Sobre la exposición de Abstracciones, actualmente en el Rufino Tamayo.
Estrategia visual y categoría estética que se utilizó por primera vez en las vanguardias del Siglo XX.
El proceso de abstracción siempre me ha parecido una cosa fabulosa, por el análisis y la conceptualización que implica, por la carga mental que debe de llevar para comunicar algo en específico y a la vez quedarse en un plano de diferentes interpretaciones, dependiendo del espectador y su propia historia.
Lo que me parece más fascinante es la simpleza de la que puede surgir una abstracción, con tan solo atrevernos a ver nuestra realidad de un modo diferente, y hacer conexiones entre objetos aparentemente inexistentes, pero que en conjunto, y cuando la obra termina, parecen ser una ley lógica y coherente, como si hubiera estado ahí todo el tiempo y tan sólo no nos atreviéramos a verlo.
La instalación de la exposición me pareció sumamente adecuada, pues el espacio estaba obscuro, lleno por un lado de tapices, por otro de obras, y aunque entre sí eran muy distintas, tomaban un diálogo al unirse, transportándonos a un nuevo espacio, lejano de la realidad que se encontraba afuera, y cobrando sentido en nuestra mente.
Aunque también soy muy afín a las obras viscerales y de emoción pura, me encantan las obras racionales, el tener que usar la mente para adentrarme en ellas, y por lo general, tener una sonrisa en el gesto por haberlas entendido. Esta sonrisa es de complicidad con el artista, y de agradecimiento, porque nos demuestra de una forma extraña, una nueva manera de ver la realidad, que sale de los parámetros de lo que estamos acostumbrados y de lo que en una educación cerrada, nos limitan a comprender.
Un ejemplo de esto son las primeras fotografías que se ven al entrar, mismas que representan un espacio común y se alteran mediante cortes geométricos que se rellenan con la misma fotografía, modificando por completo el espacio y lo que entendemos del mismo, pero siendo a la vez parte, como si ese espacio ya no tuviera la posibilidad de ser como era antes de ser alterado con esos cortes que nos regalan un nuevo diálogo, y la posibilidad de querer vivir la cotidianidad de esa manera, en fragmentos.
Ya no pueden decirme que la realidad es sólo lo que veo, sino que ahora, cada cuarto al que entre, tiene la posibilidad de ser lo que imagino, y que esa se vuelva la realidad, la geometría y corte que mentalmente puedo realizar, e identificarme con esos espacios por lo mismo, porque la estructura nueva que se realice en mi mente, será producto de una base original, de lo que las líneas y los objetos me producen visualmente, y de la posibilidad que esta visualización genera, volviéndose a la vez infinita.
Mi obra favorita fue la realizada por Walid Raed, misma que donó a The Altas Group, que es un conjunto de fotógrafos conceptuales que descubrí hace tiempo en un libro y me dejó encantada. Esta abstracción me parece increíble por la practicidad de la misma, y porque hace evidente que todo proceso mental, y toda organización humana puede ser representada gráficamente, proporcionando además una estética que corresponde a nuestros procesos naturales de estructuración, y la identificación, aunque no es instantánea, se vuelve profunda.
Consiste en la fotografía de diversos edificios en Beirut que han sido afectados por metralletas y bombas, dejando rastro de huecos de diversos tamaños. Al artista le tomó 10 años descubrir que cada hueco correspondía a un tipo de munición diferente, y que los fabricantes de municiones tienen además un código específico para cada tipo de munición. Entonces colocó un círculo de color sobre cada hueco, correspondiente a la bala con que el mismo había sido realizado, creando así fotografías modificadas con diversos puntos de color, y haciendo, de esta simpleza de análisis, todo un discurso que puede ser interpretado de diversas maneras, pero con una base muy clara.
La última parte de la obra es la que más juega con es espectador, pues el mismo se vuelve parte del espacio e interactúa, analizando no sólo los elementos que están ahí, sino a sí mismo reflejado en esos elementos.
Es una realización de texturas con objetos de espejo, que permiten en conjunto crear una segunda realidad que es la que ahí se refleja, dependiendo de la posición cambiante de los que se encuentran divagando por la exposición. Es una abstracción que depende enteramente de la presencia y el movimiento, del tiempo y la situación.
Quedé contenta de poder ser en ese momento narcisista, y que dependiera de mí y de mi lente, la realidad que se estaba representando en la obra. Me moví, me analicé, me distinguí de los otros, me acerqué, y usé sus cuerpos como objetos de esa realidad que no podría tener en ningún otro lado, y sobre la que además, no tenía mayor control.
Las palabras tipográficas de espejo hacen un juego con nuestra mentalidad moderna, con la forma en que nos movemos y la prioridad que le damos a las cosas; una de ellas decía “Seduction of Spirit”, la seducción del espíritu, ese que posa frente a un espejo, y se ve tentado a enamorarse de su propia imagen o de la imagen del ajeno, de la idea de lo que puede ser y no específicamente de lo que ya se es. Todo está hecho de forma que simula un hotel, el lobby, los cuartos, ese espacio hecho para los turistas, para los que viajan y sueñan, para los que están buscando ser algo nuevo y se ven constantemente tentados pues se encuentran en un lugar en donde son desconocidos, y las posibilidades entonces, son infinitas. Sólo cuentan con su cuerpo, con la imagen que en el instante pueden otorgar.
El hecho de abstraer nos regala una nueva realidad, una nueva conexión, un nuevo espacio que habitar, y que contiene un diálogo que se basa en cuestiones específicas de la cotidianeidad. La mente debe trabajar, debe identificar y conceptualizar, debe hacerse parte activa de la obra y tomar un papel específico, pues sin ella, la obra no tiene ningún sentido.
El resultado gráfico se vuelve personal, se vuelve nuestro propio entendimiento, tanto de la obra, como del mundo, pues lo que captemos de la obra dependerá eternamente de el aprendizaje que hayamos tenido, de la manera en que unimos o diferenciamos elementos, de la forma en que hacemos lectura de las formas gráficas que se posicionan enfrente. La obra se vuelve nosotros y nuestra diversa capacidad para entenderla.











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