Puede ser que esté esperando en vano,
Que esté fumándome mi propia pérdida.
Puede ser que esté soñando incoherencias,
Que el abrir de ojos sea el peligro de un terrible despertar.
Y no puedo, dentro de mi característica terquedad,
preguntarme otra cosa que no sea; ¿importará?
Nadar en aguas de un riesgo inocente,
De la infantilidad que por hambre he decidido tomar como idea,
De hacer de lo que más me duele, mi tema central.
Empezar en un orden estructurado y preciso,
acabar en un desmesurado caos.
No sé describirme a mí misma como otra cosa que no sea ambigüedad,
¿importará?
Si el mundo transmuta y me quedo sentada,
Si es en mi cabeza en donde mejor he aprendido a besar,
Porque no hay orgasmo que haya sentido más potente,
Que el que tuve al descubrirme en mi puerilidad.
Y si de miedos se trata,
Podría dar conferencias,
Si se trata de destrucción,
La definiría como mi más constante azar.
Es ese ser niña y saberte potente,
Solo, y solo porque entiendes tu debilidad.
Que no me hablen de bien y mal,
Que no me limiten a un llanto en la impotente etiqueta de infelicidad.
Que no me impongan amar al prójimo,
Si es de humanos que se nos dé natural.
Que no me prohíban, carajo, el goce de una culpa,
Que no me procuren, con juicios, el asco de la decepción,
Pues cada obligación se vuelve motivo,
De el derroche de explosiones que surge por insatisfacción.
Que me enseñen, en cambio, que soy brío,
Que soy carne, soy huesos, soy efímera, intrascendental.
Que me enseñen el todo, la nada, la belleza de lo imposible,
Y que sea yo quien descubra en el límite, bienestar.
¡Qué dios necesito si los tengo a ustedes!,
Qué cielo requiero si es en la tierra donde sonrío, por estar.
Que me den la oportunidad de vivirme latente,
Y de temerle a otra cosa que no sea soledad.


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