domingo, 11 de septiembre de 2011

Del uno al diez




Esta es la historia de un hombre con muchas virtudes silenciadas, y no es que me corresponda hablar de ellas, pero algo he de decir.

Se trata de un hombre apuesto, aunque sus fotos sugieran lo contrario; y es que se ha equivocado en el pasado, acomodándose un bigote de esos revolucionarios que en la moda no deben existir.

La vida le otorga varias dudas para frustrarse, prescindiendo siempre de las existenciales, y enfocándose en cuestiones numéricas importantes, como “¿del uno al diez cuánto me extrañas?”, suponiendo de antemano que se trata de un diez, si no, no se atrevería a lanzar semejante inquisición.

Si lo encuentran en un antro hablando de conquistas y anhelos de Don Juan, no sea usted quien se confunda, ese hombre en galantería busca enamorarse, y por eso crea máscaras que disimulen que en el fondo, como todo buen hombre, es un pan.

No es que se avergüence de su ilusión profunda de romanticismo exacerbado, pero es cosa complicada reconocer sueños en sociedad. Si le pide que se quede a su lado, váyase tantito, le gusta la lucha y los contrarios, y sólo así se enamorará.

Podría extenderme hasta crear un libro, pero es de mal gusto analizar, y entonces los dejo con la duda, y quizás cuando lo conozcan, sabrán. 

jueves, 18 de agosto de 2011

Encuentros ríspidos




Quizás deba comenzar por describir lo mucho que te quiero, o quizás deba soltar algunas vocales que reemplacen la carencia de explicación en este tipo de motivos. Quizás deba seguir tus consejos, o los míos, y callarme.

Después de tantas palabras, ¿cómo no agotarlas?, después de tantas sentencias, ¿aquí se pide perdón?, y el peligro de un escrito que comienza sin planeación, es que se vuelve un discurso en donde ninguno de los dos podrá tener control.

Probablemente tenga muchas cosas que decirte, es aquella angustia en donde nunca hay final; he de confesarte que lo lógico sería decir que tengo miedo de un abandono, cuando puede ser que lo que verdaderamente me aterre es no encontrar esa despedida, saber que no nos vamos a acabar.

Supongo que de ser cierto que la escritura sirve de algo, debería apostarlo todo por comenzar a explicar nuestro hoyo blanco, mismo que es un problema, en tanto que es bendición, absurdo y realidad. Ese espacio vacío que lo contiene absolutamente todo, dejándose a si mismo tan repleto que no queda más que un “nada” para expresar.

¿Quién diría que la nada era blanca?, que en la nada, nada importa, que podríamos elevarnos tanto para convertir nuestro nombre en redundancia, y luego darnos el lujo de discutir algunas palabras, y de ser posible inventar.

Si es necesario que lo diga, entre todas esas personas que me parecen ridículamente fantásticas, estás acomodado hasta arriba, y así como con todos puedo justificar esa magnificación de sentimiento, contigo perdí tal interpretación. Será que lo que eres desde hace tiempo me quedó muy claro, y que no podría reducirte a ser muy buen doctor. Entonces quizás debería extenderme a que eres apasionado, o a que sólo contigo tengo tan divino entendimiento de mi propio yo. Pero no, tengo conflictos de reducción, y supondré que es porque te he visto mucho más allá de nosotros dos.

Si lo piensas es divino, haber rebasado todo esquema social de relación, estar tan arriba que comenzamos a volvernos personajes en un libro en donde se explica al humano como tal y su emoción, un amor Lacan en donde no nos obtendremos y tendremos mucho más de lo que le apostaríamos a cualquier otro dador.

Verás entonces que no me importa recibir ninguna flor, el cliché y su hermosura es bella en todo inicio de conquista, y lo anhelaría, si no fuera porque he visto justo a aquellos románticos caer en la peor desesperación, o en el olvido, en la indiferencia, sin haber aprendido que quizás la importancia estaba en las palabras, en anunciarse frente a otro, en declararse dentro de todo temor.

El amor es miedo, habrás de saberlo, el amor es sombra, tendrás que asumirlo, el amor es soportar, y querer, necesitar, ansiar, morir por comentar el detalle más ridículo de un día casual.

Creo que de tener que resumirlo, diría dubitativa y lacónica, en nuestra característica contradicción; el amor es hablar.

La conclusión te la regalo, suele llegarse tan alto, que deja de importar lo demás, y supongo que de enfrentarme a algo, de aquella idea en donde el amor se vive dentro de un temor, para sobrepasarlo, te diré tranquila y por primera vez: “no seré yo la que diga adiós”. 

jueves, 4 de agosto de 2011

Certezas



Estos días tengo poco que decir, solamente puedo añadir intrépida “hay muchos tonos de verde”, porque bajo los desconciertos que acomodan la vida, esa parece una certeza linda que no pretende prometer.

Han de ser esas pocas certezas las que equilibran los sube-y-bajas emocionales que surgen de repente, y más allá de nosotros, siempre más allá de nuestro control.

Como verte en gesto sobre cada sendero que a punto de el desmayo caminé, y sin embargo, en ese cansancio, en esa torpeza de pasos, te me antojaste ahí, aunque sin mí.

Pasa de repente que el amor se purifica, ahí donde antes había derroches de presencia, anhelo de necesidad, queda ahora una sonrisa que te avienta a vivir una feliz soledad, puede ser que eso sea todo lo que me atreva a pedirle a una metáfora, ser esa niebla que te acompaña de repente, sin modificarte, sin pretenderte o transformarte, sin nombre o etiqueta, simplemente en el regalo de presenciarte por minutos y afirmarte, en tu infinito estar.

Ya lo ves, tendremos cruces constantes, quizás debiéramos evitarlos, no lo sé, pero supongo que eres como certeza de verde, y ahí estás, y ahí estaré suspendida sobre el suelo, en mi característica humedad, porque intenté irme más lejos pero no puedo volar.

Volar, qué cosa más hermosa sería lograrlo, aunque a veces pienso que ya volamos, y volamos muchísimo, porque no lo necesitamos, porque sin querer adquirimos una cantidad insana de palabras que nos otorgan ir mucho más allá de lo que podríamos si tuviéramos alas, quizás esa sea nuestra herramienta, imaginar. Y digo imaginar con todo el cliché doloroso que cabe en ese término, digo imaginar porque estuve sola, fui tronco, contemplé esferas, me imaginé bichos, ¡carajo!, volví a amar una piedra, y mientras tú estabas en algún cuarto blanco, estabas en realidad a mi lado, estupefacto, mirando el paisaje anonadado, comprendiendo que un día ibas a morir.

Ese sentir súbito, esa inmensidad al frente que nos avisa nuestra propia finitud, ese golpe al corazón que se siente tan directo que se torna cálido, como si lo comprendiéramos, como si de verdad nos fuera posible entendernos acabados, y dentro de lo terrible, hubiera tranquilidad, a los arboles les importará poco nuestra ausencia, la tierra firme puede continuar, y entonces no hemos de ser tan importantes, y eso está muy bien, aunque suene fatal.

Ahí lo tienes, te extraño, me dueles, estamos incompletos, pero queda de todo una inmensa felicidad, ya no sólo podemos prescindir de las manos, sino que además, puedo sentir a través de ti, por ti, para ti, en el lugar en donde te haga falta, con la ingenuidad de niño que necesitas, con la seguridad del hombre que vas a ser.

Sigo sin poderle pedir a la vida nada, más que tenga las ganas de volver a amanecer, y luego nosotros sumergidos y estáticos, luego los verdes y aunque confundidos, tener esos mínimos minutos de saber, algo saber.

Entonces cierro los ojos y afirmo que te sé, sé que te quiero, 
y eso está muy bien.


viernes, 29 de julio de 2011

Mujer serpiente

¿Honestamente?, de la chingada. Llevo muchos días intentando encontrar algún por qué, cualquier pretexto que parezca envolver tanta falta, pero nada.

Me estoy deshaciendo, en toda la literalidad posible, mi piso está lleno de cachos de piel, que voy pisando, que me van recordando todo aquello que he sido.

Y me duele, tormentosamente, porque pareciera ser el aviso de todo lo que busco en la vida, aquél poema que no acaba rotundo, sino desquebrajado, en tragedia que no vale la pena comentar.

Me fui dos meses, me fui para cambiar, para estar sola, y todo era hermoso, tan hermoso que me preocupaba, ¿cómo podía haber tanto bien de repente, sin ningún mal?, no podía, ese era el problema, el advenimiento, la condena.

No puedo hacer otra cosa que verlo como prueba, una prueba real, quizás ésta es la real soledad, no una inventada y fantástica, sino en la que te mueres poco a poco y no tienes ningún cuerpo que abrazar. La soledad en la que pasas horas enteras en un hospital perdiendo el aliento, temblando con escalofríos, dejando de sentir la sangre correr, miembros dormidos, y tú, a punto de soltarte en un llanto potente, alguno que te distraiga de tu tan linda fortuna. Miradas de otros en espera que ponen gesto de terror, pero no hay palabras que te consuelen, tan sólo silencio rotundo.

Para ser honesta, creí que cuando por fin mi piel comenzara a sanar, me sentiría una vencedora, con nada que me impidiera estar bien, pero no pasó nada así, sino lo contrario, me percaté que si lo logré era por pura lógica natural, ese deseo de sobrevivir que se da más allá de nosotros, y digo más allá, porque no lo decidía yo, en realidad no hacía más que alucinarme con la piel arrancada, y que la consecuencia, fuera estar muerta.

La parte irónica de todo, es que cuando la comezón comenzó, me atreví a hacer un escrito siniestro sobre una mujer serpiente que cambiaba de piel, y había al final de el relato una gran victoria. Poco sabía yo de los días que precederían a ese escrito, en donde la piel se llenaría de ronchas y manchas, de moretones y sangre, de quemaduras de primer grado. Poco sabía yo de las horas que iba a pasar en el hospital, de la cantidad de medicinas que iba a tener que tomar, de el vómito consecutivo de las mismas, de las inyecciones, y los baños de cortisona. En realidad, mi cuerpo comenzó a adaptarse a mi historia, y sí, comencé a perder la piel, despellejándome, literal y metafóricamente.

Comprendí que la realidad es a veces más siniestra que nuestras ficciones, puesto que soñé con esta última semana de mi viaje, soñé con ese último café, ese último helado, esa última pisada en mi calle preferida, esa última ida al súper. Cada momento estaba en la espera de su día, y en lugar de todo ello, viví la semana del infierno, como poesía pura, en donde no he tenido fuerza alguna para escribir.

Al darme cuenta de mi propia vulnerabilidad, decidí reconocerme a mi misma, frente al espejo, frente a ese espejo que reflejaba un monstruo y sus pecados, que en realidad no soy fuerte, ni quiero ser. Acepté gritando que quería regresar antes, que no soportaba los minutos, que necesitaba desaparecer. Es una monserga el hecho de que estando en la peor crisis, nada quiera ceder. No hubo posibilidad de cambiar el vuelo, y tuve que permanecer más días en la soledad del infierno que yo misma me propuse, creyendo que todo iba a ser subida, y no una bajada tan desproporcional.

Mi parte sincera, la que es optimista, aunque sea la que menos sale a la luz, intentó aprender todo lo posible, pero no encontré nada, nada dentro de un discurso óptimo, nada que me mantenga con la certeza de que debía ocurrirme. Siempre suelo encontrar explicación, alguna simbología perfecta, alguna metáfora que se transforme en justificante correcto.  Hoy no, y sigo rascándome, sigo arrancándome a mi misma, creyendo que aún es posible deshacerme un poco más, aunque el ardor ya no me lo permita.

Quizás, quizás descubrí que la soledad no es tan necesaria. Quería forzarme a ella, quería saberme en ella, quería enamorarme de ella y sobrevivirme en ella. Al final, aunque todo lo anterior ocurrió, divisé que no es una cuestión de poder o no, cualquiera podría, y lo que debo aprender es pedir ayuda, pedir consuelo, pedir una mano extendida.

No he dejado de pensar en mi madre, tan presente aunque estuviera a kilómetros de distancia, sosteniéndome como por arte de magia. Los demás no estuvieron, pero eso no es sorpresa, quizás pensaban que exageraba, como si no supieran que el hecho de atreverme a pisar un hospital es presagio inquebrantable de que ya estoy rotundamente mal. Tan es así, que sigo soñando con más inyecciones, agujas que me recuperen.

Y eso es todo, por ahora, debo ir a recostarme, a acabar de vivir el escrito que me propuse, a cambiar de piel, ser serpiente y ser mujer. Seguramente a quejarme un poco, y regañarme, quizás con paciencia logré ver qué era lo que necesitaba comprender. O quizás ya lo sé, y en algún futuro lejano pueda decir segura: “fue a los veintidós cuando cambié de piel”. Renacer. 

Mucho siempre te soñé




Pienso mucho en ti, pienso mucho en qué hubiera pasado si no te hubiera dicho aquello. Probablemente no hubiera pasado nada, y es que así funcionan las cosas contigo, importa poco en qué extremo nos coloquemos en la balanza, siempre terminamos besando al abismo.

Supongo repetidamente que te gustaría caminar a mi lado, te lo ofrezco cuando puedo, casi suplicando, pero sé que entre tantos pasos no dejo mucho espacio, y ese es nuestro pecado, jamás tener congruencia entre nuestras palabras y actos.

Te sé presente como te sé perdido, quizás no dependa de ti, ni siquiera de cuántas veces me hayas anhelado. El amor es saber y voluntad, pero también idiotez, dejarse llevar, con grandes dosis de soportar.

He estado muerta algunos días, quizás para deshacerme de lo que dependía, y perdí entre sueño y sueño una cantidad impresionante de recuerdos. Estabas tú en una puerta, y ahí sigues, con la vital importancia que has tenido siempre.

Conocí a un hombre de apellido Artaud, me enseñó que era conveniente revolcarme en el caos, en el dolor de pacotilla, en la oscuridad. Y, siguiendo sus consejos al pie de la letra, comencé a vislumbrar ráfagas de luz, aquellas que son poéticas porque aparecen después de mucho tiempo de no ver, y duelen, porque nos avisan que tendremos que luchar para regresar, si es que pretendemos darle la espalda a la muerte.

Volver a nacer, pieles de serpiente.

Y así lo ves, no hay coherencia en tu imagen dentro de mis escritos, pero falta soltar algunas palabras que no te contengan para que aparezcas disfrazado de todo aquello que pudiste haber sido.

Tomé café y fumé dolorosa, me picaba la vida, me picaba ser cuerpo, ser mujer. Después pellejitos aparecieron, burlándose, riéndose, ya no podría dormir más, y tendría que vivir el vacío, como mi constitución me prometió desde el día en que nací.

Entonces estuviste, y dejaste de pertenecerme, podría ser que tanta piel fuera sólo aviso de lo que no deberíamos de tocar. Esos pecados, esos pecados de amar.

Si hay algo que disfruto en lo funesto de ansiarte, es la pureza con la que después de desarmarnos te he encontrado. Y dicho todo o nada, en secreto o en nostalgia, estás como más allá de mi. De forma divina y sin querer, sin poder negarte; y aunque todo esté fatal por imposibilidad, todo está muy bien.

Quizás ese era nuestro secreto, tenía que olvidarte para tenerte, y después comerte palabra a palabra para volverte a perder. Así es.

Lo que más me gusta de cualquier intento de acercarme, es saberme incapaz de terminar mis propias propuestas, y entonces viviremos en pausa, como en este escrito, como en mi ayer. Estoy flotando, adiós cariño, mucho siempre te soñé. 

martes, 3 de mayo de 2011



No es una cosa sencilla, esa de estar enamorados y decidir no ver; esa de crear ilustraciones que reemplacen el anhelo de verte a mi lado, para tenerte, más allá de lo que en una realidad podría conseguir.

Y es un absurdo, no sentirte y alimentarme de tus miedos, es un horror, haber aprendido a prescindir de ti y aún así contenerte en mis días. Es como esa muerte, que se recita en cada vocablo, que se vuelve musa en todo contexto, y no está presente; 
no la quisiéramos siquiera tener presente.

Es una mentira, no voy a engañarte, esa espera que se da en vano, por el placer de estar acomodados en un sueño de nunca jamás. Sin pretender otra cosa que no sea un café en la mano, y un papel para gritar.

No puedo evitar beber contradicción, fumar paralelismos y soñar en pasado. No puedo evitar evitarte, no puedo no ser redundante. 
Y enamorarme.

No puedo tampoco no ser canción, mortificarme por ser sorda, y reír por verte tanto. No puedo lamentar haberte olvidado y teclear en una dosis infinita la idea que inventé de ti.

Pero puedo predecirte niño perpetuo, solo porque sí.

Entre mis destinos está esa complejidad inigualable de tener que explicarnos en una racionalidad que no ha encontrado si quiera el por qué de su existencia. Esa garrafalidad de encontrar sentido al ser humano, cuando pude haber sido cualquier otra cosa estática, apabullante por no estar viva. Naturaleza.

Y entonces me recuerdo decidida a olvidar los silogismos y la estructura que me fue regalada, chillar con susurros que yo, 
he de amar una piedra.

He remojado mis labios en plagio, he bebido gestos de imitación. Todo lo que he aprendido me lo he robado, y luego me pregunto cínica, 
¿quién soy?.

La realidad que descubro día a día es que importa un carajo, y ese aparente valemadrismo me ha liberado de una crisis de mediana edad que pudo haber llegado demasiado pronto, si hubiera profundizado.

Pobre filósofa la mía; ¡le otorgo una espalda!; suficientes tatuajes me he trazado, como para agregarle más locura a Vincent y su color.

Entonces no, no habré de explicarme a mi misma, ni a construir una congruencia falsa para ser comprendida. Me es prescindible la conexión entre párrafos, así como la continuidad entre las horas que transcurren por mis días.

Me es necesario, en cambio, poder amar y odiar a la misma cosa, en un mismo momento, bajo un estado de casualidad. Trazarme un fleco de emo, y pintarme las uñas de rosa, ser equivocación sin etiquetar.

Me es necesario también vivir de ensaladas, creer que siendo plato, todo lo puedo mezclar. Y no hacer evidente el por qué un día se me antoja poner miel sobre lechugas, o no dormir en época de entregas, para comenzar un proyecto personal.

Ser deliciosa por ser. Hacer como extensión a lo que se es. Olvidar, ¡he perdido tanto tiempo pretendiendo amar!.

Me pienso como dientes que muerden indiferencia, como poeta de la rutina y el hermoso motivo que podría ser, caminar sin dirección.

Estar presente cuando sea necesario, hacer de la ausencia una inigualable atracción. Porque todos hemos soñado fantasmas, y quizás el fantasma debí de haber sido yo. Me llamaría Ana.

A decir verdad, sería Anónima, y carecería de predilección. Me nombraría sabor a vacío y a negro orgulloso. Calefacción.

No huir, quedarme; no establecerme, marcharme.

Eso es amor.

Y después el olvido, después la contracción del corazón. Por hoy me son suficientes las letras que me/te doy.

jueves, 28 de abril de 2011

Reverencias para la vida



A veces, cuando digo que la vida es una puta, lo digo porque la cabrona constantemente nos restriega la verdad sobre las cosas, y se vuelve insoportable por ello.

Hoy me ocurrió una de esas mafufadas que nos desestabilizan, porque nos demuestran que por más planes que hagamos, nunca tendremos control sobre nuestro futuro, cosa que en gran medida se vuelve frustrante.

Según yo tenía a una persona a la que podía confiarle todo, esa persona que había vuelto mi depósito de bien y mal, de ayuda, de soporte; qué poco sabía yo sobre una realidad tan sencilla.

Esa persona, por alguna casualidad extraña, estaba dándose cuenta de lo mismo que yo, de ese movimiento que va más allá de nosotros, de esos cambios que de repente no quisiéramos asumir, de ese constante sube y baja en el que estamos metidos y no podemos acomodar de la forma en que nos encantaría. Él, a diferencia mía, estaba de pésimo humor por ello. Se me ocurrió entonces, (ocurrencia para mí totalmente lógica) vernos y ayudarnos mutuamente, hacernos reír, sabernos unidos, porque siempre ayuda en la vulnerabilidad de una situación tener a ese alguien que te hará sonreír por mal que te encuentres.

Esa persona me mandó a la chingada de una forma tan poco sutil que se vuelve graciosa, cuestión a la que en realidad estoy acostumbrada y no me importó mayormente. Se justificó bajo el hecho de un humor terrible, y yo, inocente pendeja, creí que los amigos están justo para apoyarse en esos momentos. A pesar de la mamada que podría ser recibir una negativa tan poco madura, noté en mi boca una sonrisa traviesa que me sorprendió.

Llevaba mucho tiempo planeando una huida, una escapatoria a la decepción constante que siento hacia la gente, a ese asco por su poca disposición de entrega, a esa pesadilla que me parece la ausencia de visión y sacrificio; pero hoy, dentro de mi propia adversidad fui liberada.

La vida te abre puertas, te cierra otras, te pone gente en el camino, y de repente, en el detalle más sencillo, te los “quita”. Aunque la cuestión de perder a la gente que crees más tuya, duele, se dio en el momento perfecto, porque de repente ya no necesité escaparme, sino que esa conexión en vano con alguien, esa frustración, esa debilidad, esa dependencia, se vieron eliminadas por una casualidad hermosa. Y los celos que llegué a sentir en el pasado se volvieron el cinismo orgulloso de poder decir: “adelante mi amor, ve con otros para fallarles, porque el problema serás siempre tú, y no es mi responsabilidad tomar el papel de madre y cambiarte”.

Inocente criaturita, que en su egoísmo es rotundamente incapaz de darse a otros, y bendita vida, que en lugar de dejarme jodida por el trancazo de a lo que hoy me enfrenté, pude darme cuenta de que en donde estoy, estaré siempre bien, y que los que están a mi alrededor dándose una importancia mayor a la que en realidad tienen, pueden valerme un carajo, porque no son lo suficiente como para apoyarme ni en el más mínimo detalle. Es ese saber que puedes mandar a la chingada con una absoluta confianza, sin sentirte comprometida con esos idiotas que a grandes rasgos prometen el mundo, y que irónicamente son los más incompetentes para alivianarte la vida con un sencillo sí.

Esa es la vida, puta, pero en su carbonería no solo te libera de una inmadurez que es incapaz de expresarse a si misma, sino que además te libera de pretender apoyarte en alguien que no ha sabido siquiera, sostenerse por si mismo.
                        
Te regala, con sus cambios esporádicos y con las situaciones que no puedes controlar, la oportunidad de posicionarte en un nuevo ángulo, de poder tomar la decisión de saberte solo y en esa soledad potente; pues puedes entonces decidirte unido únicamente a quien sí vale la pena, y explayarte en el lugar adecuado, con quien lo merezca; liberándote de perder el tiempo con entes enojados, con entes que en lugar de jalarte hacia arriba, te dejan, con suerte estancado, y con mala suerte, seis metros bajo tierra.

La vida te regala vida, es decir, personas con quienes en un ataque de risa te cansas tanto como para sentir a tu cuerpo y corazón latir. Personas con las que estando fatal buscas una salida, un avanzar. Personas que te dan seguridad, una afirmación de siempre estar, un aprendizaje, y además, se da natural, sin pedir, sin esperar.

Reverencias para la puta vida, y para su inigualable manera de demostrar la verdad.




miércoles, 27 de abril de 2011

Los nombraré, a ambos, los amantes del carajo.



Podía verlo a los lejos, bien posicionado, con esa mirada alta que tan bien lo caracterizaba. Llevaba dolor en la espalda, definiéndose ante sus ojos como ese ser que tenía delante de sí lo que por terquedad había perdido, y llevaba tiempo pretendiendo que no pasaba nada, pero en ese momento era inevitable sentir lástima por aquél intento de olvido.

Podía sentir su respiración, sus lágrimas, hasta su risa, todo a lo lejos. Ella, siempre tan bendecida de recibir las miradas que se predisponía, y con ese cinismo que grita un baile; “yo también te he dejado ir”.

El encuentro fue de principio a fin una mentira, un estar lejos sabiéndose tan unidos, tan necesitados de una mano que con euforia recitara la misma canción. Pero ambos, por razones distintas, se decidieron negados; quizás para tenerse en perpetuidad en la confusión de un negro mal parido, y así quejarse de que todos los que los rodeaban, tenían razón en haber recitado que ellos, juntos, no merecían ser.

Las culpas podrían ser infinitas, no hay, en ninguno de esos dos cuerpos ni un gramo de disposición. Y así como ella se vio reemplazada por cualquier cuerpo callado que sin cuestionarse mayormente, sabe dar amor, él se vio reemplazado por unos ojos vacíos al verlo, que recitaban poéticamente: “en mis sueños ya no estás tú, sólo estoy yo. “

Lo preocupante es que después de todo, nada haya importado. Que de necesitarse profundamente juntos, ambos hayan seguido buscando, pendejamente, imposibilitando como si fuera requisito, el poderse volver a tener.

Hay historias que terminan mal por no haber comenzado; ridiculeces que no deben de ser nombradas, porque servirían para un carajo.

jueves, 21 de abril de 2011

La obra soy yo

Sobre la exposición de Graciela Iturbide, actualmente en el Museo de Arte Moderno



Vamos a museos generalmente como estudiantes, como aprendices que esperan recibir algún tipo de conocimiento nuevo. Vamos con la mirada gacha, humildes, como si no mereciéramos a ese genio artista que nos está haciendo el favor, y bien podría haberse negado, de regalarnos un cacho de su alma.

Vamos como espectadores, como personas en independencia de esa mente que se ha propuesto a crear; y lo más curioso de todo, es que vamos a descontextualizar a la obra del espacio en que se encuentra, casi creyéndola una copia expuesta de la pintura o fotografía del artista; nos parece inverosímil que eso que tenemos frente a nosotros haya estado en manos del mismo, de manera tan directa, cosa que ocurre porque no la creemos nuestra, ni creemos a nuestros ojos e intelecto capaces de transformarla en ese presente que frente a esa específica expresión, estamos siendo.

Nos han enseñado que para apreciar una obra debemos entenderla bajo su contexto y características, bajo el por qué y el cómo del artista en cuestión, bajo la circunstancia de un ajeno, como si no dependiera de nosotros el entendimiento de lo que se encuentra expuesto, quitándonos enteramente el poder de la interpretación, el poder del goce de un expresión por lo que nosotros, y nuestra situación, recibimos.

Hoy, por un mero acto de rebelión, me decidí a mi misma como artista y grité para mis adentros, “La obra soy yo”.


Me atreví a ver cada una de las imágenes de Graciela Iturbide como un espejo de lo que llevo siendo y entendiendo por 21 años, y me atreví además a no leer ni uno solo de los títulos o explicaciones que siempre tan pendientes de nuestra aprendizaje, ponen en las paredes. No es que defienda bajo ningún motivo el no conocer la historia del arte, o que quiera eliminar la teoría y las bases que el comprenderla nos otorga para una mejor interpretación. Pero quise desafiar el concepto de ir como aprendiz a una exposición, y enfrentarme a la misma a la par, como quien visita la casa de una amiga y no hace más que vivirla en presente, sentirla en presente, sin requerir saber nada del pasado, ni el por qué del sillón de la sala, ni el para qué de un vino de marca cara.

Comencé a ver las fotos en un espacio específico, la combinación de rostros y paisajes con el reflejo de las luces del lugar y las personas que detrás se movían. Agradecí, por primera vez en años, que el vidrio que usaron para proteger las imágenes no fuera anti reflejante. El curador, probablemente sin saberlo, me regaló una especie de cortometrajes, que funcionaban de la manera más narcisista posible, bajo el aspecto de lo que soy y decidía ver, bajo el marco de mi propio ángulo visual y la decisión voluntaria de qué era lo que requería sentir en la obra.

Me volví cómplice, me volví fotógrafa y artista en presente, realizando autorretratos a partir de lo que otra, por la misma necesidad que la mía, expresó. Comencé a jugar con la luz, con mi reflejo en la obra, con lo que implicaría postrarme a la derecha o a la izquierda, y qué discurso, qué miedo, qué emoción o sentimiento surgía de la mezcla de mi rostro y mi lente, con el gesto de la persona retratada. La mezcla de mis brazos en un paisaje, el tomar la posición de artista segura, de persona traviesa que está traspasando los límites que le han enseñado.


Me divertí, porque me sentía haciendo algo indebido, deteniéndome por horas frente a cualquiera de las fotografías, para encontrarme a mí y no a los ahí representados. Sabía que los guardias me veían de forma extraña, sin entender qué era lo que hacía en cada ángulo fotográfico, y los que pasaban detrás de mí se incomodaban y seguían a la siguiente imagen, dándome la importancia, sin querer, que yo me estaba dando a mi misma, y entrando en mi juego narcisista.

Sonreí, ante cada paso, porque qué más mérito en un entendimiento que el de vivir justo en el momento lo que otro artista sintió, qué mejor conversación entre creadores que el de mezclarse en glosas e interpretaciones, en convicción de lo que se es, y en el poder de tomar lo ajeno como propio, el discurso de otro con un diálogo que mezcla la propia visión.

Entender imágenes bajo el saber hermoso de que son un argumento que ya hemos tenido o realizado. La risa divina de decirle en silencio a ese artista, del cuál no quieres saber si quiera si está muerto: ¡bien hecho!, muy buena composición. Y decirte a ti misma a la vez; ¡perfecto!, confirmar el acierto de decir: ¡sí, la obra soy yo!.


Saliendo del museo, me entró una duda infinita, un rechazo al poder que había vivido ahí dentro, porque, estando ahí tomé el frente y me supe artista, pero saliendo me enfrenté a una básica cuestión, ¿en base a qué puedo yo nombrarme merecedora de ese título tan divino?, ¿en base a qué pudo catalogarme al nivel de Graciela Iturbide y creerla amiga, cómplice, y no educadora de lo que yo como fotógrafa he estado haciendo?, ¿en base a qué proyecto uno deja de ser amateur y se vuelve profesional?, ¿se tiene que pasar por el proceso de un crítico ajeno que defina nuestras creaciones como arte, o podemos, por lo que sentimos al realizarlas, por la adicción que tenemos a representar todo, casi como necesidad que nos salva de la muerte, denominarnos artistas?

Dudé que el expresar, de forma casi cínica, que no me había preocupado en leer ni uno solo de los textos, que no me había interesado saber la historia o el por qué, no fuera otra cosa que un acto inmaduro, un acto infame de desinterés. Sin embargo, al llegar a mi casa y editar cada foto sonreí nuevamente, como comprobándome que esa experimentación siempre es guía de descubrimientos nuevos, que logré crear un propio mundo de fantasía, y me descubrí como centro de ese específico universo, haciéndome querer regresar a vivirme como cómplice y no como estudiante, sabiendo que, de vez en vez, está bien actuar diferente, y escribir un ensayo no sobre lo gráfico, no sobre la composición, no sobre los elementos y su acomodo, ni sobre el lenguaje en blanco y negro, sino sobre un discurso, sobre una emoción, sobre un qué es lo que yo, en mi presente inmediato puedo tomar de un arte del pasado, y quizás, de esta manera, más allá de copiar en cuanto a imagen para realizar una glosa, realicé una glosa de discurso, una glosa inmediata entre artistas, sonriendo, porque puedo describirme bajo el aspecto que yo requiera en el momento para generar mi propia historia.











Abstracciones

Sobre la exposición de Abstracciones, actualmente en el Rufino Tamayo.
Estrategia visual y categoría estética que se utilizó por primera vez en las vanguardias del Siglo XX. 



El proceso de abstracción siempre me ha parecido una cosa fabulosa, por el análisis y la conceptualización que implica, por la carga mental que debe de llevar para comunicar algo en específico y a la vez quedarse en un plano de diferentes interpretaciones, dependiendo del espectador y su propia historia.

Lo que me parece más fascinante es la simpleza de la que puede surgir una abstracción, con tan solo atrevernos a ver nuestra realidad de un modo diferente, y hacer conexiones entre objetos aparentemente inexistentes, pero que en conjunto, y cuando la obra termina, parecen ser una ley lógica y coherente, como si hubiera estado ahí todo el tiempo y tan sólo no nos atreviéramos a verlo.

La instalación de la exposición me pareció sumamente adecuada, pues el espacio estaba obscuro, lleno por un lado de tapices, por otro de obras, y aunque entre sí eran muy distintas, tomaban un diálogo al unirse, transportándonos a un nuevo espacio, lejano de la realidad que se encontraba afuera, y cobrando sentido en nuestra mente.

Aunque también soy muy afín a las obras viscerales y de emoción pura, me encantan las obras racionales, el tener que usar la mente para adentrarme en ellas, y por lo general, tener una sonrisa en el gesto por haberlas entendido. Esta sonrisa es de complicidad con el artista, y de agradecimiento, porque nos demuestra de una forma extraña, una nueva manera de ver la realidad, que sale de los parámetros de lo que estamos acostumbrados y de lo que en una educación cerrada, nos limitan a comprender.

Un ejemplo de esto son las primeras fotografías que se ven al entrar, mismas que representan un espacio común y se alteran mediante cortes geométricos que se rellenan con la misma fotografía, modificando por completo el espacio y lo que entendemos del mismo, pero siendo a la vez parte, como si ese espacio ya no tuviera la posibilidad de ser como era antes de ser alterado con esos cortes que nos regalan un nuevo diálogo, y la posibilidad de querer vivir la cotidianidad de esa manera, en fragmentos.


Ya no pueden decirme que la realidad es sólo lo que veo, sino que ahora, cada cuarto al que entre, tiene la posibilidad de ser lo que imagino, y que esa se vuelva la realidad, la geometría y corte que mentalmente puedo realizar, e identificarme con esos espacios por lo mismo, porque la estructura nueva que se realice en mi mente, será producto de una base original, de lo que las líneas y los objetos me producen visualmente, y de la posibilidad que esta visualización genera, volviéndose a la vez infinita.


Mi obra favorita fue la realizada por Walid Raed, misma que donó a The Altas Group, que es un conjunto de fotógrafos conceptuales que descubrí hace tiempo en un libro y me dejó encantada. Esta abstracción me parece increíble por la practicidad de la misma, y porque hace evidente que todo proceso mental, y toda organización humana puede ser representada gráficamente, proporcionando además una estética que corresponde a nuestros procesos naturales de estructuración, y la identificación, aunque no es instantánea, se vuelve profunda.


Consiste en la fotografía de diversos edificios en Beirut que han sido afectados por metralletas y bombas, dejando rastro de huecos de diversos tamaños. Al artista le tomó 10 años descubrir que cada hueco correspondía a un tipo de munición diferente, y que los fabricantes de municiones tienen además un código específico para cada tipo de munición. Entonces colocó un círculo de color sobre cada hueco, correspondiente a la bala con que el mismo había sido realizado, creando así fotografías modificadas con diversos puntos de color, y haciendo, de esta simpleza de análisis, todo un discurso que puede ser interpretado de diversas maneras, pero con una base muy clara.



La última parte de la obra es la que más juega con es espectador, pues el mismo se vuelve parte del espacio e interactúa, analizando no sólo los elementos que están ahí, sino a sí mismo reflejado en esos elementos.


Es una realización de texturas con objetos de espejo, que permiten en conjunto crear una segunda realidad que es la que ahí se refleja, dependiendo de la posición cambiante de los que se encuentran divagando por la exposición. Es una abstracción que depende enteramente de la presencia y el movimiento, del tiempo y la situación.

Quedé contenta de poder ser en ese momento narcisista, y que dependiera de mí y de mi lente, la realidad que se estaba representando en la obra. Me moví, me analicé, me distinguí de los otros, me acerqué, y usé sus cuerpos como objetos de esa realidad que no podría tener en ningún otro lado, y sobre la que además, no tenía mayor control.

Las palabras tipográficas de espejo hacen un juego con nuestra mentalidad moderna, con la forma en que nos movemos y la prioridad que le damos a las cosas; una de ellas decía “Seduction of Spirit”, la seducción del espíritu, ese que posa frente a un espejo, y se ve tentado a enamorarse de su propia imagen o de la imagen del ajeno, de la idea de lo que puede ser y no específicamente de lo que ya se es. Todo está hecho de forma que simula un hotel, el lobby, los cuartos, ese espacio hecho para los turistas, para los que viajan y sueñan, para los que están buscando ser algo nuevo y se ven constantemente tentados pues se encuentran en un lugar en donde son desconocidos, y las posibilidades entonces, son infinitas. Sólo cuentan con su cuerpo, con la imagen que en el instante pueden otorgar.




El hecho de abstraer nos regala una nueva realidad, una nueva conexión, un nuevo espacio que habitar, y que contiene un diálogo que se basa en cuestiones específicas de la cotidianeidad. La mente debe trabajar, debe identificar y conceptualizar, debe hacerse parte activa de la obra y tomar un papel específico, pues sin ella, la obra no tiene ningún sentido.

El resultado gráfico se vuelve personal, se vuelve nuestro propio entendimiento, tanto de la obra, como del mundo, pues lo que captemos de la obra dependerá eternamente de el aprendizaje que hayamos tenido, de la manera en que unimos o diferenciamos elementos, de la forma en que hacemos lectura de las formas gráficas que se posicionan enfrente. La obra se vuelve nosotros y nuestra diversa capacidad para entenderla. 











domingo, 17 de abril de 2011

Poema de una niña





Puede ser que esté esperando en vano,
Que esté fumándome mi propia pérdida.
Puede ser que esté soñando incoherencias,
Que el abrir de ojos sea el peligro de un terrible despertar.

Y no puedo, dentro de mi característica terquedad, 
preguntarme otra cosa que no sea; ¿importará?

Nadar en aguas de un riesgo inocente,
De la infantilidad que por hambre he decidido tomar como idea,
De hacer de lo que más me duele, mi tema central.

Empezar en un orden estructurado y preciso, 
acabar en un desmesurado caos.

No sé describirme a mí misma como otra cosa que no sea ambigüedad, 
¿importará?

Si el mundo transmuta y me quedo sentada,
Si es en mi cabeza en donde mejor he aprendido a besar,
Porque no hay orgasmo que haya sentido más potente,
Que el que tuve al descubrirme en mi puerilidad.

Y si de miedos se trata,
Podría dar conferencias,
Si se trata de destrucción,
La definiría como mi más constante azar.

Es ese ser niña y saberte potente,
Solo, y solo porque entiendes tu debilidad.

Que no me hablen de bien y mal,
Que no me limiten a un llanto en la impotente etiqueta de infelicidad.

Que no me impongan amar al prójimo,
Si es de humanos que se nos dé natural.

Que no me prohíban, carajo, el goce de una culpa,
Que no me procuren, con juicios, el asco de la decepción,
Pues cada obligación se vuelve motivo,
De el derroche de explosiones que surge por insatisfacción.

Que me enseñen, en cambio, que soy brío,
Que soy carne, soy huesos, soy efímera, intrascendental.

Que me enseñen el todo, la nada, la belleza de lo imposible,
Y que sea yo quien descubra en el límite, bienestar.

¡Qué dios necesito si los tengo a ustedes!,
Qué cielo requiero si es en la tierra donde sonrío, por estar.

Que me den la oportunidad de vivirme latente,
Y de temerle a otra cosa que no sea soledad.

lunes, 11 de abril de 2011

Gotas de lágrima caer

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A dónde te vas a ir,
Qué voy a hacer sin ti,
¿Extrañarte con demencia?

domingo, 13 de marzo de 2011

Negarte siete veces, Chá.



A veces, dentro de pulpos y sueños y más, no hay otra cosa que no sea vida; ocurre también que esas imprecisiones que pasan cuando estamos desprevenidos, se convierten en el acto que nos susurra que debemos de bajar la guardia, si nos vamos a atrever a amar.

Te he soñado varias noches sin lógica alguna, apareces, continuamente, disfrazado de ese personaje que en la infancia no supe reconocer. Y es curioso, querido, que siempre hayas estado entre mis manos, pero que fuera por circunstancia voluntariamente implantada que te evitara ver.

Uno aprende a amar desde dentro, desde ese color que se revuelve cuando se cierran los ojos, y que explota, alarmantemente, cuando vamos a abrirlos. Ahora sé que eres agua de jamaica, que eres humo y eres manos, que irónicamente, y contra todo pronóstico, eres pies. Ahora sé que eres ese acompañante nocturno, que nunca, bajo ninguna circunstancia, me dejarás despierta en el anhelo de una tormenta, sino que me acompañarás, como fiel conspirador de ideas, como besos en la frente que otorgan protección, sin dejarme no caer en el vértigo que me es inevitable, siendo siempre niños, madurez de pasión y caos en emoción.

También sé que te he aprendido en todos los sucesos de mi vida, que cada pisada en apariencia retorcida me llevaba a descubrirte justo a ti. Sé que te contrariaba confundida, porque era preciso negarte siete veces antes de tenerte para mi.

Y no habrá espejos ni manicomios que se interpongan, más que el reflejo de tus miedos, y la duda siempre certera que nos provoque regresar a entrelazarnos, porque ese tacto se ha convertido en el sinónimo de vivir.

Que las bocas sean la tranquilidad que los ojos nunca obtienen, que los dedos sean ese escalofrío que el pudor nunca consigue; que se acabe el mundo, y no nos arrepintamos ni por un segundo del camino que elegimos al nombrarnos dueños de ese verbo que describe un nosotros.

No tendremos recompensa alguna más que la de probarnos inciertos poco a poco, más que la de descubrirnos personajes sublimes dentro de la historia que acudimos juntos a provocar; y el lamento que llegue siempre será principio, nunca final.

De darte un ritmo de teclas precisas, que se mueven en consuelo bajo la maravilla de la imperfección. Que entiendas la ruptura como lazo indestructible, que me veas en cuerpo como puente latente de profundidad mental, que no haya entre lo que nos mueve ningún acto de inconformidad.

Y que, si nos es posible, nos reconozcamos como tal, como esa cosa que somos sin esperar idealizar improbabilidad. Que nos propongamos aceptarnos en esencia, y que el sinónimo de todo roce y acto siempre contenga la palabra “verdad”. 

lunes, 7 de marzo de 2011

Finitos, corazón.


Que me prometas que no va a importarnos,
que pasarán noches enteras disfrazadas,
indiferencia.

Que me prometas que no vamos a llorarnos,
 que no seremos nosotros los que murmuren,
pasado.

Que me prometas que no acabarás siendo un invento,
ese desgarro de ideas que me ocurre por miedo,
dentro.

Que no seamos novela,
que no seamos cuento,
que no seamos estructura perfecta,
 soledad.

Que no te vuelvas esa sin-pausa armónica,
que no te vuelvas nostalgia,
ni desconsuelo,
necesidad.

Que no nos cantemos silencio,
que no seamos prosa de mensajes yuxtapuestos,
que no tengamos dios,
redención.

Y olvidemos la ética,
olvidemos también la pasión,
que quede fuera de todo contexto
la posibilidad de hablar,
honor.

Pero que nos tengamos;
 cuerpo,
que nos tomemos como efímera descripción.

Un sabernos en verbo,
una seguridad,
estoy.

Que no seamos transcendencia,
Que tan sólo nos seamos,
equivocación.

Que nos lamenten los poetas,
que nos probemos sin metáfora,
mal sabor.

Que nos volvamos pluma con tinta que se termina,
 el reemplazo de otros,
amor.

Que no nos pase nada,
que no sintamos dolernos,
finitos,
que no nos quedemos sin voz.

Que el querernos se vuelva eterno,
a pesar de no habernos tenido,
por falta de honestidad,
corazón.