jueves, 21 de abril de 2011

La obra soy yo

Sobre la exposición de Graciela Iturbide, actualmente en el Museo de Arte Moderno



Vamos a museos generalmente como estudiantes, como aprendices que esperan recibir algún tipo de conocimiento nuevo. Vamos con la mirada gacha, humildes, como si no mereciéramos a ese genio artista que nos está haciendo el favor, y bien podría haberse negado, de regalarnos un cacho de su alma.

Vamos como espectadores, como personas en independencia de esa mente que se ha propuesto a crear; y lo más curioso de todo, es que vamos a descontextualizar a la obra del espacio en que se encuentra, casi creyéndola una copia expuesta de la pintura o fotografía del artista; nos parece inverosímil que eso que tenemos frente a nosotros haya estado en manos del mismo, de manera tan directa, cosa que ocurre porque no la creemos nuestra, ni creemos a nuestros ojos e intelecto capaces de transformarla en ese presente que frente a esa específica expresión, estamos siendo.

Nos han enseñado que para apreciar una obra debemos entenderla bajo su contexto y características, bajo el por qué y el cómo del artista en cuestión, bajo la circunstancia de un ajeno, como si no dependiera de nosotros el entendimiento de lo que se encuentra expuesto, quitándonos enteramente el poder de la interpretación, el poder del goce de un expresión por lo que nosotros, y nuestra situación, recibimos.

Hoy, por un mero acto de rebelión, me decidí a mi misma como artista y grité para mis adentros, “La obra soy yo”.


Me atreví a ver cada una de las imágenes de Graciela Iturbide como un espejo de lo que llevo siendo y entendiendo por 21 años, y me atreví además a no leer ni uno solo de los títulos o explicaciones que siempre tan pendientes de nuestra aprendizaje, ponen en las paredes. No es que defienda bajo ningún motivo el no conocer la historia del arte, o que quiera eliminar la teoría y las bases que el comprenderla nos otorga para una mejor interpretación. Pero quise desafiar el concepto de ir como aprendiz a una exposición, y enfrentarme a la misma a la par, como quien visita la casa de una amiga y no hace más que vivirla en presente, sentirla en presente, sin requerir saber nada del pasado, ni el por qué del sillón de la sala, ni el para qué de un vino de marca cara.

Comencé a ver las fotos en un espacio específico, la combinación de rostros y paisajes con el reflejo de las luces del lugar y las personas que detrás se movían. Agradecí, por primera vez en años, que el vidrio que usaron para proteger las imágenes no fuera anti reflejante. El curador, probablemente sin saberlo, me regaló una especie de cortometrajes, que funcionaban de la manera más narcisista posible, bajo el aspecto de lo que soy y decidía ver, bajo el marco de mi propio ángulo visual y la decisión voluntaria de qué era lo que requería sentir en la obra.

Me volví cómplice, me volví fotógrafa y artista en presente, realizando autorretratos a partir de lo que otra, por la misma necesidad que la mía, expresó. Comencé a jugar con la luz, con mi reflejo en la obra, con lo que implicaría postrarme a la derecha o a la izquierda, y qué discurso, qué miedo, qué emoción o sentimiento surgía de la mezcla de mi rostro y mi lente, con el gesto de la persona retratada. La mezcla de mis brazos en un paisaje, el tomar la posición de artista segura, de persona traviesa que está traspasando los límites que le han enseñado.


Me divertí, porque me sentía haciendo algo indebido, deteniéndome por horas frente a cualquiera de las fotografías, para encontrarme a mí y no a los ahí representados. Sabía que los guardias me veían de forma extraña, sin entender qué era lo que hacía en cada ángulo fotográfico, y los que pasaban detrás de mí se incomodaban y seguían a la siguiente imagen, dándome la importancia, sin querer, que yo me estaba dando a mi misma, y entrando en mi juego narcisista.

Sonreí, ante cada paso, porque qué más mérito en un entendimiento que el de vivir justo en el momento lo que otro artista sintió, qué mejor conversación entre creadores que el de mezclarse en glosas e interpretaciones, en convicción de lo que se es, y en el poder de tomar lo ajeno como propio, el discurso de otro con un diálogo que mezcla la propia visión.

Entender imágenes bajo el saber hermoso de que son un argumento que ya hemos tenido o realizado. La risa divina de decirle en silencio a ese artista, del cuál no quieres saber si quiera si está muerto: ¡bien hecho!, muy buena composición. Y decirte a ti misma a la vez; ¡perfecto!, confirmar el acierto de decir: ¡sí, la obra soy yo!.


Saliendo del museo, me entró una duda infinita, un rechazo al poder que había vivido ahí dentro, porque, estando ahí tomé el frente y me supe artista, pero saliendo me enfrenté a una básica cuestión, ¿en base a qué puedo yo nombrarme merecedora de ese título tan divino?, ¿en base a qué pudo catalogarme al nivel de Graciela Iturbide y creerla amiga, cómplice, y no educadora de lo que yo como fotógrafa he estado haciendo?, ¿en base a qué proyecto uno deja de ser amateur y se vuelve profesional?, ¿se tiene que pasar por el proceso de un crítico ajeno que defina nuestras creaciones como arte, o podemos, por lo que sentimos al realizarlas, por la adicción que tenemos a representar todo, casi como necesidad que nos salva de la muerte, denominarnos artistas?

Dudé que el expresar, de forma casi cínica, que no me había preocupado en leer ni uno solo de los textos, que no me había interesado saber la historia o el por qué, no fuera otra cosa que un acto inmaduro, un acto infame de desinterés. Sin embargo, al llegar a mi casa y editar cada foto sonreí nuevamente, como comprobándome que esa experimentación siempre es guía de descubrimientos nuevos, que logré crear un propio mundo de fantasía, y me descubrí como centro de ese específico universo, haciéndome querer regresar a vivirme como cómplice y no como estudiante, sabiendo que, de vez en vez, está bien actuar diferente, y escribir un ensayo no sobre lo gráfico, no sobre la composición, no sobre los elementos y su acomodo, ni sobre el lenguaje en blanco y negro, sino sobre un discurso, sobre una emoción, sobre un qué es lo que yo, en mi presente inmediato puedo tomar de un arte del pasado, y quizás, de esta manera, más allá de copiar en cuanto a imagen para realizar una glosa, realicé una glosa de discurso, una glosa inmediata entre artistas, sonriendo, porque puedo describirme bajo el aspecto que yo requiera en el momento para generar mi propia historia.











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