miércoles, 27 de abril de 2011

Los nombraré, a ambos, los amantes del carajo.



Podía verlo a los lejos, bien posicionado, con esa mirada alta que tan bien lo caracterizaba. Llevaba dolor en la espalda, definiéndose ante sus ojos como ese ser que tenía delante de sí lo que por terquedad había perdido, y llevaba tiempo pretendiendo que no pasaba nada, pero en ese momento era inevitable sentir lástima por aquél intento de olvido.

Podía sentir su respiración, sus lágrimas, hasta su risa, todo a lo lejos. Ella, siempre tan bendecida de recibir las miradas que se predisponía, y con ese cinismo que grita un baile; “yo también te he dejado ir”.

El encuentro fue de principio a fin una mentira, un estar lejos sabiéndose tan unidos, tan necesitados de una mano que con euforia recitara la misma canción. Pero ambos, por razones distintas, se decidieron negados; quizás para tenerse en perpetuidad en la confusión de un negro mal parido, y así quejarse de que todos los que los rodeaban, tenían razón en haber recitado que ellos, juntos, no merecían ser.

Las culpas podrían ser infinitas, no hay, en ninguno de esos dos cuerpos ni un gramo de disposición. Y así como ella se vio reemplazada por cualquier cuerpo callado que sin cuestionarse mayormente, sabe dar amor, él se vio reemplazado por unos ojos vacíos al verlo, que recitaban poéticamente: “en mis sueños ya no estás tú, sólo estoy yo. “

Lo preocupante es que después de todo, nada haya importado. Que de necesitarse profundamente juntos, ambos hayan seguido buscando, pendejamente, imposibilitando como si fuera requisito, el poderse volver a tener.

Hay historias que terminan mal por no haber comenzado; ridiculeces que no deben de ser nombradas, porque servirían para un carajo.

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