron negados; quizás para tenerse en perpetuidad en la confusión de un negro mal parido, y así quejarse de que todos los que los rodeaban, tenían razón en haber recitado que ellos, juntos, no merecían ser.

Las culpas podrían ser infinitas, no hay, en ninguno de esos dos cuerpos ni un gramo de disposición. Y así como ella se vio reemplazada por cualquier cuerpo callado que sin cuestionarse mayormente, sabe dar amor, él se vio reemplazado por unos ojos vacíos al verlo, que recitaban poéticamente: “en mis sueños ya no estás tú, sólo estoy yo. “

Lo preocupante es que después de todo, nada haya importado. Que de necesitarse profundamente juntos, ambos hayan seguido buscando, pendejamente, imposibilitando como si fuera requisito, el poderse volver a tener.

Hay historias que terminan mal por no haber comenzado; ridiculeces que no deben de ser nombradas, porque servirían para un carajo.

jueves, 21 de abril de 2011

La obra soy yo

Sobre la exposición de Graciela Iturbide, actualmente en el Museo de Arte Moderno



Vamos a museos generalmente como estudiantes, como aprendices que esperan recibir algún tipo de conocimiento nuevo. Vamos con la mirada gacha, humildes, como si no mereciéramos a ese genio artista que nos está haciendo el favor, y bien podría haberse negado, de regalarnos un cacho de su alma.

Vamos como espectadores, como personas en independencia de esa mente que se ha propuesto a crear; y lo más curioso de todo, es que vamos a descontextualizar a la obra del espacio en que se encuentra, casi creyéndola una copia expuesta de la pintura o fotografía del artista; nos parece inverosímil que eso que tenemos frente a nosotros haya estado en manos del mismo, de manera tan directa, cosa que ocurre porque no la creemos nuestra, ni creemos a nuestros ojos e intelecto capaces de transformarla en ese presente que frente a esa específica expresión, estamos siendo.

Nos han enseñado que para apreciar una obra debemos entenderla bajo su contexto y características, bajo el por qué y el cómo del artista en cuestión, bajo la circunstancia de un ajeno, como si no dependiera de nosotros el entendimiento de lo que se encuentra expuesto, quitándonos enteramente el poder de la interpretación, el poder del goce de un expresión por lo que nosotros, y nuestra situación, recibimos.

Hoy, por un mero acto de rebelión, me decidí a mi misma como artista y grité para mis adentros, “La obra soy yo”.


Me atreví a ver cada una de las imágenes de Graciela Iturbide como un espejo de lo que llevo siendo y entendiendo por 21 años, y me atreví además a no leer ni uno solo de los títulos o explicaciones que siempre tan pendientes de nuestra aprendizaje, ponen en las paredes. No es que defienda bajo ningún motivo el no conocer la historia del arte, o que quiera eliminar la teoría y las bases que el comprenderla nos otorga para una mejor interpretación. Pero quise desafiar el concepto de ir como aprendiz a una exposición, y enfrentarme a la misma a la par, como quien visita la casa de una amiga y no hace más que vivirla en presente, sentirla en presente, sin requerir saber nada del pasado, ni el por qué del sillón de la sala, ni el para qué de un vino de marca cara.

Comencé a ver las fotos en un espacio específico, la combinación de rostros y paisajes con el reflejo de las luces del lugar y las personas que detrás se movían. Agradecí, por primera vez en años, que el vidrio que usaron para proteger las imágenes no fuera anti reflejante. El curador, probablemente sin saberlo, me regaló una especie de cortometrajes, que funcionaban de la manera más narcisista posible, bajo el aspecto de lo que soy y decidía ver, bajo el marco de mi propio ángulo visual y la decisión voluntaria de qué era lo que requería sentir en la obra.

Me volví cómplice, me volví fotógrafa y artista en presente, realizando autorretratos a partir de lo que otra, por la misma necesidad que la mía, expresó. Comencé a jugar con la luz, con mi reflejo en la obra, con lo que implicaría postrarme a la derecha o a la izquierda, y qué discurso, qué miedo, qué emoción o sentimiento surgía de la mezcla de mi rostro y mi lente, con el gesto de la persona retratada. La mezcla de mis brazos en un paisaje, el tomar la posición de artista segura, de persona traviesa que está traspasando los límites que le han enseñado.


Me divertí, porque me sentía haciendo algo indebido, deteniéndome por horas frente a cualquiera de las fotografías, para encontrarme a mí y no a los ahí representados. Sabía que los guardias me veían de forma extraña, sin entender qué era lo que hacía en cada ángulo fotográfico, y los que pasaban detrás de mí se incomodaban y seguían a la siguiente imagen, dándome la importancia, sin querer, que yo me estaba dando a mi misma, y entrando en mi juego narcisista.

Sonreí, ante cada paso, porque qué más mérito en un entendimiento que el de vivir justo en el momento lo que otro artista sintió, qué mejor conversación entre creadores que el de mezclarse en glosas e interpretaciones, en convicción de lo que se es, y en el poder de tomar lo ajeno como propio, el discurso de otro con un diálogo que mezcla la propia visión.

Entender imágenes bajo el saber hermoso de que son un argumento que ya hemos tenido o realizado. La risa divina de decirle en silencio a ese artista, del cuál no quieres saber si quiera si está muerto: ¡bien hecho!, muy buena composición. Y decirte a ti misma a la vez; ¡perfecto!, confirmar el acierto de decir: ¡sí, la obra soy yo!.


Saliendo del museo, me entró una duda infinita, un rechazo al poder que había vivido ahí dentro, porque, estando ahí tomé el frente y me supe artista, pero saliendo me enfrenté a una básica cuestión, ¿en base a qué puedo yo nombrarme merecedora de ese título tan divino?, ¿en base a qué pudo catalogarme al nivel de Graciela Iturbide y creerla amiga, cómplice, y no educadora de lo que yo como fotógrafa he estado haciendo?, ¿en base a qué proyecto uno deja de ser amateur y se vuelve profesional?, ¿se tiene que pasar por el proceso de un crítico ajeno que defina nuestras creaciones como arte, o podemos, por lo que sentimos al realizarlas, por la adicción que tenemos a representar todo, casi como necesidad que nos salva de la muerte, denominarnos artistas?

Dudé que el expresar, de forma casi cínica, que no me había preocupado en leer ni uno solo de los textos, que no me había interesado saber la historia o el por qué, no fuera otra cosa que un acto inmaduro, un acto infame de desinterés. Sin embargo, al llegar a mi casa y editar cada foto sonreí nuevamente, como comprobándome que esa experimentación siempre es guía de descubrimientos nuevos, que logré crear un propio mundo de fantasía, y me descubrí como centro de ese específico universo, haciéndome querer regresar a vivirme como cómplice y no como estudiante, sabiendo que, de vez en vez, está bien actuar diferente, y escribir un ensayo no sobre lo gráfico, no sobre la composición, no sobre los elementos y su acomodo, ni sobre el lenguaje en blanco y negro, sino sobre un discurso, sobre una emoción, sobre un qué es lo que yo, en mi presente inmediato puedo tomar de un arte del pasado, y quizás, de esta manera, más allá de copiar en cuanto a imagen para realizar una glosa, realicé una glosa de discurso, una glosa inmediata entre artistas, sonriendo, porque puedo describirme bajo el aspecto que yo requiera en el momento para generar mi propia historia.











Abstracciones

Sobre la exposición de Abstracciones, actualmente en el Rufino Tamayo.
Estrategia visual y categoría estética que se utilizó por primera vez en las vanguardias del Siglo XX. 



El proceso de abstracción siempre me ha parecido una cosa fabulosa, por el análisis y la conceptualización que implica, por la carga mental que debe de llevar para comunicar algo en específico y a la vez quedarse en un plano de diferentes interpretaciones, dependiendo del espectador y su propia historia.

Lo que me parece más fascinante es la simpleza de la que puede surgir una abstracción, con tan solo atrevernos a ver nuestra realidad de un modo diferente, y hacer conexiones entre objetos aparentemente inexistentes, pero que en conjunto, y cuando la obra termina, parecen ser una ley lógica y coherente, como si hubiera estado ahí todo el tiempo y tan sólo no nos atreviéramos a verlo.

La instalación de la exposición me pareció sumamente adecuada, pues el espacio estaba obscuro, lleno por un lado de tapices, por otro de obras, y aunque entre sí eran muy distintas, tomaban un diálogo al unirse, transportándonos a un nuevo espacio, lejano de la realidad que se encontraba afuera, y cobrando sentido en nuestra mente.

Aunque también soy muy afín a las obras viscerales y de emoción pura, me encantan las obras racionales, el tener que usar la mente para adentrarme en ellas, y por lo general, tener una sonrisa en el gesto por haberlas entendido. Esta sonrisa es de complicidad con el artista, y de agradecimiento, porque nos demuestra de una forma extraña, una nueva manera de ver la realidad, que sale de los parámetros de lo que estamos acostumbrados y de lo que en una educación cerrada, nos limitan a comprender.

Un ejemplo de esto son las primeras fotografías que se ven al entrar, mismas que representan un espacio común y se alteran mediante cortes geométricos que se rellenan con la misma fotografía, modificando por completo el espacio y lo que entendemos del mismo, pero siendo a la vez parte, como si ese espacio ya no tuviera la posibilidad de ser como era antes de ser alterado con esos cortes que nos regalan un nuevo diálogo, y la posibilidad de querer vivir la cotidianidad de esa manera, en fragmentos.


Ya no pueden decirme que la realidad es sólo lo que veo, sino que ahora, cada cuarto al que entre, tiene la posibilidad de ser lo que imagino, y que esa se vuelva la realidad, la geometría y corte que mentalmente puedo realizar, e identificarme con esos espacios por lo mismo, porque la estructura nueva que se realice en mi mente, será producto de una base original, de lo que las líneas y los objetos me producen visualmente, y de la posibilidad que esta visualización genera, volviéndose a la vez infinita.


Mi obra favorita fue la realizada por Walid Raed, misma que donó a The Altas Group, que es un conjunto de fotógrafos conceptuales que descubrí hace tiempo en un libro y me dejó encantada. Esta abstracción me parece increíble por la practicidad de la misma, y porque hace evidente que todo proceso mental, y toda organización humana puede ser representada gráficamente, proporcionando además una estética que corresponde a nuestros procesos naturales de estructuración, y la identificación, aunque no es instantánea, se vuelve profunda.


Consiste en la fotografía de diversos edificios en Beirut que han sido afectados por metralletas y bombas, dejando rastro de huecos de diversos tamaños. Al artista le tomó 10 años descubrir que cada hueco correspondía a un tipo de munición diferente, y que los fabricantes de municiones tienen además un código específico para cada tipo de munición. Entonces colocó un círculo de color sobre cada hueco, correspondiente a la bala con que el mismo había sido realizado, creando así fotografías modificadas con diversos puntos de color, y haciendo, de esta simpleza de análisis, todo un discurso que puede ser interpretado de diversas maneras, pero con una base muy clara.



La última parte de la obra es la que más juega con es espectador, pues el mismo se vuelve parte del espacio e interactúa, analizando no sólo los elementos que están ahí, sino a sí mismo reflejado en esos elementos.


Es una realización de texturas con objetos de espejo, que permiten en conjunto crear una segunda realidad que es la que ahí se refleja, dependiendo de la posición cambiante de los que se encuentran divagando por la exposición. Es una abstracción que depende enteramente de la presencia y el movimiento, del tiempo y la situación.

Quedé contenta de poder ser en ese momento narcisista, y que dependiera de mí y de mi lente, la realidad que se estaba representando en la obra. Me moví, me analicé, me distinguí de los otros, me acerqué, y usé sus cuerpos como objetos de esa realidad que no podría tener en ningún otro lado, y sobre la que además, no tenía mayor control.

Las palabras tipográficas de espejo hacen un juego con nuestra mentalidad moderna, con la forma en que nos movemos y la prioridad que le damos a las cosas; una de ellas decía “Seduction of Spirit”, la seducción del espíritu, ese que posa frente a un espejo, y se ve tentado a enamorarse de su propia imagen o de la imagen del ajeno, de la idea de lo que puede ser y no específicamente de lo que ya se es. Todo está hecho de forma que simula un hotel, el lobby, los cuartos, ese espacio hecho para los turistas, para los que viajan y sueñan, para los que están buscando ser algo nuevo y se ven constantemente tentados pues se encuentran en un lugar en donde son desconocidos, y las posibilidades entonces, son infinitas. Sólo cuentan con su cuerpo, con la imagen que en el instante pueden otorgar.




El hecho de abstraer nos regala una nueva realidad, una nueva conexión, un nuevo espacio que habitar, y que contiene un diálogo que se basa en cuestiones específicas de la cotidianeidad. La mente debe trabajar, debe identificar y conceptualizar, debe hacerse parte activa de la obra y tomar un papel específico, pues sin ella, la obra no tiene ningún sentido.

El resultado gráfico se vuelve personal, se vuelve nuestro propio entendimiento, tanto de la obra, como del mundo, pues lo que captemos de la obra dependerá eternamente de el aprendizaje que hayamos tenido, de la manera en que unimos o diferenciamos elementos, de la forma en que hacemos lectura de las formas gráficas que se posicionan enfrente. La obra se vuelve nosotros y nuestra diversa capacidad para entenderla. 











domingo, 17 de abril de 2011

Poema de una niña





Puede ser que esté esperando en vano,
Que esté fumándome mi propia pérdida.
Puede ser que esté soñando incoherencias,
Que el abrir de ojos sea el peligro de un terrible despertar.

Y no puedo, dentro de mi característica terquedad, 
preguntarme otra cosa que no sea; ¿importará?

Nadar en aguas de un riesgo inocente,
De la infantilidad que por hambre he decidido tomar como idea,
De hacer de lo que más me duele, mi tema central.

Empezar en un orden estructurado y preciso, 
acabar en un desmesurado caos.

No sé describirme a mí misma como otra cosa que no sea ambigüedad, 
¿importará?

Si el mundo transmuta y me quedo sentada,
Si es en mi cabeza en donde mejor he aprendido a besar,
Porque no hay orgasmo que haya sentido más potente,
Que el que tuve al descubrirme en mi puerilidad.

Y si de miedos se trata,
Podría dar conferencias,
Si se trata de destrucción,
La definiría como mi más constante azar.

Es ese ser niña y saberte potente,
Solo, y solo porque entiendes tu debilidad.

Que no me hablen de bien y mal,
Que no me limiten a un llanto en la impotente etiqueta de infelicidad.

Que no me impongan amar al prójimo,
Si es de humanos que se nos dé natural.

Que no me prohíban, carajo, el goce de una culpa,
Que no me procuren, con juicios, el asco de la decepción,
Pues cada obligación se vuelve motivo,
De el derroche de explosiones que surge por insatisfacción.

Que me enseñen, en cambio, que soy brío,
Que soy carne, soy huesos, soy efímera, intrascendental.

Que me enseñen el todo, la nada, la belleza de lo imposible,
Y que sea yo quien descubra en el límite, bienestar.

¡Qué dios necesito si los tengo a ustedes!,
Qué cielo requiero si es en la tierra donde sonrío, por estar.

Que me den la oportunidad de vivirme latente,
Y de temerle a otra cosa que no sea soledad.

lunes, 11 de abril de 2011

Gotas de lágrima caer

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A dónde te vas a ir,
Qué voy a hacer sin ti,
¿Extrañarte con demencia?