domingo, 19 de diciembre de 2010

Los humanos funcionamos de maneras curiosas


Conozco a un hombre que sabe ser casi perfecto, sabe darlo todo, y justo cuando se acerca a entregarse por completo, irremediablemente falla. Esto parece siempre casualidad, ha acomodado su vida de manera en la que nada se le pueda reprochar; es lo suficientemente inteligente como para aparentar ser la víctima dentro de todos sus errores.


Es una obra de teatro, en donde te enamoras de la primera capa del personaje, es una capa honesta, sutil, maravillosa, entregada; conforme avanza la obra te das cuenta de un narcisismo que aflora, te atreves a odiarlo, porque esa capa es egoísta, manipuladora, mentirosa, y de repente, esa primera capa queda como un mal sabor de boca, como el recuerdo de algo que llegas a pensar que te inventaste y te sientes sumamente idiota por estar sumergida en una historia en la que en apariencia tú fuiste el único personaje. Al final, te das cuenta de la realidad, ese hombre tan planeador de sus escenarios, tan controlador de cada acto y aspecto de su vida, sí es la víctima, es presa de un miedo terrible que ni siquiera él mismo ha llegado a distinguir, y vive limitado por eso, justo él, el que se proclama desde el principio libre, y a todos los hace creer. No por nada se sueña en constancia en un paisaje abierto, es esa infinidad de posibilidades la que por miedo no podrá tener.

Es una complejidad terrible, que en una persona puedan haber tantas capas, y la última, la importante, pase para el mismo desapercibida. Supongo que es natural, si él se supiera víctima del miedo, la segunda capa, la del narcisismo exacerbado, la del egoísmo y control en extremo, se vería por lógica eliminada. ¿cómo va a reconocer una persona que piensa que se ama tanto a si misma, que el amor que se tiene no es más que una excusa de miedo, una barrera que se impone con tal de no atreverse a aventarse a ese paisaje, a amar a los demás?
Después no sólo observar semejante obra, sino ser partícipe como un personaje que en brevedad explicaré, pues no estoy exenta de capas ni manipulaciones, por más que quisiera, me atrevo a decir que la primera capa también es correcta, esa lindura desbordante es verdadera, tan cierta que todos siempre la creen. Lo que se vuelve insoportable como persona es asumir la segunda, ser partícipe y conspirador de la segunda, celebrarla, sin lograr después no ser víctima del daño que todo narcisista, por idiota, por inseguro y limitado, sabe provocar.

A decir verdad, yo entré a la obra por la segunda capa, con más idiotez que la de todos los personajes que se han cruzado en la escenografía. Pero ese es mi personaje, el que busca de antemano que le fallen para después no tener culpa al fallar, para jamás tener que comprometerse. Así como él manipula para entregarse y después no lograr ser lo suficiente, yo manipulo para siempre ser la chingona, la pobrecilla a la que irremediablemente le terminan fallando. Mi forma de ser víctima es en silencio, a mi no pueden reclamarme nada después, yo no estoy hecha para pedir perdón, sin embargo soy la musa, la santa, la reina que siempre logra perdonar, o la perra que se vuelve indiferente y olvida a las personas, porque es tiempo, porque no hay más. Situación en la que me posicione, no hay nada reprochable, más que lo que puedo reprocharme yo misma, por no dejar entrar a nadie, por ser víctima por voluntad propia de una inventada soledad. Mi personaje se vuelve inteligente, intuitivo, elige de antemano ese tipo de amor contradictorio que jamás se puede consumar, elige el narcisismo porque reconoce la inseguridad que conlleva, y dentro de esa inseguridad, jamás podrá ser recibida, cosa perfecta, pues necesita seguir reclamando que el amor duele, que el amor es terrible por partido, que nunca se puede ser feliz del todo, y otras boberías más.

Así son los artistas, entran al juego para sentirlo todo, para elevarse y romperse en mil partes, con tal de con eso crear. Le tienen miedo al equilibrio, a poder estar estables con otra persona, porque si llegan a eso, a esa plenitud divina, ¿en dónde queda lo demás?, ¿en dónde queda el desborde, la ira, lo terrible, los llantos, el dolor, que siempre son armas perfectas para escribir cuentos, para armar ideales, para trascender un poco más?.

Mi personaje entonces tiene problemas infinitos de percepción, en lugar de reconocer como perfecto un momento, una situación, un presente, un detalle, una sonrisa, un estar viva, reconoce como perfecto el para qué de tal, el sentido, la dirección, el armar un discurso en donde toda teoría que tiene metida en la cabeza, como la idea de abandono, sea siempre realizada después.

¿Qué mejor acompañante de eso que el narcisista en apariencia poderoso que no podrá evitar fallar por todas sus barreras? ¿ qué mejor persona que aquella con tanto miedo para amarla como para que en suma de actos ella pueda reclamar que ha sido abandonada? Cuando desde el principio sabía que nada dentro de esa obra iba a estar prometido, nada sería consumado, ¿y qué mejor regalo que ese?. Tendría un personaje a quien reclamarle sus miedos autoprovocados, y él tendría a quien serle inferior, a quien no alcanzar, a quien no merecer, con quien consumar su propio miedo, volverlo palpable, y quedarse en la etapa de narcisista, por jamás lograrlo reconocer.

No pueden decirme que no somos maravillosos, extremadamente ingeniosos, y confundidamente podridos, no pueden decirme que carecemos de poder y que lloramos irremediablemente por otros, ni que los accidentes son casualidad. Toda persona busca sus miedos en la otra, y los consuma, para poder resguardarse en los mismos después. Por eso le aplaudo a la vida, a nuestro inconsciente, porque nos tiene atados a una forma de vida espectacular, en donde nos sentimos presas de injusticias cuando siempre son lo que de antemano queríamos encontrar.

Todo eso está resuelto, no digo que esté bien o mal, esa historia tuvo su sentido y en un escrito, como prometí desde el principio, tenía que acabar. Quisiera añadir que esa sombra mía ahora está agotada, pero eso trae a tantos nuevos personajes, que tendré que hablar de eso en otro lugar. Felicidades, siempre estamos siendo lo que sin saber queríamos lograr. 

sábado, 27 de noviembre de 2010

Sobre la muerte que da vida


El día que entendió que iba a morir fue el día que comenzó a tomar Mocha Blanco.
Supuso que en un mundo que constantemente se acaba, lo único que podía pedir era un sabor dulce que realabara por su esófago 
en manera de abrazo. Amor lejano.
En caso de que la muerte no significara un final abrupto sino una transformación de materia entonces podría permanecer en forma de sobrecitos de splenda, conteniendo una dulzura quizás falsa, pero suficiente por ser magnánima en tan pequeñas cantidades. Las mujeres la tomarían como solución a sus problemas, esos que provienen del exterior, en donde estar bien se basa en no engordar. Ella les daría esperanza, como perdonándolas por creer que con eso basta, y les susurraría contenta una vez diluida en el café de la mañana que en realidad nunca es tan significativo, y no importa a donde se vaya, no se está tan mal, al menos no se está mal siempre, porque tampoco se puede estar bien en infinidad.
Quizás podría convertirse en chocolate derretido sobre todos esos gustos culpables que a cada mordida indican que puede que eso sea la felicidad: una despreocupación por lo que vendrá, un dejarse llevar por el presente, por mordidas deliciosas que saben a descontrol y desacomodo de rutina, 
a simplemente estar, y por eso sentir por dentro volar.
Desapego.
A veces pienso que en realidad sería cigarro, un tubo pequeño que representa a esa muerte que no se va, y no importa en donde nos escondamos, el día que salgamos a la calle corremos el riesgo de que sea un camión el que nos vaya a tropellar, y no ese humo tan delicioso, que sólo era musa de lo que en todo momento nos puede pasar;
 dejar de estar.
Probablemente se vuelva sonrisa, esa que aún entendiendo su propio final aparece, como para otorgarle importancia a todos esos detalles que hacen la vida, olvidando el poder y el éxito, o todas esas complejidades que aparentarían darle sentido a que estemos aquí, 
sin más. 

martes, 9 de noviembre de 2010

La caída de nuestros héroes, oda a Nietzsche

Estabas siendo tanto, tanto aire, tanto anhelo, tanto cielo, tantas nubes, tanto deseo, que era sólo cuestión de tiempo el verte caer.


Mi madre al ver mis ojos iluminados ante tu llegada sentía celos, un cierto reproche a mi necesidad por tenerte sólo para mi, y yo a la vez la alejaba, la quitaba de mi camino con recelo, creyendo que podría ser su boca la que alejara tus manos de mi cuerpo, que impidiera con sus palabras la admiración que podrías darme, a mi, sólo a mi. Alguna vez la escuché decir “tiene que amarte por que eres, no por lo mucho que pueda admirarte”, idiota, respondí.

Entre tantos escalones que había, te posicioné en el único que me fuera inalcanzable, en ese estado tan elevado que dejó de ser humano, como para que permanecieras puro, como para que cuando yo cayera fueras el único capaz de rescatarme, y no preví, estúpidamente, que podrías ser tu el que cayeras, cuando el sol dejara de estar a contraluz, cuando al verte dejara de estar cegada y dejaras de ser silueta.

Es preferible no enterarse de algunas cosas, no volver humanos a nuestros héroes, dejarlos ser la montaña perfecta, la que nunca vamos a visitar,  pero tenemos confianza de que ahí está para darnos aire. Tontos débiles que somos, ilusos que olvidamos que también existen terremotos, que hay otras fuerzas que derrumban eso que ante nuestros ojos era lo más fuerte, y de repente, por azares o por factores que debían de ser determinantes, ya no están.

Aún después de semejante derrumbe, permanece un dolor fantasma, esa sombra que se queda dando frío, como recordándonos lo que ya no está, ni estará, me atreveré a llamarlo nostalgia. Y entonces repudiamos la ausencia, repudiamos a las piedras caídas que se acomodan ante nuestros pies, como implorando que seamos nosotros los que permanezcamos, que nos volvamos las montañas que cegarán a un nuevo ser. Qué odioso momento, el anhelar una potencia inexistente, el querer poner nuestras esperanzas, por tercos, 
en ese espacio que quedó vacío.

Todo sueño lanzado a partir de ahora se regresa con vientos de frustración, de impotencia, y aparecen sueños épicos en donde todavía hay existencia, aunque la misma, deberemos de reconocer al siguiente día, haya sido inventada cuando ante nuestros ojos aún aparecía.

Y es que tanta altura era absurda por irreal, porque se ama sólo a iguales, lo demás es platónico, una admiración que aunque exista no te dará el cariño que desde un principio querías alcanzar. Retiro el idiota  lanzado a mi madre tan puerilmente, y sigo relatando un poco más.

Deberemos de ser sensatos, ver a la montaña como esa cosa que quizás estorbaba nuestro paso, y agradecer que ahora sean sólo piedras con un peso suficiente como para poder levantarlas, aventarlas, y llegar al otro lado. Se me ocurre que si nos detenemos ante tal opción es porque siempre hemos tenido miedo, pavor de ser más que nuestra montaña, elevarnos más que nuestros héroes, y entonces Nietzsche tendría razón, y entonces la humanidad habría de ser más egoísta y eliminar a dioses, creerse potente, superarse, porque ninguna montaña es excusa real, porque si somos inteligentes, limitantes no hay.
Agradeceré que seamos pocos los que entiendan lo que la pérdida de un héroe nos otorga, y patearé algunas piedras, sonriendo al recuerdo, sin la sombra de nostalgia, sin quedarme sentada como esperando que mi idea sea lo suficientemente fuerte (tercamente fuerte), como para volverla a levantar.

Adiós héroe, gracias por dejarme atravesarte, por elevarme más allá del bien y el mal.

jueves, 28 de octubre de 2010

Qué lindo

Sabrás que somos aire, Chá. Que somos la tristeza inconmensurable de terminar un libro, que somos esa historia que se acaba, ese amor constante de amar sólo lo que se debe dejar ir.


Hemos llevado prolongados nuestros corazones envueltos en cartón amarillo, con  una rugosidad que aparentaría ser una extensión de nosotros, de lo que juntos hemos sentido. Errores hermosos que nos privan de la libertad de unirnos, de separarnos en un vagón con una mirada sincera que sea capaz de recitar: “hasta siempre”. 
Lo hemos intentado, no hemos podido.

Hemos pedido con nostalgia la desaparición de nuestros cuerpos, el que lograras no ver mis manos buscando las tuyas, sabiendo de antemano que yo no era su dueña, que no había nadie en su roce, ni tú mismo. Y tú arrogante buscabas mis pies, clavando esos codos desesperados en aquél vientre que nunca había existido.

Nos amábamos en la búsqueda, en esa antesala del encuentro, en la fascinación por una fantasía de cuerpos palpables, pero nunca fueron los nuestros Chá, nunca estuvimos presentes en el momento adecuado. Inhalando cigarros confundíamos los tiempos, y tuve ganas de llorarle a tus hombros como pidiendo que me dejaras sin soltarme, que me abandonaras sin alejarte. Entre ombligo y ombligo se acomodaba una distancia inquebrantable, esa línea que sostiene a polos amargos y amables, bienaventuranzas en lo terrible, labios que se acarician con mordidas, en un constante huir.

Jamás comprendimos nuestros signos ortográficos, siendo yo tan coma, tan inacabada e insatisfecha, anhelante de lo que no podría ser mío ni el la historia más absurda, ni en el cuento perfecto, aún siendo yo la que lo escribía, jamás tuve el control. Comencé a unirme a ti por puntos suspensivos, misteriosos, puntos que repentinos terminaban la historia, sin acabarla, y los temía, te temía por ser punto intempestivo, que aparecía cuando mi lengua apenas comenzaba a soñar con un cuarto que nos contuviera. Carecíamos de exclamación, de duda, oscilábamos entre una perpetuidad de visiones y la terminación de los mismos en constancia, de soñadores de trascendencia que morían en cada palabra. Nos vivíamos matando, acabándonos perplejos, y tú, Chá, ni siquiera lo notabas.

Cada noche esperaba que llegaran tus palabras de experiencia, mismas que no alcanzaban la magnitud con que desde hace tiempo te inventaba, entre expectativa y realidad se abría un nuevo abismo, abismo que se posicionaba entre nuestros ombligos, al lado de la línea polar que nos tendría siempre separados, amándonos con indiferencia, irrelevancia. Y entonces nuestros abrazos ya no eran nuestros, eras incapaz de sostener tanto caos desmedido, era incapaz de alcanzar la cerradura conservadora que podría abrir nuestras puertas.

El roce de tus dedos en mi cara se asemejaba al recuerdo de un grito de mi madre, ese que me imploraba ser lo que por ser yo no me estaba permitido, ese regaño absurdo que aparecía todas las mañanas ante la misma tontería, su necesidad de hacerme aquella niña que se apasionara por los detalles de la rutina. Te le parecías, tenías esos mismos ojos de reproche a mi ignorancia, te aborrecía, por no ser el que entendiera que no me importaba, que me desinteresaba tener el control con el que tú te manejabas.

Nos odiábamos tanto que nos daba risa, nos reprochábamos cada detalle como para quejarnos de nuestra existencia, de la fatiga de seguir viviendo juntos. Y entre tantos lazos en común dejamos de entendernos, yo hablaba de marmotas mientras tú describías mis patologías. Nos burlábamos porque estaba permitido. Se había vuelto un juego de pretender sentirnos, de ignorarnos, de arriesgarnos desmedidos a atacar como fieras.

Sin darnos cuenta comenzamos una historia que se repetía en pasado, el lector se volvió testigo de el cambio repentino, de la desaparición del presente en nuestros personajes.

Y después de años de diálogos vacíos nos despedimos. Sin poder agradecer lo que entre piernas y ombligos fuimos. Nada aprendimos. Qué lindo.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Ser sin sernos


No pienso que sea sencillo, ni complicado, pienso que sólo es.


Y ahí vamos, imaginándonos de la mano, estando tan lejos, pensado que quizás me llamas cuando sientes el sol en la cara, y te contesto subiendo la mirada y encontrándote en cada persona que camina con cierta delicadeza, 
sin darse cuenta de nuestra evaporada y silenciosa conversación.

Te extraño, extraño tu sensibilidad desmedida, tus bocanadas de humo y la desesperación de saberte vivo, también te olvido en constancia, olvido buscarte y se me pasa contestarle al aire, con la esperanza de que te llegue mi grito en son de suspiro.

A veces pienso que si te descuido es porque no me he ido, porque cuando quiera puedo regresar a saberte dentro de una bolsa de palomitas, en la soledad de un cine de arte y el asiento que te espera vacío, prefiriendo quedarse solo que tomar a otro vago en su respaldo, en su olvido.

Recuerdo haberte regalado mi nariz, y que insaciable hayas pedido también mi cuello, tocándolo con la magia que se da en una natural protección. Recuerdo entonces haberte hecho partícipe de mi ombligo, y pedirte con los dientes que fueras capaz de no morir. Fuiste.

Por eso permanezco, tocándote en cada paso con la planta de los pies, absorbiéndote en cada poro que idealiza hasta las tragedias más burdas, y voy y vengo mil veces después. Regreso a enamorarme en donde no estás, en donde no te has ido, porque te repito mi amor que a veces es sencillo ser sin sernos, pero ser.

martes, 28 de septiembre de 2010

Martes de cosas ponchadas.


Es así: un estúpido martes te despiertas a pretender tener un día normal, cuando a la hora de prepararte el desayuno te dan ganas de llorar mientras entras a la alacena, porque recuerdas la idiota despedida que tuviste la noche anterior, misma que se siente diferente a las demás porque debe ser definitiva si pretendes estar bien a la larga (ese idiota tener que cuidarte a la larga, ese estúpido ya no poder mentirte). Madrazo. Se te hace tarde, como es la costumbre, y no falta el idiota lento que en su coche no tiene el control del carril en el que va, lo que hace el rebasarlo una tarea difícil, pero te decides, porque debes llegar a clase. En ese momento, en que el baboso no se quita y tú ya debes acelerar te das cuenta de un bache, enorme, el cual es imposible evitar, caes. Trancazo. Esperas que todo esté bien, en esta ciudad los coches ya deberían de estar evolucionados como bacterias a las cuales ni el antibiótico más fuerte puede destruir, pero no, los coches, y la suerte, no funcionan así. Por un momento se te olvida el golpe, porque estás recordando el otro golpe emocional, vas enojada, contigo, por haber creído en vano en un ajeno, por haber caído como ciega (justo como en el imbécil bache) imaginando que quizás sea posible volverte autosustentable. Justo en esta idea, en la de autosustentabilidad, sientes un jalón, un lento avanzar, y lo sabes, la llanta seguramente está ponchada, pero debes de llegar a tu destino, qué flojera estar parada a las seis de la mañana en una calle con carita de fe a ver si algún idiota es capaz de parar para ayudarte. No confías. Cuando por fin llegas a "un lugar seguro" te bajas con lentitud para enterarte de la magnitud del madrazo (estoy comenzando a encontrar una analogía entre llantas ponchadas y despedidas). Enorme, estallido, sin solución, como tu corazón, por cliché que sea. Te pones a pensar quién en la Ibero será el buen hombre que pueda rescatarte, pero tu celular decide, como buena Ley de Murphy, perder la señal. Entonces entras a clase, como pretendiendo olvidar que tu llanta está ponchada y tu expectativa hacia el amor también, pero no, imágenes de adiós, de baches y de mañanas podridas se apoderan de tu mente, mientras un cuerpo se acomoda desnudo en poses extrañas y espera que lo dibujes, lo odias, aunque él no tenga la culpa (y te ríes porque se quedó dormido en una de sus posiciones). Sales de clase, buscando a algún ser que por un poco de dinero te haga el paro, a esas alturas no crees que el desastre sea tan fuerte (si tan sólo dejáramos de ser tan ingenuas). El señor muy amable te pide que lo esperes un rato, y además te da las gracias, no puedes más que pensar “oh, tan lindo ser vivo y tan dispuesto a ayudar, además diciendo gracias”. Llega la hora, está listo para la acción, pero te pide ese pedazo de herramienta que desconoces que existe y que en algún lado debe de estar, no lo encuentras, esperas que no sea tan importante (como cualquier idiota que no sabe de coches esperaría, creyendo que podría prescindir hasta del motor). Te explica que sin esa mierdita no hay manera de cambiar la llanta, comienzas a entender la gravedad de la situación, pero otra vez, como buena ignorante automotriz, corres a pedirle la mierdita de su coche a tu amiga, por supuesto que no es el mismo coche, ergo, no sirve de nada. Entonces te sientes muy ocurrente al decidir lanzarte a la agencia de coches Mazda que está cerca del lugar, pero no, no es agencia, sólo oficinas. Regresas a la Ibero para ver si de casualidad está un amigo que sabes que tiene el mismo coche que tú, le pides su mierdita y te la da advirtiéndote que si choca va a querer matarte. Te ríes, piensas que a esas alturas ya podrías ir con tu coche arreglado a salvarlo con su mierdita. No, las cosas no son así, cada estúpido coche tiene su propia mierdita (¿quién demonios es el idiota que se pone a diseñar mierditas personalizadas?)… unos tres compadres que platican se compadecen de tu ineptitud para con tu coche, se acercan a ayudarte, cuando comprenden que careces de la maldita mierdita te mandan a la chingada sutilmente, y te sonríen con lástima, pero no importa, tú a esas alturas también te sonríes con una lástima nefasta, o te lloras, o te gritas. Marcas a la agencia a pedir ayuda, y te dicen que esa mierdita, llamada birlo de seguridad, la deben de tener en la agencia, que vayas a recuperarla y no habrá problema. Decides abandonar la misión (quisiera decir que a esta hora ya se me había olvidado el otro putazo, pero no, sigue presente y danzando, como burlándose). Bajas a las oficinas a pedirle asilo a tu coche por la noche, creyendo que al día siguiente llegarías con tu nueva mierdita a solucionar el problema. Mientras tanto tu papá te espera anestesiado en el hospital para que vayas a verlo, y no tienes forma de explicarle tu situación. Intentas quedar bien, como siempre, para volver a quedar de la chingada, como siempre. Su respuesta es: resuelve tus problemas. Le marcas a tu madre para que te diga: no sé cómo ayudarte, pero no te desesperes, busca tu mierdita bien. (llevas dos horas buscándola, ¡chingón!).
Llegas a tu casa, te duermes, tienes la esperanza de que al despertar sea un nuevo día, y puedas recuperar tu estúpida mierdita (y de paso tu confianza para enamorarte), vas a la Mazda, otra vez, para que medio ignorándote te digan que mañana le marques a la grúa con tono de urgencia y que buena suerte; que la mierdita no es reemplazable. No te ven a los ojos, no pretenden ayudar, en tu cabeza sólo está la idea de: ¿cómo mocos va a entrar la grúa en ese pequeño estacionamiento?, junto con el conocimiento de que tu puñetero celular, como es costumbre, no tiene, ni tendrá crédito.
Luego le cuentas a tu padre cómo está todo, y te dice que ya está gastando mucho dinero en ti, justo lo que se necesita escuchar para sentirte apoyada, ¿pero de soluciones?, nada. Y la única persona que podría hacer de todo este día un algo con sentido, la única persona a la que querías contarle lo que pasaba porque es la única que con saberlo te alivia, es justo la persona de la que te despediste el día anterior.
Entonces sigues tu día, sabiendo que durarás toda la semana sintiéndote ponchada, chingada.
Puto martes, muchas gracias. 

domingo, 19 de septiembre de 2010

Ridículamente amorosos

Entonces fumó humo de un cigarro ajeno, perteneciente al vagabundo que disfrutaba su propia pulsión, y los nombró monstruos. Esos pequeños gigantes atolondrados que amaban  más de lo que podían odiarse entre ellos, pero no lo sabían, y ese era su error; su debilidad. Alargó la mano para darle el papel con la verdad al vagabundo, la verdad de los monstruos, la verdad de esos seres gigantes y atolondrados, ridículamente amorosos y tremendamente desperdiciados. Él no la pudo leer, era analfabeta.

Tocó con esas uñas mal pintadas sus labios, dudando de usar semejantes facciones para transmitir la verdad al bobo analfabeta que se encontraba tirado, pero a él no parecía importarle, no más que las últimas caladas del cigarro que representaba su propia desaparición. Ella lo entendía, ¿cómo hablar con alguien que se está fumando su propia muerte?, que está lidiando con ella, amando con ella, viviendo por ella, carajo. Levantó la vista, desenfocó, había luz dentro de gotas, arcoíris y lluvia, o tal vez era un sol tan intenso que se sentía frío, mojado, como sus botas, como sus ideas y los recuerdos de su madre en delantal, aunque no recordaba a su madre, su madre no cocinaba, su madre nunca estaba en casa. Cada que la recordaba sentía entre suspiros la idea de libertad. Odiaba la libertad, odiaba esas elecciones que por ser libres tomamos, y luego nos destrozan, porque sí, porque ahí están, porque es parte del ser libre el tener atroces consecuencias, porque en la tierra nunca dejarán de haber huracanes ni terremotos, ni carencia, ni hambruna, ni muertes, suicidios, ni dolor. “Son libres en tanta mierda, por ser libres son tanta mierda, pobres monstruos”.
Volteó súbita a su derecha sólo para descubrirse sola, el vagabundo balbuceaba palabras incoherentes, se había vuelto loco y la había dejado a ella en el proceso.
No había pasado mucho tiempo de darse cuenta de su “amarilla soledad” cuando se comenzó a balancear de un lado a otro, conteniendo el grito que saberse amarillamente sola le provocaba, siempre, sin falta. ¿Qué iba a hacer con los monstruos?, con el pedazo de papel que sabía más que una enciclopedia, con las imágenes de su madre en delantal que eran falsas, y el sol, o la lluvia, o los autobuses o bicicletas, o todo eso que era pero podía bien no ser.
Sacó de su bolsillo una cajetilla nueva de cigarros, la miro soltando una lágrima, o sonrisa, o mueca, o nada, y la abrió. Caminó lentamente a los pies de vagabundo, a intentar cruzar las miradas e identificar el sitio perdido. Nada.
Sacó un cigarro, lo colocó entre los dedos del vagabundo, magullados, y susurró a su oído: ya que no quieres la verdad, te regalo la capacidad de sentir morir otra vez, hasta el infinito.
Cada vez que el vagabundo balbuceaba nuevas incoherencias dentro de un lapso crónico de locura, o de sanidad, o de todo y de nada, le hablaba a ella, quien sin querer le enseñó que a veces vivir es únicamente, saber morir. 

domingo, 12 de septiembre de 2010

La verdad en el espejo.



Es un amanecer que se siente podrido. Lo único bueno del dolor, es que se puede elegir en donde se sufre. Yo quiero sentir desde un bosque, confundido, profundo, atolondrado en un silencio que está vacío. Puede ser que suene decadente, pero es meramente simbólico, 
es sólo para escribir.
Hay orgullos que hay que proteger, supongo que también hay que saberse enojar, llorar, 
y guardar silencio. 
Hay que saber desaparecer.
De tantos mundos a los cuales ir, amar el más lejano,
 irse al más sincero, no creer.
Conocerse como esa esencia pragmática que requiere ser caótica sólo para comunicarse, 
fuera de su propio raciocinio.
He adquirido un cierto cariño por los puntos, por hablar y no decir nada, por lo ambiguo y el sin sentido. Por el frío, los besos, los anhelos, por sentir nuevamente lo que sentí antes de conocerme, 
por el refugio de un mundo amarillo.
He adquirido cierta necesidad de nada, de no ser conciencia constante, ni rumiante necesidad de conocimiento frustrante; ser pueril, honesta, sonrisas que me desconozcan, dedos que me imaginen. Dar la mano sólo a ese tipo de gente que puede hablar bailando 
y no usa discursos en su propio diario.
Verlos ver imágenes, verlos convencidos, de eso, de ese demonio siniestro que nunca nadie ha nombrado, porque no se ha atrevido.
Y esperar el tiempo necesario, quizás la vida entera, quizás dos días, hasta llegar a ver en el espejo un reflejo que otorgue la verdad dentro de su filosofía. La verdad, porque vale la pena vivirla.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

De alturas y sueños, siluetas y putas.


Te me metiste a la cabeza como el recuerdo a un olor de la infancia, fugaz, sin embargo perpetuo.

Estabas perdido en una estación, quizás en Moscú, quizás en Budapest; no era que no encontraras las locaciones de los servicios, siempre tan bien señalizados, ni que se te hubiera extraviado algún tren. Era más bien esa nube gris irremediable que llega a hacer del abismo que representa el futuro, una cosa más alarmante, tediosa, incompetente.

Te detenías cada dos pasos para suspirarte, para contenerte, levantabas la vista como buscando la respuesta en la construcción de ese techo, altísimo, tan alto que era inalcanzable, sublime, como iglesia gótica, construida para hacernos pequeñitos, impotentes. Y entonces ahí estaba, de todas las respuestas que necesitabas, la única que pegaba un grito era la de impotencia; como vil puta, a la que odias, porque le tienes lástima.

Llevabas en la mano mi carta, misma que estoy escribiendo; y es que mucha falta te hacía creerme cuando te decía que no hay tiempo, y si lo hay, no es lineal, es una burbuja.

- Se me hace tarde
- No pequeño, no hay tiempo
- Si lo hay, la vida se nos acaba
- No chicuelo, recuérdate de niño, ¿no pasaba todo como en un vuelo, un espacio sin futuro,
trascendente?, y flotabas.
- Era niño
- Eras esencia
- Tú y tus cuentos
- Te dejo chicuelo, “se me hace tarde para vivir”

Y me reía, me reía esperando que entendieras la burla a tus maniáticas prisas, a tu sentir a futuro en letargo; siempre me daban ganas de gritarte a lo lejos: eres tú el de los cuentos. Pero en lugar sólo decía: te quiero.Y es que no estoy muy segura, pero puede ser que en el querer es donde mejor se explique esa burbuja, ese no avanzar, no disponer y depender de minutos, ese flotar.

Era la séptima vez que te detenías a buscar la respuesta y adquirir la equivocada, cuando sentiste el movimiento de una silueta que por intuiciones de observador interno, supiste que era amarilla.

Te confieso ahora que me gusta tu lento mirar, esa tranquilidad con la que te mueves a una reacción tan fuerte, ese gesto encantador con el que decides perseguir colores.

La seguiste.

De todas las maravillas que conozco, eres el único capaz de sonreír puerilmente a la alegría ajena; te lo digo, sabiendo que no serás capaz de creerlo, y adorándote más por eso.

La silueta se movía apresuradamente, casi corriendo, y tú lo veías todo como una nueva danza a la cual acudir, desarrollando frases ocurrentes ante tal cara desconocida, ante tales pasos, que vistos desde tus ojos asemejaban un ritual. En menos de tres segundos, ese cuerpo te pertenecía, era tu bailarina, tu monstruito, tu depósito de cariño ilimitado. La residencia de tonterías, la compañía de tu infantilidad. Ella no lo sabía, pero tú ya la llevabas de la mano.

Volviste a mirar el techo, aprisionadamente libre; no había nada, ni siquiera sueños. No había futuros, ni pasados, ni un sentirte tarde. La puta impotencia no gritaba, corrían entre tus venas ciertas ganas de danza, de baile en presente, de agitación atemporal, de quereres, de compañías silenciosas. Volviste para contármelo, me volviste maravilla, porque sonreí, sonreí con una carcajada que casi me mata, a tu alegría.

La carta que llevabas en la mano, y perdiste como es tu buena costumbre, en algún punto de los varios que diste, decía: me haces muy feliz. 

domingo, 5 de septiembre de 2010

Mrs.Ruds


Mrs.Ruds nació una tarde de Noviembre, cuando Carmen, mejor conocida como Carmencita, la bondadosa Carmencita, cumplió 22 años. Habrá que explicar que Mrs.Ruds no nació siendo bebé, como sería la creencia popular con la palabra nacimiento, surgió a causa de un grave conflicto interno, siendo, de la nada y aparentemente sin justificante, un perfecto alter-ego.

(Me disculpo de antemano con los lectores que no puedan ni quieran entender este concepto, porque el escrito carece de explicaciones, y recomiendo dejar de leerlo).

Regresando a esa tarde, nublada, lluviosa, oscura, magullada, parecía pedir a gritos una transformación de mente, y por añadidura, de cuerpo. Es mágico como la semblanza de alguien se transforma con el simple hecho de autonombrarse diferente, Carmencita no creyó que fuera tan fácil, pero lo tomó tan sólo un par de horas conseguir a su primera presa.

A pesar de haberse sentido muy idiota durante tantos años, por ese gran defecto complaciente que la acompañaba en todos sus actos, en todas sus relaciones y hasta con sus mascotas, reconocía en si misma la clave del éxito para ser Mrs.Ruds; cualquiera puede elegir de antemano a qué personas va a dejar entrar para ser lastimada, y es que no es raro encontrar en las personalidades ciertas tendencias masoquistas. "No soy idiota", se decía a si misma, "no me están engañando, ni estoy creyendo que puedan ser diferentes, simplemente los elijo para hacer palpable mis miedos, para hacerme sufrir, porque sí, y porque puedo".

Arriesgado fue convertir, esa tarde, su rutina diaria en una inversión de papeles casi mágica, esta vez sería ella quien detectaría qué persona necesitaba ser lastimada, y como buena complaciente, les haría el favor, con sumo estilo y dedicación, de hacerlos sufrir hasta el hueso, porque sí, porque podía.

A su primera presa fue fácil desecharla, usando la palabra correcta que atacara de forma directa al orgullo. Era un ser debilucho que dependía plenamente de su virilidad, cosa siempre sencilla de magullar, como aquella tarde de noviembre. Se convirtió en la metáfora perfecta, y esa noche, después de soltar las primeras palabras atacantes de su vida, añadió con un cinismo virginal, "disculpa querido, soy una femme-enfant".

La facilidad para destrozar orgullos le parecía afrodisíaca, pero fue tan fácil, que requirió subir los peldaños de orgullos a quien dañar y eligió a un tipo de “clientes” diferentes, a unos más arrogantes, a unos que valiera más la pena hacer pedazos. "Benditos narcisistas", pensaba mientras se miraba en el espejo del baño de la noche, (que cambiaba con suma regularidad), arreglándose orgullosa como antítesis del gusto rutinario del susodicho, sólo para romper esquemas, para engancharlos, para transgredir lo que habían creído como fijo; y es que una vez que rompes la idea de un narcisista, que lo haces comer su propio error, no hay marcha atrás, están atados, y aunque no lo parezca, tú tienes el control.

Sobre el control hay que indagar bastante, porque una femme-enfant es cautelosa, y no deja sobre la mesa su jugada, aunque parezca sincera, y aunque parezca enamorada. Siempre hay un secreto que calla, una verdad que ve y guarda.
Contrario a la imagen que se tiene de las femme-fatales, la femme-enfant sabe ser linda, necesita ser linda para que un narcisista la reciba entre sus brazos, y cuidadosamente, sin que lo sepan, se burla de la facilidad con la que rompió el muro tan bien estructurado del poder de semejante “macho”. Cuando ríe no es felicidad, no es empatía, es burla ahogada, disfrazada, que hace creer al "querido" que es el único capaz de llevarla a la plenitud de una carcajada.

Todos en su vida eran nombrados "corazón", todos la hacían la persona más feliz de la tierra, y todos le daban algo que nunca nadie le había dado, con todos comprobaba su existencia, con todos era sincera por primera vez, con todos se sentía protegida, a todos los quería proteger, a todos les daba un espacio asombroso, a veces demasiado, para los más débiles. Todos le querían agradecer.
Todos la hacían encontrar el sentido de su vida, todos encontraban un futuro con ella, porque era ella la única capaz de dejarlos ser, de aplaudirles su narcisismo, y reír después. Con todos se convertía mujer por primera vez, todos estaban engañados, y todos eran heridos después.

La ventaja de Mrs.Ruds es que sabía enamorarse, sabía entregarse, pero también sabía abandonar después. No sufría de indiferencia, pero tampoco sufría de apegamientos innecesarios. Importaba la meta, nunca el después.

Un día, varios años después y casualmente en Noviembre, (no era casualidad, era un est muss sein),  cuando llegó el indicado, su obra maestra de daño, la analogía perfecta, él pidió una explicación a las maletas que se encontraban en la puerta.
Mrs.Ruds se calló por un momento e hizo la cara típica de impotencia, esa que muestran los seres que pretenden querer a alguien pero no lo suficiente como para permanecer a su lado.
Tras prender un cigarro, y humedecer su boca dijo con voz seca: “toda nuestra historia, todo lo que crees saber de mi y todo lo que tu imagen es para mi, está entre comillas”. Cuando estaba determinada a salir de la puerta el hombre exigió, casi con un grito, la explicación de tales palabras. Sin voltear Mrs.Ruds dijo: “que no vales nada”.

Y ahí estaba, el daño perfecto, con una frase había eliminado la existencia de un ajeno, había destrozado toda imagen y todo recuerdo, todo respeto y todo orgullo, toda confianza y todo sentimiento, había matado, porque ese hombre jamás podría comenzar de nuevo.

Me despido de ti

Me despido de ti con un beso sabor a fresa, con blancos siniestros y crujientes reclamos. Me despido de ti con la mano en la frente, por lo absurdo que es decir adiós a tus llantos. Me despido de ti con la espalda estirada, con los pulmones gastados, con la lengua embriagada. Me despido de ti pretendiendo estar ciega, para no tener culpa después, para no arrepentirme, para evitar castigarme. Me despido de ti del color justo, del azul de nostalgia y del rojo que apasionaba, me despido siendo amarilla, me despido morada. Me despido de ti sin decir palabra, me despido con indiferencia, con golpe, como en rutina diaria. Me despido de ti con un hasta luego, con dientes de hasta nunca, con un espejo en la mirada; y entonces vales sólo lo que veo,  veo sólo lo que quiero, y quiero que no valgas nada.

Me despido de ti con deseo, con una copa de vino, con un cigarro apagado. Me despido con fuego en el acto, con misericordia trascendente, con ilimitadas carcajadas. Te dejo como me conociste, impuro, moribundo, carente de tacto. Me voy como llegue, silenciosa, ingenua, caótica, atolondrada. Y por ecuaciones de una mente sin números estructurados, se suma el uno a uno que nunca da nada. Y por esperanza mal pagada se espera la probabilidad de un todo en el vacío de un sueño, donde sólo estaba la foto de la esquina de un cuarto apagado.

                     Te invento entonces en una no existencia, me invento en un no sentirte constante.

Y me despido con líneas que me describen entera, sabiendo de antemano que ni la mejor combinación de palabras, sabrán descifrarme ante la décima estría del escrito, en donde te volviste ausencia, en donde dejé de desear que me anhelaras.
Me despido antes de que te des cuenta, para que no me entiendas, para que no me detengas. 

martes, 20 de julio de 2010

La tía Sammy

La recuerdo precisa, constante, siempre con la palabra adecuada, aunque pareciera en gran medida que desvariaba.


La tía Sammy, conocida como Samina por los muchos seres que la respetaban, parecía profeta de otro planeta, ella misma lo decía: “cuando se debe contar lo indecible, hay que acudir a otros mundos, pues en este no hay verbo ni adjetivo que alcance a describir esas otras cosas”.
La verdad es que yo no comprendía a qué cosas se refería, ¿qué no hay una palabra para todo?, un color, un adjetivo que describe a la perfección cada cosa que existe en el planeta.

El día de su funeral sonreí, sin dejar de sentir la pérdida claro, pero es que después de tantos años de romperme la cabeza intentando descifrar qué tipo de cosas eran las que no tenían palabras, lo entendí, ahí, frente a ese cuerpo inmóvil que a pesar de estar muerto seguía enseñándome; ese otro mundo lleno de palabras incontables es el de la emoción pura.
Tan sólo por desafiar a la tía Sammy, cuestión en la que me había vuelto experta, corrí a mi casa para intentar poner en papel la cantidad de sentimientos que su ausencia me estaba provocando, pero no encontré, en todo el vocabulario adquirido hasta el momento, ninguna combinación perfecta que alcanzara a describir la cantidad de lágrimas derramadas. Me sentí limitada, incomprendida, como supongo que se sintió ella antes de aventarse a la creación de un nuevo mundo.

En ese mundo no sólo llueve, sino que los dioses (en su mayoría imperfectos) lloran con gusto sabiendo que cada lágrima significa una nueva creación; y entonces todos los habitantes (que deben ser sabios para pertenecer a tal mundo), se refugian anhelantes de ese grito interno, parecido a lo que Platón llamaría intervención dionisiaca, y algún filósofo más astuto, iluminación.
Cada vez que alguien sufre, hay otros cien que lo celebran, sabiendo que de cada caída se puede esperar una subida aún mayor. Y así es como se equilibran, siendo bailarines expertos entre la tensión de los polos y la sublimidad de saber vivir con plenitud los dos.
Es por eso que no me limité a berrear mares el día de su partida, y a sacar carcajadas en vista de mi locación, es decir, me veía postrada en un extremo de la balanza, en donde era necesario sentir en negativo, y ante la suposición acertada de que a lo largo de mi vida encontraría nuevos polos, me aventuré a desgarrarme en tiempo presente, experimentando lo que era no encontrar palabra suficiente para tanto sentir, y la carcajada llegaba a deshoras, haciéndome saber lo que era ser, sin pretender al pasado, sin apresurarme al futuro, simplemente estar ahí. Eso es a lo que la tía Sammy le llamaba vivir.

Pasado el tiempo, sin siquiera notarlo, estaba ya postrada en otro polo, uno menos discreto, si es que en este mundo es posible algo menos discreto que llantos potentes y gritos desesperados excesivos, pero es que en el mundo de la tía Sammy los habitantes enamorados se vuelven entes voladores, a los que ni por un segundo se les ocurre disimular su enamoramiento (hay algunos que crean un letrero con un diseño tan kitsch que se vuelve maravilloso, el cual indica, por simbología básica: estoy amando, y a nadie se le ocurre burlarse, más bien se celebran, porque por fin han llegado). El motivo es que no hay valor que se considere más elevado que el de aprender a amar; y es que según la tía Sammy eso de estar enamorado no es casualidad, se decide de antemano, y entonces te avientas tan descaradamente que cuando menos lo esperas, también sabes volar. Ha habido algunos habitantes en ese mundo que consideran prudente negar el amor, y entonces deben ser desterrados, porque hay cosas para las que se debe ser prudente y muy bien, pero no para el amor.
Ella decía que no hay cosa más impotente, y por impotente quiero decir sublime, que la del vértigo en el amar. Siempre vas con los ojos cerrados, sintiéndote tan elevado, que no puedes evitar ver la hora de caer y darte el peor madrazo de tu vida. Yo le contestaba que eso era la utopía más patrañosa del planeta, ¿qué tipo de chorrada es esa en la que amas sin dejar de sentir el miedo de la pérdida?, y ella contestaba con una sonrisa nada disimulada, que asemejaba a la mueca más burlona jamás hecha en el planeta: “es el amar del humano”.
¡Maldita!, me dejaba anonadada, parecía tener la respuesta última, el secreto exacto, y yo ni siquiera lo comprendía, aún cuando sus palabras no podían ser más exactas.

Cumplidos los dos años de su muerte, tuve las alas de ese nuevo mundo, decidí enamorarme (de verdad lo decidí, y me sorprendí al saber que la tía Sammy tenía razón, y se da por elección), pero aún queriendo desafiarla, sólo por no perder la costumbre, cree la fórmula perfecta, aquella que evitara a toda costa sentir vértigo, nada de miedo, nada de caídas, al final eso parecen enseñarnos en este mundo, el amor verdadero es inquebrantable, indestructible, fácil y a la vuelta de la esquina, claro que si no funciona (cosa probable), siempre existe un reemplazo que llene el hueco que el otro amor dejó. Mocos, mala lección de vida.
Al principio todo bien, me sentía ganadora en un campo de batalla, (ingenua creyente de que el amor era un juego controlado) y ante tan estándar podía soñar despierta con la vida que se considera perfecta, matrimonio, hijos, bastante terrenal el asunto, pueril, como lo llamaría mi tía.
Conforme pasaban los días una extraña sensación se apoderaba de mi cuerpo, era contradictorio, mientras más cerca lo tenía, menos control y seguridad había en mi cabeza, opté por meterme a bañar para analizar la cuestión (terca hija de mi padre creyente de que todo se puede solucionar con la razón), lo identifiqué, ¡era vértigo!, fue tanta mi sorpresa que me resbalé de la forma más absurda y otra carcajada a deshora apareció.
Ahí estaba, sintiendo el primer madrazo del amor en mi propia regadera y con moretones que dejaron huella del impacto durante una semana, más una cicatriz, que me duró toda la vida.

Ese golpe me hizo comprender otra de las manías de mi tía, el gusto por los cuerpos imperfectos, solía inspeccionar meticulosa cada defecto que pudiera contar una historia; decía que el cuerpo es un lienzo, y que cada historia que vale la pena contar siempre deja huella, mismas que en este mundo de loca vanidad, se intentan borrar a toda costa. Estrías que hablan del nacimiento de nuestros hijos, volúmenes que expresan el placer de comer y la maternidad, cicatrices de golpes que suelen ocurrir porque nos atrevimos a vivir.
Así estuve yo, en ese polo de alas y caídas constantes, que si no dejaban huella física, dejaban otras tantas metafóricas que añadían al recuerdo un sabor preciso y es que en ese mundo, lo insípido no vale la pena. Entonces me sentaba, al igual que la tía Sammy, en la cocina, a tomar con deleite el café del día y a experimentar nuevamente las cosas vividas por el simple placer de contemplación. Hay que entrenarse para revivir los acontecimientos importantes, y que sigan sabiendo igual o mejor que cuando ocurrieron.

Incontables veces esperaba que la tía Sammy concluyera sus relatos, y ella descarada decía que ni estando muerta estarían concluidos, es cierto, aquí estoy yo continuándolos, sin encontrar conclusión suficiente, y es que no hay vida que alcance para entender todo lo que puede ser comprendido, somos una parte del todo, y eso le da sentido al haberlo vivido, por eso la maldigo, por eso la bendigo, cayendo en la polaridad de siempre en donde encuentro alivio en una tensión de equilibrio, en una tarde cualquiera.

En el mundo de mi tía sigue lloviendo, y yo sonrío extasiada de sentir esas cosas para las que no hay palabras descriptoras, decido irme a dormir con un café en la mano, porque en ese mundo, todo se puede. 

martes, 6 de julio de 2010

La creación de un puente indestructible


Lucía, no murmures, no hay nadie cerca que pueda comprenderte. Deja a un lado el temor a las palabras, si bien es cierto que con ellas puedes destrozar, también es cierto que sirven para crear puentes, de esos que se te antojan indestructibles.

Habrías de ser un poco más sincera, no con otros, pero contigo misma, saber, de una vez por todas, qué es lo que quieres de ti, no que quieren, no que esperan, no que sueñan, sino ser, por ti.
Es absurdo que consideres tus errores como fracaso, es más absurdo aún que los consideres errores, porque no lo son cariño, se llama vivir. Equivocarse es, en todo caso, no darte cuenta que estás viviendo, y buscar como para darte un madrazo, sufrir, te doy permiso de seguirte castigando todo lo que quieras, pero opino que sería menos absurdo sonreír.

No pierdas tanto tiempo observando tu cuerpo, el mismo se va a morir, hay verdades sin embargo que no mueren, y supongo que ante la limitante que es ser humano, a ellas hay que acudir; pero no seas ingenua y te conformes con las verdades sin fundamentos que parecen regla en una cultura que no ha sabido siquiera definirse a si misma, no confundas el hambre con sed, el poder con razón, ni el producir como única fuente de valor, porque entonces, aunque reconocida, te estarás dando la espalda, aunque adaptada, te estarás muriendo sola.

Hay sacrificios que se deben hacer, y si bien duelen, también se complacen por certeros, y si bien odian, también se enamoran por sublimes.

Nunca esperes más de lo que pueden ofrecer, toda relación es un acuerdo, una política, una negociación, asume un papel y desempéñate como debes en el mismo, sin perder la espontaneidad emocional que compartirte con un ajeno te provoque.

Lucía, lamento informarte que si quieres ser feliz, tendrás que transgredir. Qué más quisiera yo que creer en un libro de autoayuda, qué más quisiera que llevarte por caminos  de una belleza superficial, pero te has llevado a ti misma a una visión más compleja, y para cerrar los ojos es tarde, aunque lo hicieras, tendrías el recuerdo de haber visto cierto tipo de profundidad, a la que si abandonas, añorarás con una nostalgia descomunal. La esencia grita ahora ser eso que intuitivamente prometiste que serías, y sabes bien que en el sentimiento es más fácil encontrar la verdad que en la razón, toda teoría puede ser refutada después, una emoción no. No quedan muchas salidas Lucía, si no es que ninguna, atrévete a descubrir.

Te aviso de una vez que el proceso será agotador, y que constantemente lo verás como un imposible, pero recuerda cuál fue la última canción que tocaste y dedicaste a la muerte, eso querida, no es una casualidad.

Me gustas maldita, por ser más tú que lo que soy yo misma, y por leerme paciente una vez más. No voy a mentir, lo estoy apostando todo por ti, y tengo miedo de ti; porque sé que llegará el día en que seas tú la que me escribas, y cuando eso pase tendré que cambiar de nombre, tendré que dejarte ir. Te agradezco mientras tanto darme un motivo para seguir. 

martes, 8 de junio de 2010

Protagonismo fugaz




La niña tiene miedo de las cosas más ridículas, y no sabe por qué. Supone que de alguna forma habría que ponerle picardía a la vida, como esa capacidad de burlarse de si misma, nomás por hacer del camino un algo cómico que no sólo es cómico sino además se debe de superar. Y entonces volvemos a caer en esa trampa de contradicción. La risa ya no sólo es alegre, sino además, un nervio latente de la propia existencia frente a un mundo de posibilidades catastróficas, y para seguir con la pauta de lo agradable, cabe añadir el placer que la catástrofe es capaz se producir; Ese estado alterado de la mente y el cuerpo, en donde cuando todo parece estarse yendo al demonio, un pensamiento positivo resulta de todo esto, aunque vaya acompañando de la frase: "la estoy pasando fatal, jodedérrimamente fatal", y ni tal palabra inventada describe lo mal que se está.

Pero es que mandar a todos a la chingada tiene lo suyo, ese enojo desconcertado que va de la mano con el yo que pocas veces dejamos salir, ese hostil y cínico deseoso de defenderse, de gritarles a los compañeritos que tenemos en el viaje, quítate un rato, estás siendo muy pendejo y me toca, en primer lugar, dejártelo claro y en segundo, ser protagonista a mi.  Pero luego, ante esa idea de protagonismo esa niña se da cuenta de que tiene que marcar al banco, y eso no sólo entra en la categoría de lo que le da miedo, sino que le da pánico, hace entonces alguna tontería absurda digna de su cómica inseguridad, la cual nunca falla para hacer a la señorita del otro lado reír, o dar una de esas explicaciones totalmente innecesarias que salen cuando no se tiene más que decir, y ante el absurdo de tal comunicación no queda más que un silencio incómodo, colgar y pensar: “híjole, qué pendeja me vi, juro que no vuelvo pero ni de chiste a marcar”. Protagonismos completamente eliminados, pero no importa, hay muchas horas en el día y todo se vuelve un ir y venir. Se sabe que difícilmente se llega a un “hasta aquí”, y qué bueno, porque entonces la niña se comenzaría a aburrir.

martes, 4 de mayo de 2010

Doble Sentido Trebuchet




Tienes un instante, nada más. El grito de una palabra que viene para morirse, y no habrá más. Tienes un segundo de elección, un sí, un no, un sentir lo correcto y lanzarte con pavor, un miedo constante que indica qué es lo que eres, y qué no. Si te mientes no podré quedarme, y lo digo con dolor, quiero de ti eso que vienes siendo y que no podrás dejar de ser, aunque en el lenguaje colectivo lo mismo signifique destrucción.  Quiero tu extremo, tu pasión, tu colapso, tu odio, tu rencor, el error que te tiene aquí, con un brazo torcido, y un corazón frustrado por latir.
Quiero los acentos de un lenguaje que ataca, la palabra correcta, la honestidad provocativa, la conmoción, que termines de una vez por todas el tener que vivir, ¿tener que?, ¿quién te enseñó a caminar tan al azar?, tan chueco, tan pendejamente, tan mal. Quiero tu cuerpo, roto, completo, entregado a un “así debe de ser”, sin justificación, que olvides los esquemas, sin dejar de construír. 
Carajo, quiero que dejes de morir, por un día, en reversa, que me tomes con el enojo que no te atreves a sentir y digas gritando con los ojos, quédate aquí, quédate bien, quiéreme a mi, por ti, por mi. Te pido arriesgada que no seas esa cosa, ese animal, que nunca aprendió a observar. 

martes, 27 de abril de 2010

Las musas no cobramos derecho de autor

-vete a dormir
-no puedo
-intenta
-no puedo, de verdad no puedo… me da… me da miedo
-no pienses en eso
-no puedo
-todo tiene solución
-no es cierto
-deberías de ser un poco más positiva
-deberías de ser menos cínica
-pero depende de ti
-ese es el problema, me perdí, no sé regresar, y fue gracias a ti
-te regalé alas
-te las comiste después
-te regalé amor
-condicionado al abandono
-te queda talento
-que no avanza sin sentido
-¿y qué piensas hacer?
-nada
-no estás haciendo "nada"
-odiarte
-llevas una vida en eso, ¿te ha servido?
-carajo, cállate un rato
-para eso sirve dormir
-no puedo
-ya lo sé, me estoy burlando
-jó de te
-jó de me
-no puedo
-pareces experta
-evidentemente, sólo te alimento
-te tardaste en darte cuenta
-ya lo sabía, y no hizo ninguna diferencia
-¿para qué pierdes nuestro tiempo?
-porque nadie me ha enseñado a vivir en retroceso
-¿para qué te justificas?
-porque soy una pendeja
-¿te sirve de algo saberlo?
-¿te sirve de algo cuestionarlo?
-no, pero en algo tengo que entretenerme, dado que te rehúsas a dormir
-conozco cómo funcionas, y te encanta engancharte a los sueños
-es que puedes ser tan débil
-es que puedes ser tan cabrona
-yo no decidí vivir
-yo tampoco inútil, te estás muriendo en mi
-aférrate a la idea
-¿vas a dejarme?
-puede ser
-no lo hagas
-¿qué pides de mi?
-lo que sea
-¿qué es lo que sea?
-que no me dejes llorar
-imposible, pide algo más
-que no me dejes caer
-imposible, pide algo más
-carajo, dejar de estar
-atrévete
-no puedo
-no quieres
-sí, no quiero
-pide algo más
-amar
-¿otra vez?
-sí
-ámate.
-no puedo
-no quieres
- ya lo sé
-¿qué hora es?
-las tres
-¿vas a ir a clase?
-no tengo remedio
-sí tienes, ¿no has aprendido nada de mi?
-vete a la mierda
-estamos en ella
-¿vamos a salir?
-pareces mosca muerta, más te vale que sí
-gracias
-vete a dormir
-no, no quiero.
-Pues me quedaré a tu lado, al fin y al cabo, las musas no cobramos derecho de autor. 

sábado, 10 de abril de 2010

Damián


De haberlo sabido Damián, te lo hubiera dicho todo, te hubiera hecho partícipe y cómplice de todas esas cosas que de repente y por mala suerte se me cruzan por la cabeza. Me hubiera escapado contigo cuando aún me lo pedías, y hubiera respondido enojada a todos y cada uno de tus golpes. ¡Vamos!, te habría gritado con el odio que necesitabas, y habría pretendido caer en tus manipulaciones, habría sido víctima de celos, y dueña de los dramas provocados por tus desapariciones. Te habría dado la importancia que te enseñaron que merecías, y recitado los diálogos de la novela que querías en tu vida. Te habría perseguido hasta el cansancio, con un dolor de pies digno de un mártir que lo da todo por conseguir al menos un pedazo del cariño del dios al que ha decidido entregarse.
Te habría escrito poemas con tantas palabras de amor y resentimiento que serías el héroe y el villano de nuestra historia, te habría dado los motivos necesarios para que fuera real el verte en un espejo y jactarte con una media sonrisa por creerte todos esos sentimientos que sólo un ser con mucha potencia es capaz de provocar en el ajeno, te habría reprochado fúrica eso que significa tu nombre, carencia de consideración hacia todos esos pobres diablos que nos cruzamos en tu camino.
En cambio, no pude más que callarme, y platicar algunas noches con mi almohada sobre la posibilidad de ser eso que necesitan que seas, o el opuesto, y hacerlos enloquecer, sobre pronunciar las palabras que trazarían el destino adecuado, sobre aparentar estar engañada con tal de ante tus ojos estar bien, pero no pude más que tener asco y no responder. Tuve sueños de desaparecer. Hay batallas que se ganan sin la presencia, y te empecé a matar Damián, sin siquiera distinguir si en algún punto te pude realmente querer.
No me atreví a crecer, ni quise retroceder, permanecí intacta ante el olor de tu piel. De haberlo sabido antes Damián, tendría ahora una historia a la cual engancharme, una realidad palpable de la cual quejarme, algo que reprocharte y algún dolor al cual llorarle, otra vez. En cambio tengo nada, un sueño y varias malas palabras que no son dignas de los labios que podrían recitarlas. Carajo, el abismo en su máxima potencia, siendo esta, una terrible pendejada. Nada Damián, no siento nada. 

lunes, 22 de marzo de 2010

Qué equivocada estabas, mamá.


Para comenzar a contar esta historia, debo retrocedes unos años, a esos tiempos en donde hasta los menús decían, dando por hecho que los primeros en mencionarlo fueron mis padres y sobre todo mi madre, jactándose de sus palabras como si en ellas estuviera el secreto de la vida:
“Sólo puedes ser feliz, con Soya a tu lado”.
¿Qué significa esto?, que yo, Sushi bien condimentado, con todos los ingredientes precisos de éxito e independencia, con la cocción de arroz exacta, el pepino fresco, el atún que nada libre y elegante bajo el agua, no valgo nada, absolutamente nada, ¿si no tengo Soya que me acompañe?.
Estas palabras me las creí de veras, y probé con toda clase de Soyas. Muchas me hacían pedacitos al primer intento de sumergirme en ellas, otras me aguantaban un poco más pero siempre terminaban por hacerme cachos. Había algunas con un exceso de sal que me opacaban por completo sin dejarme expresar la sabiduría que me consta que tienen mis condimentos, y otras, con su carencia de sodio, no hacían más que recargarse en mi para destacar su sabor.
¿No hay Soya, acaso, que pueda ser un igual?
La frustración de ser un rollo solitario, aunque bien formado, iba en aumento, y el desencanto de mis días provocaba toda clase de tensiones. La Soya, más que meta, se había vuelto enemiga, un estúpido liquido indispuesto a estar a mi lado, y darme el sabor que yo, después de años de introspección, aprendí a merecer.
En uno de esos días, en donde los granos de arroz nada más no se acomodaban, el aguacate hacía de las suyas y se desparramaba, el atún parecía menos libre y la facha del pepino y de mi imagen general, sin contar mis pensamientos, estaban fuera de control, pues justo ese día me topé con un ser extraño que por motivos difíciles de explicar, atrajo toda mi atención.
Su existencia no me era del todo desconocida, ya había escuchado diferentes comentarios ajenos que lo tachaban de hostil, atacante, caprichoso, mañoso, algunos lo llamaban idiota, otros poderoso. Y yo… yo ante su presencia no supe qué decir.
La duda y el asombro se apoderaron de mi presente, las bases de lo que creí que buscaba ser y tener se derrumbaron, y asumí, como en un arranque pasional que no se recomienda tener si se intenta vivir en un estándar común de bien y felicidad, que con ese me iba a quedar.
El proceso de acoplamiento ha sido la peor pesadilla, y aún así, ante la tortura de lo que este intruso provoca en las bocas, me atrevo a decir que por fin entendí lo que es amar. Lo que es amar y odiar, ser dos independientes fuerzas catastróficas que saben, muy a pesar de su orgullo, unirse en uno para disfrutarse, mientras logran en algunos cuentos afortunados que comprenden más allá de la superficialidad de masticar como automáticos y decir cínicos e ignorantes: “esto sabe mal”.
Nuestra unión ha sido una fortuna, una novedad, una inspiración, un caos. Y mi acompañante me ha dejado recrearme, agregarme ingredientes, transgredir y respetar, sin en ningún momento opacarme, tan sólo dándome eso preciso y adecuado, la posibilidad de saber más.
Me enamoré de sus motivos, y también de su dolor e inseguridad. Me enamoré de su enojo y de sus gritos, y de ser a pesar de todo eso, un protector excepcional.
Hoy digo, con nervios y emoción, que cuidado con lo que te enseñan a querer y a añorar, habemos Sushis para los que la Soya es un fracaso y el Wasabe, con su misterio profundo, significa felicidad.
¡Qué equivocada estabas, mamá!